lunes, 29 de diciembre de 2014

Museo de Historia de Madrid II



Museo de Historia de Madrid

La ciudad placentera

A su manera el Madrid cortesano trabaja. Y también descansa. Siglos antes de que la ciudad se expandiera por las riberas amenas de sus ríos y los frescos estribos de sus montañas, la corte paseaba estacionalmente su relajo, pero también su poder y su gobierno, por toda una orla de sitios reales que, desde La Granja y Valsaín hasta Aranjuez, pasando por El Escorial, El Pardo, la Casa de Campo y el Buen Retiro, salpicaban su entorno más próximo. Madrid se salía así de los límites trazados y, al hacerlo, materializaba algunas de las utopías urbanas y jardinísticas, que no podían tener cobijo en una villa heredada, estrecha, sucia y cercada.
 

 Francisco de Goya (1746-1828)
Alegoría de la Villa de Madrid, 1809
 


Y también se divierte el pueblo.
El Madrid festivo y teatral del Barroco

El Madrid del Siglo de Oro se convierte en escenario de los grandes acontecimientos ceremoniales de la corte: las bodas reales y las solemnes entradas públicas de las nuevas reinas, los juramentos de herederos, las exequias fúnebres y las salidas de acción de gracias a los Jerónimos o al santuario de la Virgen de Atocha.
La fiesta del Corpus era la celebración más solemne de un calendario marcado por las festividades litúrgicas y el santoral. Todos los estamentos de la sociedad participaban en una grandiosa procesión en la que se mezclaba lo religioso y lo profano: carros de comediantes, tarascas, danzantes, cofradías, cruces, autoridades, nobles y embajadores extranjeros, con presencia del soberano y presididos por la custodia sacramental.




La corte atrae a Madrid a artistas, escritores, músicos, escenógrafos, que hacen de la ciudad un lugar privilegiado para el disfrute de sus creaciones. Los corrales de comedias, el Palacio de la Zarzuela, la Casa del Tesoro, el Salón de Comedias del Alcázar y el Coliseo de Buen Retiro contribuyen a convertir el teatro en una de las principales formas de ocio de la capital.








Vista del destrozo del Pantano de Lorca el  día 30 abril del 1802


El urbanismo como disfraz
El Madrid barroco

Los testimonios de la época evocan  una ciudad que, a principios de siglo, presenta un trazado anárquico con calles estrechas, mal alineadas y polvorientas, en las que la salubridad e higiene eran deplorables y a las que la falta de iluminación convertía, además, en peligrosas. Algunos edificios de carácter representativo y palacios nobiliarios reducidos a grandes caserones daban el tono de la ciudad. A pesar de los intentos de paliar estas carencias mediante una serie de ordenanzas continuadas de las publicadas en 1661 por Torija, y a pesar de la construcción de nuevos y grandes edificios públicos con llamativas fachadas -Hospicio, Cuartel del Conde Duque, Casa de Correos, Palacio Real-, nunca hubo un auténtico planteamiento urbanístico; más bien, se adoptaron sucesivas medidas y proliferaron construcciones efímeras que, bajo la apariencia de realidad, disfrazaban el espacio urbano.


Vista de la ciudad de Madrid desde el río Manzanares


Puerta del Paseo de Recoletos, Madrid.


Escenario del poder centralizado  

La capital se percibe como una extensión de la corte y su entorno. El ritual ceremonial y de propaganda cortesano reafirma repetidamente el orden oficial de las cosas. En el siglo XVIII se consolidan los ejes ceremoniales más importantes, que afectarán notablemente a la morfología urbana del centro de la ciudad: las calles de Atocha, Carrera de San Jerónimo y Alcalá, a las que se unirá, en la segunda mitad del siglo, el Paseo del Prado.


   José Vallejo Galeazo
Fuente de Neptuno en el Salón del Prado


Madrid 1700 - 1814
Centro ilustrado del poder

La llegada de los Borbones a España, y muy especialmente a Madrid, no significó únicamente un cambio de dinastía. La sociedad madrileña continuó siendo en lo esencial marcadamente tradicional y conservadora; pero la formidable operación de centralización y homogeneización política y administrativa que los nuevos monarcas llevaron a cabo en todo el país repercutió muy directamente en la conversión de Madrid en un escenario áulico acorde con los nuevos tiempos.

Todo un conjunto de operaciones urbanísticas y de ornato vinieron a superponerse, como una delgada película, a las viejas tramas preexistentes, al tiempo que, especialmente en la segunda mitad de la centuria, surge una élite ilustrada que aportará nuevas ideas en las esferas de la economía, las costumbres las ciencias y las artes. 
  




El paseo y los rituales
del ocio

Durante los siglos XVII y XVIII, los usos y costumbres de los madrileños se mantuvieron prácticamente inalterables. Por la mañana era habitual la asistencia a los oficios religiosos, mientras que las tertulias, el teatro y el paseo componían los entretenimientos más usuales. La afición a los toros gozó, asimismo, de gran popularidad.

