miércoles, 3 de diciembre de 2014

Mariano J. de Larra (1809 - 1837) El pobrecito hablador.




Congreso de los Diputados
Carrera de San Jerónimo. Madrid


Leones del Congreso de los Diputados.

¿Quien es el publico y donde se encuentra?

El doctor tú te le pones,         
El Montalván no le tienes,      
    Conque quitándote el don,      
Vienes a quedar Juan Pérez.  
(Epigrama antiguo contra el doctor D. Juan Pérez de Montalván)


Yo vengo a ser lo que se llama en el mundo un buen hombre, un infeliz, un pobrecillo, como ya se echará a ver en mis escritos; no tengo más defecto, o llámese sobra si se quiere, que hablar mucho, las más de las veces sin que nadie me pregunte mi opinión; váyase por que otros tienen el de no hablar nada, aunque se les pregunte la suya (...) (Pág. 27)






Larra, como hombre, ha estado inédito, desconocido, hasta que la suerte me proporcionó el precioso hallazgo de sus papeles, esa vieja caja que llegó a mis manos llena de documentos, de datos, de apuntes, de papeles reservados y de cartas íntimas a sus amigos, a sus padres, a su esposa...y a la mujer por quien se mató.
Yo he sentido la emoción de poder penetrar esos secretos, que parecía revelarme el mismo Fígaro, de acercarme a esa mujer que lo cautivó, y cuyo nombre, tantos años secreto, había escrito, con su mejor letra, como acariciándolo, la mano que poco después disparó la pistola que había de destruir uno de los más nobles cerebros y de los más generosos corazones.En algunos momentos me parecía sentir la indignación de Fígaro en mi propio corazón, y sentía la necesidad imperiosa, ineludible, de escribir, de decir la verdad, de deshacer errores, de pronunciar los nombres de todos los personajes del drama, de hacer resaltar la falsedad de los que mintieron creyéndose impunes al hablar de Fígaro.(...)
Se había ignorado hasta la fecha exacta de su nacimiento. Hasta su mismo tío, don Eugenio de Larra, en una biografía inédita, señala como fecha de su nacimeiento el 26 de marzo; pero en la partida de bautismo, que tuve también la suerte de encontrar, consta que nació el 24 de marzo de 1809 y que se bautizó el mismo día...
Los nacidos a primeros del siglo XIX debían coger el fruto insazonado que les legaba el siglo XVIII. Ninguna época elaboró con más rapidez ideas y formas. Las convulsiones que marcaban a la sociedad naciente se desenvolvían simultáneamente a las últimas de la sociedad que desaparecía. La lucha de la época era más que nada lucha de ideas. Ellas habían hecho estallar la revolución francesa, y su influjo se extendía por el mundo.
Alemania había abolido el feudalismo y la servidumbre personal.
Inglaterra aporta el nuevo elemento de la soberanía nacional; Italia, dividida en pequeños Estados empobrecidos, se enciende en rebelión al influjo de las nuevas ideas, y Nápoles llegó a proclamar la República de Partenope y colocar el gorro frigio en la estatua del ciudadano Genaro. Pero las ideas nuevas iban marcadas con la pátina de atavismos difíciles de arrancar de nuestro ser, porque ellos habían moldeado costumbres, leyes, creencias y vocabulario. De aquí nació la duda, la indecisión, el anhelo de verdad; esas luchas del yo contra el yo (si su unidad no es también ficticia), que destrozan al individuo y repercuten sobre la especie. Esta lucha y esa duda son características de los siglos XVIII y XIX...
Goethe, como un dios creador, modela figuras humanas, verdaderas y vivas, sin cuidarse de que sean buenas, sino de que sean bellas. Werther es el tipo perfecto de la sociedad sin voluntad y sin esperanza, resumen doloroso de todo pesimismo. 
La literatura morbosa de Inglaterra inyecta también su spleen con Las noches de Young, los sueños melancólicos de Gray, la fantasía desequilibrada de Macpherson, la humanidad pura, perfecta, ultravigorista de Richardson.
                                                                                                                                          





A comienzos del siglo XIX, herederos de ese bagaje, Byron escribe su Harol, Schiller, Prometeo; Heine, el Intermezzo; Hugo, las Odas; Lamartine, Meditaciones; Musset, Confesiones; Leopardi, El Infinito; Puchkine, Soledad; Espronceda, el Canto a Teresa; y Larra sintetiza los dolores, las angustias, las dudas, en frases cortantes, llenas de amargura y gracia, con genio de humorista, forma la más perfecta del pensamiento humano.
Los anima a todos un mismo sentimiento, que algunos expresan de un modo semejante. Puchkine dice: "¡Qué soledad! Dime qué hago para no volverme loco o saltarme la tapa de los sesos." Leopardi exclama: "No veía más que un desierto a mí alrededor. Me hallaba espantado de hallarme en medio de la nada, una nada, yo mismo. me sentía como si me ahogase considerando y sintiendo que todo es nada, sólo nada."
Es la misma sensación de ese Muro de que habla Larra, que lo aprisiona y que no puede refugiarse ni en su propio corazón, donde yace la esperanza.
Alberto Durero hizo el estandarte de esa humanidad dolorida en el maravilloso ángel que despliega la bandera de la melancolía y tiene a sus pies la sentencia del Eclesiastés: "Donde hay mucha ciencia, hay mucha tristeza." (...)
Se estremece de dolor en la creación y en el dolor de su propia superioridad y se siente incomprendido. Su noble instinto justiciero padece viendo la decadencia del arte, la corrupción del idioma, la persecución de los ideales superiores, mientras la intriga triunfa, los seudoartistas se envanecen y la amistad y el amor le muestran una máscara hipócrita."
Sin embargo, Larra no era un pesimista teórico. Hubiera triunfado de la vida y de si mismo si hubiera tenido un afecto capaz de sostener su corazón. No lo halló nunca.






