martes, 15 de noviembre de 2016

El juego favorito. Leonard Cohen (1934-2016)


Leonard Cohen

La adolescencia y la juventud de Lawrence Breavman, hijo único de una vieja familia judía de Montreal, están hechas de colores deslumbrantes y de repentinos momentos de zozobra y oscuridad. Atraviesa esa época de formación siempre un poco a destiempo, ligeramente desenfocado, acumulando sabiduría y desamparo. Su padre ha muerto y él no termina de entender bien cómo ni por qué; los juegos adultos del amor y la guerra, con sus infinitas posibilidades de fantasía y crueldad, lo excitan y lo turban; experimenta secretamente con el hipnotismo. Durante las noches se aventura en el riesgo con Krantz, su camarada y confidente.

Su vida cambia en la universidad, pero la intensidad con que vive no disminuye ni un instante. La ansiedad ni el deseo tampoco, como se hace evidente cuando huye a Nueva York. Y en rigor podría decirse su vida comienza allí, cuando conoce a Shell, una muchacha que le hace descubrir el amor y sus exigencias, los trabajos que la felicidad exige.


Autor: Leonard Cohen
Título original: The Favourite Game
Traducción al español: Agustín Pico Estrada
Edhesa Literaria: julio 2009
Nº de Páginas: 256



Así como la niebla no deja huella
en la colina verde oscuro
mi cuerpo no deja huella
en el tuyo, y nunca lo hará.

Cuando viento y cellisca se encuentran
¿qué queda por conservar?
Así, tú y yo nos encontramos,
después, nos damos la espalda y caemos dormidos.

Como tantas noches resisten
sin luna ni estrella alguna,
resistiremos nosotros
cuando uno de los dos se haya ido lejos.

 
 Breavman conoce una muchacha llamada Shell cuyas orejas fueron perforadas para permitirle usar largos aros filigranados. Las punciones se infectaron y ahora tiene una diminuta cicatriz en cada lóbulo. Él las descubrió detrás de su cabello.
  Una bala irrumpió en la carne del brazo de su padre cuando se alzaba para salir de una trinchera. Para un hombre que padece trombosis coronaria, es consolador llevar una herida producida en batalla.
  En la sien derecha, Breavman tiene una cicatriz que Krantz le otorgó con una pala. Problemas con un hombre de nieve. krantz quería usar escorias para los ojos. Breavman estaba, y sigue estando, contra el uso de materiales foráneos para la decoración de los hombres de nieve. Nada de bufandas de lana, gorros ni gafas. En la misma línea, no aprueba que se inserten zanahorias en las bocas de las calabazas talladas, ni que se les claven con alfileres orejas de pepino.
   Su madre considera que todo su cuerpo es una cicatriz crecida sobre una perfección anterior que busca en espejos, ventanas y tapacubos.
  Los niños muestran sus cicatrices como medallas. Los amantes las usan como secretos a revelar. Una cicatriz es lo que  ocurre cuando el mundo se hace carne.
  Exhibir una herida, las orgullosas cicatrices de un combate, es fácil. Mostrar un grano es difícil. (Pág. 13)
 

 

Alison Bechdel































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