sábado, 24 de enero de 2015

Luis Cernuda (1902 - 1963) El ruiseñor en la piedra.






El ruiseñor en la piedra

Lirio sereno en piedra erguido
junto al huerto monástico pareces.
Ruiseñor claro entre pinos
que un canto silencioso levantara.
O fruto de Granada, recio fuera,
más propicio y jugoso en lo escondido.
Así Escorial, te mira mi recuerdo.
Si hacia los cielos anchos te alzas duro,
sobre el agua serena del estanque
hecho gracia sonríes. Y las nubes
coronan tus designios inmortales,
Recuerdo bien el sur donde el olivo crece
junto al mar claro y el cortijo blanco,
mas hoy va mi recuerdo más arriba, a la sierra
gris bajo el cielo azul, cubierta de pinares,
y allí encuentra regazo, alma con alma.
Mucho enseña el destierro de nuestra propia tierra.
¿Qué saben de ella quienes la gobiernan?
¿Quienes obtienen de ella
fácil vivir con un social renombre?
De ella también somos sus hijos
oscuros. Como el mar, nos mira
que aguas son las que van perdidas a sus aguas,
y el cuerpo, que es de tierra, clama por su tierra.

Porque me he perdido
en el tiempo lo mismo que en la vida,
sin cosa propia, fe ni gloria,
entre gentes ajenas
y sobre ajeno suelo
cuyo polvo no es el de mi cuerpo;
no con el pensamiento vuelto a lo pasado
no con la fiebre ilusa del futuro,
sino con el sosiego casi triste
de quien mira a lo lejos, del campo,
las tapias que de niño le guardaran
dorarse al sol caído de la tarde,
a ti Escorial, me vuelvo. 

Hay quienes aman los cuerpos
y aquellos que las almas aman.
Hay también los enamorados de las sombras
como poder y gloria. O quienes aman
sólo así mismos. Yo también he amado
en otro tiempo alguna de esas cosas,
más después me sentí a solas con la tierra,
y la amé, porque algo debe amarse
mientras dura la vida. Pero en la vida todo
huye cuando el amor quiere fijarlo.
Así también la tierra la he perdido,
y si hoy hablo de ti es buscando recuerdos
en el trágico ocio del poeta.

Tus muros no los miro
con mis ojos de tierra,
ni los tocan mis manos.
Están aquí dentro de mí, tan claros
que con su luz borran la sombra.
Nórdica donde estoy, y me devuelven
a la sierra granítica en que sueñas
inmóvil, por la verde frescura de los montes
brillando al sol como un acero limpio,
desnudo y puro tal de carne efímera,
pero tu entraña es dura, hermana de los dioses.

Eres alegre, con gozo mesurado
hecho de impulso y de recogimiento,
que no comprende el hombre si no ha sido
hermano de tus nubes y tus piedras.
Vivo estás como el aire
abierto de montaña,
como el verdor desnudo
de solitarias cimas,
como los hombres vivos
que te hicieron un día,
alzando en ti la imagen
de la alegría humana,
dura porque no pase,
muda porque es un sueño.

Agua esculpida eres,
música helada en piedra.
La roca te levanta
tal un ave en los aires:
piedra, columna, ala
erguida al sol, cantando
las palabras de un himno,
el himno de los hombres 
que no supieron cosas útiles
y despreciaron cosas prácticas.
¿Qué es lo útil, lo práctico
sino la vieja añagaza diabólica
de esclavizar al hombre
al infierno en el mundo?

Tú, hermosa imagen nuestra
eres inútil, como el lirio
pero ¿cuáles ojos humanos
sabrían prescindir de una flor viva?
junto a una sola hoja de hierba
¿qué vale el horrible mundo práctico
y útil, pesadilla del norte,
vómito de la niebla y el fastidio?
Lo hermoso es lo que pasa
negándose a servir. Lo hermoso, lo que amamos,
tu sabes que es un sueño y que por eso
es más hermoso aún para nosotros.

Tú conoces las horas
largas del ocio dulce,
pasadas en vivir de cara al cielo
cantando el mundo bello, obra divina,
con voz que nadie oye
ni busca aplauso humano,
como el ruiseñor canta
en la noche de estío,
porque su sino quiere
que cante, porque su amor le impulsa.
Y en la gloria nocturna
divinamente solo
sube su canto puro a las estrellas.

Así te canto ahora, porque eres
alegre, con trágica alegría
titánica de piedras que enlaza la armonía,
al coro de montañas sujetándola.
Porque eres la vida misma
nuestra, mas no perecedera,
sino eterna, con sus tercos anhelos
conseguidos por siempre y nuevos siempre
bajo una luz sin sombras.
Y si tu imagen tiembla en las aguas tendidas,
es tan sólo una imagen;
y si el tiempo nos lleva, ahogando tanto afán insatisfecho,
es sólo como un sueño,
que ha de vivir tu voluntad de piedra,
ha de vivir, y nosotros contigo.
                                                        Luis Cernuda





 

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