Son numerosas las referencias literarias que dan cuenta de las preferencias de los madrileños, "...ver y oír esto, amigo es mi deseo, mi comedia, mi prado, mi paseo..."
            Agustín Moreto (1618 - 1669), De fuera vendrá quien de casa nos echará 


Tomás López de Vargas Machuca (1730-1802)
Madrid y provincia.
 
El teatro y la danza

Si bien en este momento se restringieron e incluso prohibieron algunas obras, la comedia con acompañamiento musical siguió triunfando. Paralelamente, se desarrolló un teatro costumbrista, cuya expresión más destacada fueron los sainetes, sobre todo los de Ramón de la Cruz, piezas teatrales breves que representan lo pintoresco de la vida cotidiana.

El teatro musical puso de moda la ópera italiana. Las compañías, repertorios y cantantes italianos como Farinelli llenaban los coliseos. La reacción a lo extranjero motivó el nacimiento de la tonadilla escénica que, a modo de intermedios teatrales, tuvo un desarrollo rápido y un éxito fulminante. Las más famosas tonadilleras, entre ellas María Ladvenant, "la Divina" y, sobre todo, "la Caramba" influyeron en las costumbres, la moda y el lenguaje, que fueron adoptados incluso por la aristocracia. Los protagonistas eran majos y majas llenos de desgarro y alegría -castañeras, artesanos, petimetres afeminados, "madamitas de nuevo cuño"-, claro reflejo del público que acudía enfervorizado a los coliseos madrileños.

El espacio escénico también se modificó. Los corrales de comedias fueron demolidos para edificar los coliseos a la italiana. Además del teatro de la corte en el Retiro, existían en Madrid tres teatros públicos: el de los Caños del Peral, dedicado a la ópera italiana y los llamados nacionales, el del Príncipe, actual Teatro Español, y el de la Cruz.    





Los toros

En el Madrid ilustrado el espectáculo de los toros se convierte en el más popular, después del teatro. Desde el siglo XVII (1619) la plaza Mayor de la Villa y Corte es el espacio predilecto para esta fiesta. Posteriormente, al convertirse en espectáculo de pago y destinar su recaudación a fines públicos o piadosos, durante el primer siglo de los Borbones se erigirán sucesivos cosos, de forma circular, a las afueras de la población.

El toreo va lentamente transformándose a lo largo del siglo XVIII. Los caballeros en plaza y el rejoneo dejan lugar al toreo a pie, con lidia dividida en tres tercios y picadores de vara larga por delante, corrida que en Madrid tendrá más lenta evolución que en otros lugares de España.

Las polémicas taurinas se multiplican en el Madrid de Carlos III y Carlos IV, en torno al primer gran triunvirato del toreo moderno, Pedro Romero, Joaquín Rodríguez Costillares y José Delgado, Pepe Hillo, que fallecerá en el coso madrileño el 11 de mayo de 1801.

 



Manufacturas reales
e industrias para la corte

la fundación de reales fábricas en el siglo XVIII, consecuencia de una estrategia mercantilista de sustitución de importaciones, obedeció igualmente al deseo de la monarquía española de dotar a sus palacios de objetos decorativos y de uso de la mayor suntuosidad y carácter representativo. Denominadas por Campomanes "fábricas finas", se instalaron en Madrid o en sus proximidades, en función de la Casa Real, para realzar sus nuevos palacios y residencias, así como las de los nobles y distinguidos del reino.
De manera similar al resto de Europa, estas manufacturas fueron el resultado de la combinación de avances técnicos y científicos, del mecenazgo real y de innovaciones significativas en su gestión administrativa y económica. Su objetivo fue la obtención de producciones de la más alta y exclusiva calidad estética.

Frágiles objetos de cristal y porcelana, elegantes tapices, objetos de plata para modas importantes, profusión de relojes, sofisticado abanicos, todos ellos constituyen piezas de distinción que, al igual que las denominadas Artes mayores, participaron primero del gusto rococó, ligero y colorido, y después del elegante y severo estilo neoclásico.


Dióscoro de la Puebla
Alfonso XII, 1876


Real Fábrica de Porcelana del Buen Retiro

Impulsada por Carlos III como continuación de la que creara en 1743 en Capodimonte, la Real Fábrica de Porcelana, denominada popularmente "La China", fue creada en 1760 en el recinto del Palacio del Buen retiro.

De Nápoles llegaron artífices italianos y tres cargamentos con el instrumental y maquinaria necesarios, e incluso la pasta especial para la producción de la codiciada porcelana, producto cerámico blanco y compacto, compuesto de coalín, feldespato y cuarzo.

En su trayectoria se diferencian tres etapas:

1760 -1783: Dirigida por Giuseppe Gricci y, desde 1770, por Carlos Scheppers, piezas elaboradas, de porcelana tierna, exenta de caolín, reproducirán moldes relacionados con Capodimonte. El gusto barroco irá dejando paso al rococó, tanto en los servicios de mesa como en los objetos de adorno y en la obra escultórica.

1783 - 1803: Carlos Gricci se hace cargo de la dirección (1783). Este, a quien sucede su hermano Felipe, no llegará a obtener la auténtica pasta dura. En 1797 vuelve Carlos Scheppers, que inicia un nuevo período de pruebas, sin obtener mejores resultados que el anterior.

