lunes, 2 de mayo de 2016

Fiestas del 2 de mayo.




Fiestas del 2 de mayo
 



Volunto

                      Emilia Pardo Bazán                     

Sin darse cuenta de ello, naturalmente Napoleón cometió una vez en su vida señalada imprudencia. La cosa ocurrio en España, donde bien pudiera decirse que no cometió esa sóla el conquistador del  mundo, siendo la primera y trascendental haberse metido en ratonera semejante.
 



Sin embargo, la imprudencia a la que me refiero fue doblemente grave, amén de inexplicable, y sólo la excusa, o la excusaría ante la Historia, si la Historia la conociese, esa mágica y prestigiosa seguridad que tienen  los grandes hombres de que el azar está en favor suyo, aun cuando en España bien pudo entender el héroe de Austerlitz que la suerte empezaba a cansarse de prodigarle caricias locas.
 



Nada sabe la Historia de que, al paso por un pueblecillo de  Castilla donde hizo noche el capitán del siglo, algunos oficiales de su Estado Mayor sintieron el deseo muy natural de afeitarse, los que se afeitaban, y recortarse pelo y barba casi todos. Tenían sus barberos en cada regimiento, pero habían visto al pasar una barbería muy pulcra, caso extraño, con su yelmo de Mambrino de reluciente azófar colgado a la puerta entre dos sartas de muelas dispuestas coquetonamente, sin que faltase en el escaparate un frasco donde flotaban verdes y flacas sanguijuelas y dos otres botecillos de pomada de rosa.
 



Fue voz general que el fígaro debía de saber de su obligación, y, en efecto, la oficialidad llenó la tiendecilla reclamando servicios y salió encantada de la destreza del barbero español y de la gracia con que su hija, morenita de veinte años, le servía el paño limpio, la bacía rebosando espuma jabonosa, las navajas recién pasadas de corte sutil, y los peines primorosamente desengrasados...Lo que hay de afición a las comodidades y a cierto refinamiento en todo francés hizo que los oficiales se deshiciesen en elogios y galanterías, que, dirigidas a los ojos de la mocita, nacían, en realidad, de admiración al aseo de aquella barbería inverosímil.
 



Ellos ignoraban que el patrón, el señor Gil Antolínez, era hombre en eso tan remirado que en el pueblo y dondequiera se le conocía por el remoquete de Onza de Oro...
 La grata impresión pudo tanto en el ánimo de los franceses que se mostraron muy benignos y hasta obsequiosos, y no causaron la más leve molestia, lo cual se debería también a la presencia del emperador. Alguno pronunció ante éste un elogio del Fígaro, y Napoleón dispuso que se le llamase al alojamiento, que era la Casa Consistorial. Y allá se fue Gil Antolínez, con su toalla, su bacía, sus jabones de olor y su hija y ayudante, a tener el honor de rasurar aquellas mejillas de figura de medalla griega, que ya habían perdido el diseño marcado y clásico de la época consular.
 



Antes de sentarse para proceder a la operación barberil, el conquistador clavó su aguileña mirada en el rapista. No era que desconfiase, ni que recelase cosa alguna: era un hábito; el emperador gustaba de advertir y a veces de saborear los efectos de su mirar hondo. Le complacía impresionar, admirar, sentir el movimiento de sumisión del alma de sus interlocutores. Pero nada semejante a asombro y humildad vio en la cara cenceña, de respingada nariz y cortas patillas, de aquel hijo de malagueño recriado en tierra castellana. El barbero sostenía la ojeada con curiosidad, allá interiormente desdeñosa, detallando la corta estatura, las regordetas formas y la faz casi lampiña del terrible guerrero. El físico de Napoleón no había inspirado a Gil Antolínez ningún respeto.




Y en efecto, mientras ataba el pañuelo al pescuezo corto del Ogro de Córcega, he aquí lo que el barbero pensaba: "Pues vaya una facha la del tío este...Si parece un canónigo...Y dirán que es valiente...Si el ponen una escofieta, el ama del cura de mi pueblo..."
 La comparación involuntaria entre el emperador y los gallardos oficiales, sus clientes anteriores, hizo que Gil Antolínez abriese con íntimo desprecio la reluciente afiladísima navaja, mientras continuaba el monólogo íntimo: "Para lo que tiene que afeitar...Con un alfiler de a ocho sobraría..."




