Rebeldías Vanguardistas.
Obras de la colección Vicky & Marcos Micha Levy
Esta colección es el resultado de más de sesenta años de búsqueda e investigación sobre el arte moderno en Europa, Estados Unidos Y México, siendo este último territorio el protagonista de esta muestra. Rebeldías Vanguardistas teje argumentos a partir del carácter social que definió la obra de varios de los pioneros del muralismo mexicanos -José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros- y, al mismo tiempo posiciona a otros creadores que operaron sus orígenes subversivos del modernismo desde espacios estéticos y conceptuales divergentes, como el cruce con la antropología, el humor o el análisis de las geografías modernas, entre otros.
Mathias Goeritz llegó a México el año 1949 y se convirtió en una de las figuras que marcaron la transición del pensamiento arquitectónico y visual hacia la contemporaneidad. A lo largo de décadas, llevó a cabo varios proyectos de colaboración en arquitectura y arte que transformaron la imagen de la Ciudad de México a mediados del siglo XX, entre ellos el Museo Experimental El Eco (1953), las Torres de Satélite (1957) en coautoría con Luis Barragán y Jesús Reyes Ferreira, o el Espacio Escultórico de Ciudad Universitaria (1979), realizado en colaboración con otros cinco artistas del movimiento abstracto y geométrico.
Los conceptos y las visualidades de Goeritz se caracterizan por estructuras mínimas que el artista definió como concretas, así como por una relectura de principios espirituales y religiosos.
Los protagonistas del muralismo mexicano se posicionaron a favor del nuevo proyecto de nación, que implicaba la creación de una identidad patria independiente. Promovido inicialmente por José Vasconcelos como un proyecto educativo para cimentar esos caracteres comunes a la denominada "identidad mexicana", el muralismo ayudó a tejer una estructura social que reivindicaba los orígenes prehispánicos a través de un lenguaje grandilocuente de marcado corte nacionalista.
El proyecto era manifiesto: recrear las figuras y relatos que, aunque conocidos, habían sido suprimidos y borrados de la historia oficial. Su fin era elaborar mitologías fundadas en las crónicas del conflicto revolucionario y poner de relieve las historias que habían sido silenciadas. Artistas como Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros asumieron un papel protagónico como líderes de los movimientos sociales y como autores de varios de los murales mexicanos asociados a este período de la historia del arte.
En su afán por retratar el país, estos creadores dieron con una identidad compuesta de fragmentos disonantes y a veces en conflicto. Al mismo tiempo, Diego Rivera y Siqueiros realizaron múltiples retratos con los que ahondaron en la complejidad del género en la primera mitad del siglo XX.
Nahui Olin, creadora visual y escritora, permite argumentar una construcción del arte moderno en México desde una perspectiva femenina. Autora de paisajes y personajes peculiares, en los que a menudo destacan los ojos verdes -un elemento autorreferencial-, sus obras suponen un contraste frente a las representaciones mestizas que predominan en la época.
Miguel Covarrubias, figura emblemática del siglo XX, destacó como artista, escritor, antropólogo y coleccionista. Sus aportaciones a diversas disciplinas lo convirtieron en un prolífico intelectual de difícil categorización. Ilustrador icónico de Vanity Fair y destacado caricaturista de la sociedad neoyorquina, Covarrubias fue más conocido en México por sus aportaciones antropológicas y por su extensa labor en favor de la conservación de las culturas originarias; su relevante carrera se vio truncada por una muerte prematura en 1957, a la edad de cincuenta y dos años.
De formación autodidacta, además de ser un gran dibujante su compleja visión universal reveló a Covarrubias como un minucioso estudioso de las culturas originarias. La colección de murales de mapas que realizó para la Feria del Golden Gate en San Francisco muestra su visión etnográfica y la labor de investigación pionera que se llevó a cabo.
Tras un viaje personal de nueve meses a brasil en 1933, Miguel Covarrubias obtuvo la beca Guggenheim para regresar a la isla con el proyecto de estudiarla durante un año.
En Nueva York, los años veinte significaron el impacto de Marcel Duchamp y su revolución ready-made o de Scott Fitzgerald y sus ritmos experimentales. También era la ciudad que se había convertido en vértice internacional de las voces de la resistencia, encabezadas por aquellos a quienes la historia había dejado al margen. Confiando en trazar su destino en una metrópolis cuya abundancia parecía no acabar nunca, Covarrubias nos comparte la vida en el barrio de Harlem y la escena Jazz que se gestaba en las veladas del Cotton Club. Empatizando con sus motivos estéticos, el artista inmortaliza estas noches de euforia social para la sofisticada publicación Vanity Fair. Compuestos como viñetas de un mundo efervescente, los dibujos fueron compilados para su temprana publicación Negro Darwings, en 1927.
C. Alberto Aguilera, 20. Madrid





















































