domingo, 5 de abril de 2015

Yo, Pablo de Tarso. Jesús Torbado


Coliseo de Roma


Pablo de Tarso, griego y judío, enemigo de Jesucristo primero y su seguidor más fanático después, es una de las más inquietantes e influyentes personalidades en la historia del mundo occidental. Verdadero fundador del cristianismo para unos, su gran falsificador para otros, auténtico "jefe de marketing" de la Iglesia en todo caso, fue capad de unir los mitos y las creencias de Oriente y de Occidente, revolviendo las entrañas del Imperio Romano e inyectando las ideas de un judaísmo reformado en una sociedad politeísta.

Pero aparte de ello, Pablo fue un vigoroso hombre de acción. Viajó durante más de treinta años por Asia y Europa, fue encarcelado, apaleado, perseguido por los demás apóstoles, apedreado, dado por muerto, atacado por las fieras del circo; naufragó varias veces, nunca tuvo casa propia y vivió siempre como un mendigo desterrado. Amó y odió como cualquier otro hombre.

Desde la aparición de los Hechos de los Apóstoles, hacia el año cien de nuestra era, son varias las novelas que se han publicado sobre el Apóstol de los Gentiles, y más aún los ensayos sobre sus cartas. No obstante, es poco lo que se sabe con certeza de la apasionante vida de Pablo. Porque se ha manipulado la verdad o porque ha intentado esconderse parte de ella.
 

 Fontana di Trevi, Roma.


(...) Herodes Agripa había mandado decapitar a Jacob, el gladiador de la oreja perforada, y otros hombres apóstoles de Jesús habían corrido la misma suerte. Incluso a Pedro lo habían confinado en la cárcel y había logrado escapar. De manera que estaban persiguiendo de nuevo a los nazarenos,  con el mismo ímpetu que yo había mostrado en otro tiempo. Bernabé el chipriota llegó a mi casa una noche, solo y exhausto por el viaje...(Pág. 103)
 

 Miguel Ángel Buonarroti (1475-1564)
El Moisés, San Pietro in Vincoli


Yo Pablo desciendo de Bejamín, el más pequeño de los doce hermanos varones, hijo de Raquel, la segunda y hermosa esposa del patriarca Jacob, en parto muy tardío y doloroso.

Los hijos de Jacob fueron quienes exigieron que se circuncidaran todos los varones siquemitas. Y aprovechando que éstos se hallaban debilitados por la operación, entraron en Siquem y los mataron a todos, mujeres e hijos incluidos.

En Tarso mis compañeros de juegos hablaban a veces de Hércules y Eneas de Aquiles y Alejandro de Sardanápalo y Diana...pero los niños de mi raza teníamos otros héroes y otras creencias: David y Jacob, Josué y Abraham, Gedeón y los macabeos. 
 

 Plaza de San Pedro, Roma


Cuando, a los quince años, emprendí el viaje a Jerusalén, después de haber desembarcado en Cesarea apenas era posible caminar en dirección a la ciudad: judíos de todas las clases y procedencias regresaban a sus casas, como un inmenso rebaño de bestias, después de haber celebrado la Pascua.

Cinco años viví alojado en casa de Eleazer, un comerciante con el que mi padre tenía negocios. Y cada mañana asistía en la sinagoga de Jerusalén a las lecciones del muy honrado rabino Gamaliel y ésa era en verdad mi verdadera vida.

Al contrario de la mayoría de las mujeres judías, Marianne -a la que desposé al cumplir yo los veinte años- tenía el pelo claro como la piel de la calabaza. Se sabía hermosa y deseaba que también los demás, aparte de su marido, conocieran ese beneficio de Dios.
 

   Basílica de San Pedro


Después de cuatro años de casado y tras repudiar a Marianne, volví de nuevo a vivir en Jerusalén. Un día, junto al Templo me paré a escuchar en los corrillos y quedé indignado ante la sarta de blasfemias que se intercambiaban a propósito de un tal Jesús, hijo de Yahvé, que había muerto en la cruz y a quién muchos tenían por el Mesías.

Como escriba del Sanedrín hablé con el ex sumo sacerdote Anás para denunciar a aquellos sucios galileos. "Te doy ahora mismo -me contestó éste, tras escucharme- el encargo de buscar a esos blasfemos. Dame sus nombres y domicilios."

Junto a la ladera occidental del Templo esperaba la acusado una veintena de sacerdotes. desde aquella posición algo elevada descubrí que el preso era mi antiguo condiscípulo Esteban. Hablaron diversos testigos, más no fue necesario: el propio Esteban insistía en sus aborrecibles errores. Condenado éste a ser lapidado, Pablo de Tarso legaliza con su presencia la sentencia.
 

   Laocoonte y sus hijos
Museos Vaticanos, Roma


Caifás ordenó al tesorero del Sanedrín que me entregara dinero para comprar camellos y para los gastos del viaje hasta Damasco, donde más acuciaba el mal. Poco antes de llegar a aquella ciudad, se me acercó un hombre de mi edad, pero más alto y fuerte que yo, que se presentó diciéndome: "Soy Jesús de Nazaret, el mismo galileo al que estás persiguiendo."
 

  Castillo  Sant'Angelo, Roma


Abreviaré la historia de aquél héroe, náufrago en todos los mares, peregrino en toda la tierra; tan glorioso que ni en ésta hubo cárcel, prisión ni castigo que ignorase, ni en ellos borrasca ni tormenta que no padeciese. Sería congoja de la aritmética hallar número para contar las leguas de sus caminos y rumbos. Innumerables veces repitió aquel mar empedrado de reinos, en tantas islas que a pesar del agua son tierra; en tanto mar que, a pesar de la tierra que hurta a sus olas, es archipiélago. Francisco de Quevedo. Vida de San Pablo (1648)


Diego Velázquez
San Pablo, 1618 - 1620



Juan de Juanes
Martirio de San Esteban, 1562



Bartolomé Esteban Murillo
Caída de Pablo en Damasco



El greco (1541 - 1614)
San Pablo
 

 

Autor: Jesús Torbado
Título: Yo, Pablo de Tarso
Editorial Planeta , S.A. 1990
Nº de Páginas: 249
 


  

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