miércoles, 13 de mayo de 2015

El Jardín Botánico.



La flores viven inermes ante la picadura de los insectos cuando hasta los animales más apacibles se revuelven contra quien los hostiga. Los pájaros cuyas, plumas se buscan para adornar sombreros, huyen volando de sus cazadores. Las fieras salvajes, apetecidas por su piel, saben cómo esconderse en sus madrigueras al verse acorraladas. Pero ¡ay! la única flor que posee alas es la mariposa.



Las demás  permanecerán inmóviles y desarmadas ante el verdugo. Aunque griten en plena agonía, jamás serán percibidas sus voces por nuestros duros oídos. Generalmente nos manifestamos brutales frente a quienes nos sirven en silencio, pero puede llegar el momento en que tal actitud aleje de nuestro lado a los mejores amigos. ¿A caso no notáis que las flores escasean cada vez más con el paso del tiempo?



Es probable que sus sabios hayan aconsejado la huida hasta que el hombre se vuelva más humano. Sin duda han emigrado al cielo.
Ensalcemos al hombre que dedica su tiempo al cultivo de las plantas. La gente que cuida flores en tiestos se muestra más humana que el verdugo de las tijeras. Vivimos con ternura su inquietud por los periodos de lluvia y sol, su lucha contra los parásitos, su temor a las heladas, su ansiedad cuando se desmorona la eclosión de los capullos, y su alegría al fin cuando las flores muestran toda su belleza.



En Oriente, cultivar flores es una de las artes más antiguas, y los cuentos y canciones tradicionales recogen a menudo el amor del poeta por sus plantas predilectas. Bajo las dinastías Tang y Song, los ceramistas diseñaron macetas maravillosas para sus cultivos: no eran meros recipientes, sino verdaderos palacios de piedras preciosas. A cada flor se le asignaba un sirviente especial, encargado de cuidarla y lavar sus hojas con un finísimo pincel de piel de conejo. Está escrito que la peonía ha de ser regada por una hermosa muchacha vestida con sus mejores galas, y el ciruelo en invierno por un joven y pálido monje.



La obra No quizá más antigua y popular de Japón, el Hachinoki, que data de la época Ashikaga desarrolla la historia de un caballero caído súbitamente en la más extrema pobreza quien, en una noche helada, careciendo de otro material con que calentarse, corta sus plantas más queridas para cumplimentar a un monje errabundo que llega a su casa. El religioso es Hojo Tokiyori, el Harum Al-Rachid de nuestros cuentos, y el sacrificio del buen caballero es recompensado. Aún hoy, la representación de este drama arranca lágrimas al público de Tokio.



En aquellos oscuros años del siglo XIII se adoptaban toda clase de cuidados con el fin de proteger y conservar las flores más delicadas. El emperador Hsüan Sung prendía cascabeles de oro en las ramas de sus árboles para alejar a los pájaros del jardín, y cada primavera organizaba primorosos conciertos, con los mejores músicos de la corte, en honor exclusivo de las flores.


Todavía se conserva en un monasterio japonés una preciosa tablilla que la tradición atribuye a Yoshitsune, el héroe de nuestro ciclo artúrico: es una advertencia sobre la protección de cierto ciruelo maravilloso, expuesta en el tono de aquella época caballeresca. Tras ponderar las bellezas de sus flores, la inscripción dice: "A quien quiera que corte una sola rama de este árbol, deberá castigársele con la amputación de un dedo".



(...) En este sentido, también podríamos calificar de egoísmo extremo a quienes mantiene flores en un jarrón o las cultivan bajo techo. ¿A caso no es lo mismo pedir a los pájaros que canten entre las rejas de una jaula?



¿Quién puede explicar los sentimientos de una orquídea asfixiada por el calor artificial de los invernaderos, suspirando sin esperanza por un destello azul de su cielo meridional?
 



El amante ideal de las flores es quien las contempla en su lugar natural de crecimiento, como Tao Yüan Ming, que sentado frente a una empalizada de bambú sostenía conversaciones con un crisantemo silvestre; o como Lin Ho Ching, que se extravió embriagado por unos misteriosos perfumes mientras recorría al atardecer un bosquecillo de ciruelos en flor a la ribera de un lago; y Chou Mou Shu, de quien se cuenta que dormía tan placida y profundamente en una barca que sus sueños se identificaron con los de un loto.



Ese mismo espíritu alentaba a la emperatriz Komio, una de las soberanas más célebres de Nara, cuando cantaba: "Mi mano te lastimaría si te arrancara, ¡oh flor! Por ello, tal como contemplo tu lozanía en el seno de este prado, te entrego en ofrenda a los Budas del pasado, del presente y del porvenir".
                                                                                                       Kakuzo Okakura


 Tulipanes 








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