lunes, 29 de diciembre de 2014

Museo de Historia de Madrid I


Museo de Historia de Madrid.
Calle Fuencarral, 78.







Madrid, una difícil elección

La elección de Madrid por Felipe II (1556-1598) como capital de la Monarquía Hispana supuso la transformación de la pequeña villa medieval en corte, asumiendo desde entonces nuevas funciones políticas y administrativas, que afectarían profundamente a su estructura urbana y la vida cotidiana.

Las razones que movieron a Felipe II a tomar esta decisión fueron muy variadas. Entre las de índole económica y política, está la de su emplazamiento geográfico, que hacía de Madrid un centro esencial de comunicaciones, asimismo, el gran número de molinos harineros, que aseguraban el abastecimiento de la capital; la pureza y abundancia de sus aguas subterráneas, vital para una población en crecimiento; la necesidad de poner fin a la itinerancia de las cortes precedentes; o la existencia de un alcázar, transformado en residencia real.

Otros motivos para la elección de Madrid como capital estable de la monarquía y del Imperio fueron los extensos cazaderos existentes en los alrededores, como el Pardo o Aranjuez, así como la proximidad de El Escorial, cuya construcción fue de suma importancia para Felipe II. 




Madrid, 1561 - 1700
Villa, Corte y Capital de Dos Mundos

La esencia más íntima del Madrid del Antiguo Régimen, el motor simultáneo de sus grandezas y de sus miserias se debe a que, desde 1561 pasa a albergar la corte permanente de una de las primeras monarquías absolutas de Europa.

 

Babilonia cosmopolita

Aluvión de nobles, diplomáticos, letrados, comerciantes artesanos, eclesiásticos, artistas, viajeros, literatos, pretendientes a la corte, esclavos, mendigos y criados, procedentes de todas las provincias y rincones del Imperio, acuden a la villa.

El Madrid de los siglos XVI y XVII, con su mezcla abigarrada de estados, razas, vicios y virtudes, lenguas, colores y olores, palacios y zahúrdas, lujo y miserias, intrigas y reputaciones, oportunidades, esperanzas y fracasos, se muestra a la mirada barroca de los contemporáneos bajo la faz cosmopolita, caótica y confusa de una nueva Babilonia. Una ciudad que reza, trabaja, lucha, mendiga, se disfraza, ríe, mercadea, comadrea, intriga, ama y roba en sus plazas, plazuelas, calles, mercados, paseos, tabernas, jardines y arroyos.




Las primeras reformas urbanísticas.
Madrid, ciudad conventual.

Consciente de su nueva condición de capital, la villa y corte de Madrid emprendió una serie de obras en busca de un núcleo urbano ordenado, que dignificara su imagen. Esta tarea quedó en manos de los sucesivos arquitectos reales -Juan Bautista de Toledo, Juan de Herrera, Francisco de Mora, Juan Gómez de Mora, Teodoro Ardemans-, que llevarán a cabo importantes proyectos de construcción de nuevos edificios y de remodelación de espacios públicos.

Sobre la irregular estructura viaria existente se diseñaron unos ejes urbanos destacados. Estas calles principales y las plazas que las jalonaban fueron sometidas a un riguroso proceso de alineación y regularización. En ellas se erigieron edificios monumentales de una tipología característica, encuadrados por torres angulares cubiertas con chapiteles de pizarra, y se ubicaron fuentes ornamentales, que actuaban como puntos de enfoque panorámico. Se trataba de conseguir un núcleo urbano homogéneo y a la vez suntuoso, símbolo visible de un poder monárquico centralizador y marco de las comitivas reales en sus desplazamientos por la ciudad.

Por otro lado, los numerosos conventos y casas de religión que se instalaron al amparo de la corte, buscando beneficios e influencias, contribuyeron a configurar, con su profusión de flechas, chapiteles y torres, una peculiar imagen del Madrid de esta época, de perfil conventual.



La ciudad laboriosa.

La ciudad cortesana, residencial y consumidora, en la que las élites gastan sus rentas, fue forjándose de forma lenta y decidida. Su morfología se vio afectada por la construcción de nuevos palacios y la multiplicación de conventos. Su imagen, plagada de carrozas, servidumbre, fiestas y procesiones -alardes del poder y riqueza de la nobleza-, fue descrita prolijamente en los relatos de viajes de la época. Una pauta de vida ociosa a la que aspiraban los altos funcionarios reales, muchos regidores; una considerable nómina de banqueros, asentistas y ricos comerciantes, coincidentes todos ellos en un mismo fin, aprovechar las oportunidades que brindaba la capital del Imperio.
El mundo del trabajo se organizaba de un modo particular, con arreglo a la estructura y necesidades requeridas por esta ciudad cortesana. Artesanos y comerciantes ocupaban las principales plazas  y las calles más céntricas, ofreciendo todo tipo de mercancías. Maestros y aprendices trabajan para satisfacer una demanda relacionada con los objetos de lujo, con la construcción y el amueblamiento de casas, palacios y conventos. Oficios como los de cocheros, aguadores encargados de las infraestructuras urbanas, buhoneros y una multitud de jornaleros ilustran las estampas de la época.

La novela picaresca da cuenta, a través de la sátira anticlerical y descarnada, de ese mundo de criados y servidores. Un mundo que apenas distaba del de los pobres y que, con frecuencia, como el de las bandas de niños que robaban para poder comer, a las que se refería el maestro de ceremonias de la Hermandad del Real Hospicio de Pobres del Ave María y San Fernando.
 





Abanico Becqueriano
Íbamos a aquella reunión de pantallas discretas porque había en ella un aire confidencial y recoleto bien presidido por aquella dama sin edad que se había quedado convertida en señorita de Terciopelo.
Un día la señorita Araceli -que es como se llamaba la dueña del salón- nos mostró un abanico en el que había unos versos de Bécquer.
-Me los escribió el mismo.
Entonces todos nos miramos, porque nos dimos cuenta de la edad de la Araceli, inefable e incalculable. ("Caprichos", R. Gómez de la Serna) 



Bajo un mismo techo
durmieron las cortesanas,
la luna y el trévol.
                                       Matsuo Bashò







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