Al paso lígero del jabón siguió la aproximación del acero, cuyo frío sutil estremeció un instante al Corso; estremecimiento meramente físico, pues la idea de un peligro ni cruzaba por su mente altanera, en la cual bullían aún tantos planes y tan tempestuosas ambiciones. A mil leguas estaba de suponer que aquel frío de la navaja podía ser el abanicazo de un ala negra. El señor Gil Antolínez acababa de sentir, de improviso, la tentación inexplicable, insensata; la impulsión repentina, que brota ardiente, que salta de lo secreto de nuestro ser psíquico...
 



Era una fiebre, un acceso de calentura, un deseo desatado, inmenso, un apetito que del alma descendía a la convulsa mano, corriendo eléctricamente después hasta la hoja brillante, que ansiaba morder la piel y bañarse en la sangre hirviente...No acertaría a decir el señor Gil Antolínez -ni supo explicarlo nunca cuando, ya en los años de su vejez, evocaba este recuerdo- a qué sentimientos obedecía aquel ansia de degollar que surgió oscura, fatídica, furiosa.




No era Gil Antolínez de los patriotas exaltados. No se le había ocurrido irse con los guerrilleros. No padecía el sublime fanatismo de la resistencia al invasor. Los franceses que había rasurado por la tarde le eran hasta simpáticos. Y, sin embargo, su mano y su pulso vibraban ansiosos de apretar, de dar el tajo feroz, de ver doblarse la cabeza pálida y amarillenta, gorda y clerical, del árbitro de Europa.
 



Si tal hiciese, ¿quién más famoso, quién más celebrado que el señor Gil, el humilde barbero? Lo que no habían podido balas ni sables, lo que cambiaría la faz del mundo, lo haría el oscuro rapista de un poblachón con sólo un movimiento de su puño derecho...
 



Pues bien: el señor Gil afirmaba que ni aun esto se le había ocurrido. No eran reflexiones, no eran pensamientos lo que en aquel instante hervía en su conciencia; era sencillamente el instinto que no se razona, si bien procede de los razonamientos e ideas anteriores, pero reviste su forma propia, su brava forma de arranque instintivo, con todos los caracteres de lo sombrío, de lo animal.
 



El señor Gil daría su vida -y de dar la vida se trataba, pero el buen hombre ni lo recordaba siquiera- por ver brotar súbitamente, con gluglú fatídico, el chorro de sangre de las segadas arterias. ¡Oh, qué gozo! La sangre cálida empaparía su mano...La muerte del Corso sería instántanea: el barbero, con la práctica de su oficio, sabría muy bien dónde el tajo era necesariamente mortal.

Patrulla Acrobática Paracaidista del Ejercito del Aire (PAPEA)



Un corte violento y vivo como un relámpago de derecha a izquierda, empezando bajo la barba...Y ya buscaba con los extraviados ojos el mejor sitio, cuando la muchacha, Toñuela, tímidamente, viéndole suspenso, le acercó la brocha, suponiendo que faltaban a la imperial rasurada dos o tres pases de jabón...
 



Fue como si el señor Gil Antolínez despertase. En visión clarísma se le presentó la pobre criatura cosida a cuchilladas, hecha un montón de carne sanguinolienta, que los soldados pisotean y ultrajan todavía brutalmente...Y, lúcido ya, empezó a afeitar al emperador.




Nunca mano tan suave y navaja tan delicadamente respetuosa había paseado por el rostro augusto...
 Napoleón notó algo. El temblor de la mano, la indecisión primera del Fígaro, no se escaparon a su perspicacia. Momentos después decía a su ayudante.
 



-¡Qué conmovido estaba ese pobre diablo! No hay que sorprenderse; el día de hoy será una fecha en su vida...De susto y de veneración, al pronto, no sabía ni que hacer...Le costó trabajo empezar...Que le den dos luises y que conserve la navaja como recuerdo; que no afeite a nadie más con ella...
 










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