1803 - 1808: Bajo el mandato de Bartolomé Sureda, que realizó sus primeros ensayos en la manufactura de Sévres, dirigida por Alexandre Brogniart -tecnólogo, empresario, pintor, escultor y grabador-, la fábrica consiguió producir la ansiada porcelana dura, también llamada "china". La estética neoclásica caracteriza la mayor parte de las piezas de esta etapa.

  





La Guerra de la 
Independencia

Los sucesos del Dos de Mayo de 1808 en Madrid fueron el punto de partida de la Guerra de la Independencia. Estos hechos representan el inicio de la resistencia al proyecto napoleónico de ocupación del territorio. La coincidencia de dos variables que se alimentan mutuamente provocan el desencadenamiento de los hechos: un contexto exterior dominado por lo planes de Napoleón y su sueño imperial -en el que España era una pieza- y la crisis política e institucional interna española y, en sentido más profundo, la del Antiguo Régimen.






Manuel Castellano
Muerte de Velarde el Dos de Mayo de 1808, 1864


Antecedentes: el motín de Aranjuez

Desde finales de 1806, un sector de la aristocracia que se había constituido como alternativa al gobierno de Carlos IV y de su valido, Manuel Godoy, reivindicó los intereses del príncipe Fernando y se aproximó a Francia buscando la alianza con el Emperador. Napoleón se convirtió en árbitro de las disputas dinásticas de la Casa de Borbón y aprovechó la oportunidad para materializar su política de bloqueo antibritánico. Centró su atención en Portugal, que fue la excusa para dirigir sus ejércitos hacia España, con objeto de cruzarla.

La presencia de las tropas francesas aconsejó la retirada de la familia real a Aranjuez para, en caso de necesidad, seguir camino hacia el sur, hacia Sevilla y embarcarse para América. El 17 de marzo de 1808, tras correr el rumor del viaje de los reyes, una pequeña multitud se agolpa frente al Palacio real y asalta el palacio de Godoy, saqueando y quemando sus enseres. al día siguiente, Godoy es encontrado en su palacio y trasladado al Cuartel de guardias de Corps, en medio de una lluvia de golpes. Ese mismo día, Carlos IV abdica en su hijo Fernando VII. Ambos acuden a Bayona para reunirse con Nápoleón, quien entrega el trono de España a su hermano José Bonaparte.  

  




Industrias del abanico

El abanico elemento indispensable en los círculos cortesanos, que indicaba el origen y jerarquía social de la mujer que lo portaba, alcanzó su mayor esplendor en el siglo XVIII. Los ricos materiales utilizados, así como la calidad de su ejecución, lo convierten en auténtico articulo de lujo, de gran valor artístico. Serán los actos y reuniones sociales dieciochescos los que regulen su uso como instrumento de juego social, amoroso o de propaganda política.

Los principales productores y exportadores de abanicos fueron Francia, Alemania, Inglaterra, Holanda e Italia; también se importaron de China, más baratos ejemplares lacados o con varillajes de bambú y país de papel de arroz.

En España apenas se tienen noticias de la fabricación completa de abanicos en el siglo XVIII. Se sabe de la existencia de una fábrica establecida en la Red de San Luis, hacia 1784, cuyo principal objetivo era la enseñanza de ese arte; asimismo, de un taller en la calle del Carmen, que abrió Mañer, alumno de la fábrica, o del francés Eugenio Prost, favorecido por el Conde de Floridablanca, que se estableció en Madrid, en la calle del Olivo Bajo en la década de 1780. 



Una ciudad estancada
e indolente

Madrid capital inaugura el siglo XIX con un carácter marcadamente preindustrial. Es una ciudad frustrada en su abigarrada y caótica morfología, constreñida en sus laterales por conjuntos residenciales palaciegos y aislada en un entorno rural. Incapaz de convertirse en capital económica, improductiva y mal comunicada rodeada por una periferia más dinámica su capitalidad resulta un artificio más que una construcción coherente.

Esta quietud se tambaleará en torno a la década de los años cuarenta. El cambio de una monarquía absoluta a un régimen parlamentario la desamortización y sus consecuencias, el nacimiento de una emergente burguesía y el desbordamiento por el norte y por el sur, de la cerca establecida por Felipe IV, acelerarán el profundo proceso de transformación que va a experimentar la ciudad en la segunda mitad de la centuria. 



Madrid 1814 - 1919
El sueño de una ciudad nueva

La larga agonía del Antiguo Régimen, a la que se añaden los efectos de la pérdida del Imperio colonial, vendrá a dar al traste con la peculiar condición villana, cortesana y cosmopolita de Madrid. Paradójicamente, al tiempo que se torna provinciana, burguesa y menestral, la ciudad refuerza a lo largo de la centuria su perfil urbano y su papel capitalino, gracias, sobre todo, a su posición privilegiada en las redes de comunicaciones.

Lo viejo y lo nuevo, así, conviven y se pelean en el Madrid decimonónico.
 

 





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