viernes, 30 de enero de 2015

Carlos II el Hechizado y su época. José Calvo Poyato


 
Carlos II el Hechizado


 
El Salón de Reinos, en 1841 el general Espartero ordenó que se convirtiera en Museo de Artillería y en 1932, al fusionarse este con el de Toledo, paso a ser Museo del Ejército. Actualmente depende del Museo Nacional del Prado.


Madrid de los Austrias 
 

Desde fecha temprana del siglo XVI, concretamente desde desde el año 1517 en que subió al trono Carlos I, los destinos de la monarquía hispánica habían estado en manos de la Casa de Austria. Una dinastía bajo cuyo mandato España alcanzó los momentos más esplendorosos de su historia y descendió a las simas más profundas de la depresión.
Durante generaciones había sido habitual que los Austrias españoles mantuviesen una política matrimonial endogámica, donde los enlaces consanguíneos entre primos carnales o tíos y sobrinas habían convertido en cuestión poco menos que habitual la solicitud de dispensas matrimoniales a la Santa Sede. Esta actitud, cuyos resultados serían a la postre funestos, era la consecuencia de una serie de circunstancias. En primer lugar, la propia sacralización que la corte española había hecho de sus monarcas: los reyes más poderosos del mundo tenían poco donde elegir a la hora de compartir el tálamo nupcial y el prestigio de la institución hacía que el número de familias con dignidad suficiente para los matrimonios reales de la Majestad Católica resultase muy reducido. Otro factor a tener en cuenta era el religioso; la división sufrida por Europa desde la primera mitad del siglo XVI ante la confrontación sostenida por católicos y protestantes fue un obstáculo más que vino a reducir considerablemente las posibilidades matrimoniales de nuestros reyes y de la familia real española en su conjunto. Con media Europa gobernada por príncipes protestantes, la religión se convirtió en grave motivo de exclusión para posibles enlaces matrimoniales. es muy probable, aunque desde luego influyeron otros factores, que cerrase el paso al casamiento de Felipe II con Isabel I de Inglaterra y también fue elemento fundamental en las calabazas que recibió el príncipe de Gales cuando acudió a Madrid en los inicios del reinado de Felipe IV con la pretensión de contraer matrimonio con una infanta española.(...) (Pág. 9-10)
 


La falta de vitalidad a causa de factores hereditarios llevó a que se extremasen los cuidados sobre su persona. El problema, sin embargo, radicaba en que muchos de esos cuidados, así como numerosas prescripciones facultativas, agravaban las dolencias que pretendían combatir. La triste experiencia vivida por los médicos reales con el príncipe Felipe Próspero, atiborrado de pócimas, brebajes y cocimientos, debió alertar sobre sus consecuencias, pero no era menos evidente que la ciencia médica de la época era realmente poco lo que podía hacer.
Falto de calor en su propio cuerpo, aquejado de raquitismo e invadido por una extrema debilidad, su pobre salud y miserable aspecto fueron pronto objeto de burla en sátiras y coplillas populares que ya no dejaron de acompañarle en el transcurso de su existencia. De su primera infancia data una letrilla que resume su débil constitución y...algo más.

El príncipe, al parecer,
por lo endeble y patiblando
es hijo de contrabando,
pues no se puede tener.

Se aludía claramente a una de sus carencias más significativas: su incapacidad para andar e incluso sostenerse en pie a la edad habitual en que los niños normales lo consiguen. Informaciones contemporáneas indican que con 3 años no habían cerrado aún los huesos de su cráneo y que no podía sostenerse de pie. A los 5 años todavía andaba con dificultades (...) (Pág. 15-16)
 
 


(...) Quedó huérfano a los 4 años de edad, con lo cual no sólo perdió al padre, sino que su madre, nombrada regente, hubo de ponerse al frente de la junta de gobierno que por disposición testamentaria de Felipe IV había de regir los destinos de la monarquía hasta que el pequeño rey alcanzase la mayoría de edad...(Pág. 17)


El Salón de Reinos visto desde El Buen Retiro


Criado entre las damas y los enanos de la corte a los que tan aficionados fueron los Austrias españoles, entre las paredes del sombrío alcázar madrileño y entre las tocas monjiles de su madre, Carlos II acuñó un carácter  melancólico y triste que sería una de las constantes que le acompañarían ya a lo largo de su vida. Su educación, al igual que ocurría con otros asuntos más íntimos del entorno cortesano, se convirtió en tema de burla pública y objeto de rima para poetas populares:

Los toros y cañas
son muy lindo medio
de embobar al niño,
que es lo que queremos.
Y en siendo mayor
sabrá de gobierno
lo que le enseñarón
su padre y su abuelo...
Con que nuestra España,
siempre la tendremos
en menor de edad,
con niños y viejos.
                                                              (Pág. 19-20)