Los primeros años de su vida debieron marcar gran influencia en Larra. nació estando recientes los sucesos del 2 de mayo del año anterior, la exaltación de un pueblo heroico alzándose contra la dominación napoleónica.
las ciudades de España, aisladas unas de otras, sin medios de comunicarse, encendida la Guerra de la Independencia y la guerra entre hermanos, con su cortejo de horrores, que produjeron el año 1811 el terrible año del hambre, en el que los vecinos de Madrid se arrastraban famélicos por las calles, de donde los recogían, muertos, los carros de las parroquias.
La familia de Fígaro era distinguida , con ribetes de intelectualismo. El padre, médico notable, poseía un espíritu culto, atormentado e inquieto. La madre doña Dolores Sánchez de Castro, era una mujer buena y vulgar, incapaz de comprender jamás al hijo, y que no ejerció influencia en su niñez.
Sólo la abuela, doña Eulalia Sangerlot, noble portuguesa, le inculcó la afición a la Literatura y el anhelo de belleza, pero no se cuidó de que fuese demasiado precoz el despertar. Sólo tenía el niño año y medio cuando comenzó a aprender a leer, y a los tres años ya leía de corrido. 
En el seno de la familia reinaba la discordia; su padre, ferviente afrancesado, aceptó una plaza en el ejército de José I; el abuelo, don Antonio Crispín de Larra, fiel administrador de la Casa de la Moneda, en cuyo viejo edificio de la calle Segovia nació el gran escritor, era ardiente patriota, y había perdido al menor de sus hijos luchando contra los franceses. El acto de su hijo Mariano fue para él ofensa que le hizo romper todo lazo de afecto. El doctor Larra tuvo que huir siguiendo las tropas francesas, y llevó consigo a su esposa y su hijo. Fígaro, niño, hizo este viaje con otro niño francés ilustre: Victor Hugo. (...)

 



Plaza de las Cortes


(...) El momento de su vuelta a Madrid es el del despertar del pueblo abatido, miserable, que proclama su Constitución y que, al amparo de sus derechos de reunión y libre emisión del pensamiento, multiplica sus tribunas en las plazas y en los cafés, como el Lorencini y la Fontana de Oro, mientras la multitud entona ante Fernando VII marsellesas como el "Lairon, Lairon" y el "Trágala".
Pero bien pronto domina la triste época calomardina. Se cierran las Universidades, se prohibe la entrada de periódicos extranjeros, se amordaza a los propios. toda españa gime, y los espíritus jóvenes que no se aniquilaron extreman la rebeldía en sociedades como la de los Numantinos.
La única expansión literaria es la reunión en el café del Príncipe, en el célebre Parnasillo, donde se reunían Espronceda, Olózaga, Ventura de la Vega, Alonso Segovia, Ferrer del Río, Bretón, Gil y Zárate, Serafín Calderón, Madrazo, Rivera, Esquivel, Alenza Latorre...Todos ingenieros de su tiempo. (...)

 
Plaza de las Cortes
Monumento a Miguel de Cervantes (1835)


Monumento a Cervantes 
Pedestal labrado por Isidro González Velázquez. 


(...) Murió cuando todo se solucionaba, cuando comenzaba el triunfo, cuando el que tanto luchó en El Pobrecito Hablador y El Duende Satírico tenía las principales tribunas de la Prensa; cuando se reconocía su talento, sus dotes de polemista sin rival, su arte, su sensibilidad, su gracia, su elegancia y su galanura.
Es inútil quererle buscar influencias. Es clásico, es maestro, sólo en esa acepción, porque no es clasicista. Admira a Cervantes, Lope y Quevedo, pero no los imita. No hay en él nada de común con los grandes de su tiempo; no le influencia ni Lamartine ni Chateaubriand, ni Hugo ni Dumas. Se ha dicho que lo influencia Sebastián Miñano, tal vez por la semejanza de los títulos de El Pobrecito Holgazan de éste y El Pobrecito Hablador de Fígaro; pero Miñano es hombre maduro acostumbrado a la exposición lógica, y no tiene el arrebato y la pasión de Larra.
Fígaro posee también el rápido análisis espiritual de Balzac; pero su hermano es sólo Enrique Heine, y su padre espiritual, Voltaire (...)
Pero , pese a todo, Larra perdura; constituye el eslabón que enlaza a los grandes clásicos españoles con los ingenios de nuestra época; es la figura representativa que en este siglo azaroso en que todos andan perdidos buscando fórmulas, enciende la antorcha e ilumina el camino.
Por eso Larra no envejece. Es siempre la figura gallarda, joven, pasional, impetuosa y justiciera que conserva al través del tiempo su prestigio  de escritor y su prestigio de hombre Mariano José de Larra, Fígaro, no es sólo un hombre: es la encarnación de toda una época. 
                         Carmen de Burgos
                               Colombine 




Relieves en bronce obra de José Piquer





Autor: Mariano José de Larra
Título: El Pobrecito Hablador

Prólogo: Carmen de Burgos
Año de la Edición: 1945

Nº de Páginas: 249
Compañía Ibero-Americana de Publicaciones (S.A)



  

1 comentario:

  1. Wonderfull foto, built, cit, palacios, greeting from Belgium.
    http://louisette.eklablog.com/

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