martes, 12 de mayo de 2015

Las flores.



Bajo la luz trémula y gris de un amanecer primaveral, envueltos en el murmullo arbóreo de los pájaros, ¿no habéis sentido la necesidad de hablar sólo de flores?.



Es indudable que el amor que siente la humanidad hacia ellas, debió nacer al mismo tiempo que la lírica amorosa. ¿De qué otra manera podría simbolizarse mejor la revelación de un alma virginal, tan dulce en su inconsciencia, más saliente y misteriosa que perfumada, si no es en presencia de una flor?



Al ofrecer a su amada la primera guirnalda, el hombre primitivo se eleva sobre la bestia; saltando sobre las necesidades burdas de la naturaleza, se hace humano; percibiendo la sutil utilidad de lo inútil, entra en el reino del arte.



En la alegría y la tristeza, las flores son nuestras amigas más fieles. Comemos, bailamos, amamos con ellas. Con flores nos bautizan y nos casamos. También morimos entre flores. La humanidad ha celebrado infinidad de ritos religiosos frente a los lirios, meditando entre los lotos, y dispuesto ejércitos para la batalla bajo los estandartes de la rosa y el crisantemo. Hasta conocemos el lenguaje de las flores.



¿Cómo podríamos vivir sin ellas? Horroriza imaginar un mundo privados de su presencia.
¡Qué consuelo llevan a la cabecera del enfermo, qué bendición a los espíritus abrumados! Su ternura serena acrecienta nuestra mermada confianza en el universo, de la misma forma que la mirada atenta de un niño resucita esperanzas perdidas. Cuando volvamos al polvo, serán ellas quienes se detendrán a llorar sobre nuestras tumbas.



Sin embargo, por doloroso que resulte, debemos reconocer que, pese a tan entrañable relación con las flores, no nos hemos elevado demasiado sobre los animales. Rascad la piel de cordero con la que nos cubrimos y el lobo que vive en nosotros no tardará en mostrar sus dientes.




Alguien ha dicho que el hombre es a lo diez años un animal, a los veinte un loco, a los treinta un fracasado, a los cuarenta un farsante y a los cincuenta un criminal. Nada es más real para el ser humano que el hambre, ni existe asunto más sagrado que sus deseos.




Todos los altares, uno tras otro, han ido cayendo ante nuestros ojos; sólo uno parece eterno, aquel sobre el que quemamos incienso a nuestro ídolo supremo: nosotros mismos. Grande es nuestro dios y el dinero su profeta. Para honrarlo devastamos la naturaleza entera. Nos envanecemos de haber sojuzgado a la materia, olvidando que ha sido la materia quien nos ha hecho sus esclavos. ¡Cuántas atrocidades cometemos en nombre del refinamiento y la cultura!



Decidme, flores gentiles, lágrimas de las estrellas, que en el jardín mecéis vuestras corolas al ritmo de las abejas cantando al sol y al rocío, ¿conocéis el destino que os aguarda? Soñad, balanceaos, enloqueced cuando queráis en las brisas dulces del estío. (...)




Incluso viviendo en la tierra del Mikado, veréis a menudo a un terrible personaje armado con unas enormes tijeras y una sierra diminuta. Se concede así mismo el nombre de "maestro de las flores", reclamará los derechos de un médico y, no obstante, le odiaréis, pues sabéis que un médico busca siempre alargar los sufrimientos de sus victimas.




Os cortará, doblará, y curvará en posturas tan inverosímiles como juzgue oportuno. (...) Al menos en China y Japón se respeta la economía de la naturaleza, escogiendo las victimas con sumo cuidado y, una vez muertas, se les rinde honores fúnebres. (...) Por qué nacen las flores con un sino tan bello y a la vez tan desgraciado? Kakuzo Okakura "Las Flores".









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