El día 11 de octubre tomó la suprema decisión de su vida: otorgo testamento nombrando sucesor al nieto de su más mortal enemigo, el duque de Anjou, que reinaría con el nombre de Felipe V, por lo que los derechos del archiduque Carlos quedaban postergados. Hacia constar expresamente que las coronas de España y Francia no podían unirse en una misma persona y asimismo disponía la formación de una Junta de Gobierno hasta tanto el nuevo rey se hiciera cargo de la corona. dicha junta estaría integrada por la reina, los presidentes de los consejos de Castilla, Aragón, Flandes e Italia, el inquisidor general, el conde de Frigiliana como representante del Consejo de Estado y el de Benavente en representación de la grandeza. Portocarrero sería la pieza clave y estaría acompañado de dos conocidos austracistas. el inquisidor y el conde de Frigiliana.
No se olvidó de la reina: le asignó una pensión anual de cien mil doblones y el señorío de por vida de la ciudad donde quisiese fijar su residencia (...) (Pág. 220)


   El Buen Retiro. Madrid



(...) Su figura macilenta, sus ojos vidriosos y su debilidad le convirtieron en un rey de juguete. Todos los que le rodearon trataron de manejarlo a su voluntad: su madre, sus dos esposas, sus consejeros. Su figura ha pasado a la historia con el nombre de el Hechizado. A todo se sometió. Al final de su vida parece ser que sólo deseaba que la monarquía hispánica no se fragmentara y sobre todo que le dejasen morir en paz.


 Jardines del Retiro


Los árboles y las plantas del Retiro lucen brotes, yemas en este enero.


Sebastián Herrera Barnuevo
Carlos II, h.1670
Museo del Hermitage. San Petesburgo


El 6 de noviembre de 1661 nacía en el Alcázar madrileño Carlos II. La Gaceta de Madrid -el antecedente al actual Boletín Oficial del Estado- habló en la ocasión de " un príncipe hermosísimo de facciones, cabeza grande, pelo negro y algo abultado de carnes".




Carlos II el Hechizado y su época constituye un estudio ameno y a la vez riguroso de una de las figuras más controvertidas de la historia de España en una época apasionante de su pasado.
En torno a la imagen del que fue el último rey español de la Casa de Austria, se tejieron las más variadas leyendas. Desde las que le pintaron como un inútil incapacitado para gobernar una monarquía en la que casi no se ponía el sol, hasta las que achacaron su falta de descendencia al hecho de que el rey estaba hechizado. Sin embargo, fue algo más que un imposibilitado en manos de los que le rodearon. bajo su macilento aspecto había una personalidad compleja y también limitada, pero que en ocasiones dio muestras de una dignidad y categoría humanas que no poseían la mayoría de sus cortesanos.


Juan Carreño de Miranda
Carlos II con armadura, 1681
Museo Nacional del Prado. Madrid


...Y una época, el último tercio del siglo XVII. Una sociedad dominada por el espíritu efectista del Barroco. Una corte donde las intrigas, las camarillas cortesanas o los juegos de intereses tejían y destejían el vivir cotidiano. Antagonismos, odios ancestrales, alianzas de circunstancias y todo tipo de rumores propiciaron un ambiente que convirtió la vida política española de aquellos años en una gigantesca corte de los milagros donde, por añadidura, se estaba jugando la partida política más importante para el futuro de Europa.


José García Hidalgo
María Luisa de Orleans, 1679
Museo Nacional del Prado. Madrid

La candidata elegida por Carlos II -previa consulta al Consejo de Estado y la correspondiente comunicación a Viena, pues en aquel enlace estaba, egoístamente interesada media Europa- fue María Luisa de Orleans. Al conocer su "buena suerte", la novia lloró desconsolada: la Corte parisina aceptó entregarla como prenda, pero advirtiendo al marqués de los Balbases, nuestro embajador, que "no devolverían ni un jardín", el Rosellón y la Cerdeña para siempre franceses. 


 Mariana de Neoburgo

La proverbial fecundidad de que hacía gala la del Elector Palatino del Rin -su esposa parió veinticuatro retoños, logrando sobrevivir catorce de ellos- inclinó a la Corte y al rey para elegir a Mariana de Neoburgo como sucesora en el tálamo a la infortunada María Luisa, justo a los diez días de su muerte y en la primavera de 1689. Pese a los extravagantes y denodados esfuerzos de ambos contrayentes, tampoco el nuevo matrimonio lograría la sucesión.


A través de las páginas de este libro desfilan aquellos personajes que marcaron el rumbo de unas décadas de nuestra historia que fueron apasionantes. Un decrépito Felipe IV, tras una vida de galanteos y amoríos sin tasa. Una adusta Mariana de Austria, obsesionada con el control de la voluntad de su hijo. La tenue figura del jesuita Nithard. La pintoresca silueta de don Fernando de Valenzuela, el duende de palacio. La ambiciosa y recia personalidad de don Juan José de Austria, el hermano bastardo del monarca...y sobre todos la vidriosa imagen del rey, de Carlos II el Hechizado.


Juan Carreño de Miranda, 1685
 Carlos II Gran Maestre de la Orden del Toisón de Oro
Kunsthistorisches Museum. Viena


Juan Carreño de Miranda
Carlos II (Salón de los Espejos)


Fiesta en la Plaza Mayor de Madrid, 1623
Museo Municipal de Madrid





Autor: José Calvo Poyato
Título: Carlos II el Hechizado y su época

Colección Memoria de la Historia
Editorial Planeta, S.A.

Nº de Páginas 230
Año de la edición: 1991







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