sábado, 18 de octubre de 2014

Las mocedades de Ulises. Álvaro Cunqueiro (1911 - 1981)




Existe entre nosotros algo mejor que un amor: complicidad.
                                                                       Marguerite Yourcenar
 

Calle de Botoneras. Madrid



Este libro no es una novela. Es la posible parte de ensueños y de asombros de un largo aprendizaje -el aprendizaje del oficio de hombre-, sin duda difícil. Son las mocedades que uno hubiera querido para sí, vagancias de libre primogénito en una tierra antigua, y acaso fatigada. Un hadith islámico cuenta que la Tierra dijo a Adán, al primer hombre, cuando fue creado:
-¡Oh, Adán, tú me vienes ahora que yo he perdido mi novedad y juventud!
Pero toda novedad y primavera penden del corazón del hombre, y es éste quien elige las estaciones, las ardientes amistades, las canciones, los caminos, la esposa y la sepultura, y también las soledades, los naufragios y las derrotas.

Buscar el secreto profundo de la vida es el grande, nobilísimo ocio. Permitámosle al héroe Ulises que comience a navegar no más nacer, y a regresar no más partir. Démosle fecundos días, poblados de naves, palabras, fuego y sed. Y que él nos devuelva Ítaca, y con ella el rostro de la eterna nostalgia. Todo regreso de un hombre a Ítaca es otra creación del mundo.

No busco nada con este libro, ni siquiera la veracidad última de un gesto, aun cuando conozco el poder de revelación de la imaginación. Cuento como a mí me parece que sería hermoso nacer, madurar y navegar, y digo las palabras que amo, aquellas con las que pueden fabricarse selvas, ciudades, vasos decorados, erguidas cabezas de despejada frente, inquietos potros y lunas nuevas. Pasan por estas páginas vagos transeúntes, diversos los acentos, variados los enigmas. Canto, y acaso el mundo, la vida, los hombres, su cuerpo o sombra miden, durante un breve instante, con la feble caña de mi hexámetro.
                                   Álvaro Cunqueiro

 
Plaza de santa Cruz. 
"Madrid de los Austrias".
 
La Plaza de Santa Cruz, entre las calles Esparteros, San Cristóbal y Zaragoza, la Plaza de la Provincia y la calle de la Bolsa. Esta plaza toma su nombre de la iglesia de Santa Cruz, situada en la plaza, entre las calles Esparteros y Bolsa. Se había construido sobre una antigua ermita y su torre, la más alta de Madrid, tenía la exclusiva, junto con la de la iglesia del Salvador, de tocar las campanas en caso de incendio. La parroquia fue derribada en 1869.


Fuente de Orfeo, tocando la lira.


Estaban terminando de encapuchar con terrones recién arrancados -todavía en la hierba las gotas de rocío matinal-, y cada pila de carbas y de tojo, bien cubierta, era una montañuela redonda y verde. Laertes levantaba doce cada temporada en aquel alivio cerca de la cumbre rocosa del Panerón, al abrigo del vendaval. El padre del buen carbón del monte es el viento del norte. Algunas pilas ardían ya lentamente, lanzando por el tiro una continua columna de humo negro. Todo el arte del carbonero en el monte...(Pág. 9)


 
 Plaza de Santa Cruz

 

Barrendero madrileño, 1960.
Obra de Félix Hernándo García
Plaza de Jacinto Benavente
 
 El modelo Jesús Moreno con el uniforme del gremio en los años 60, era el barrendero más veterano del Servicio Municipal de Limpieza de Madrid.



(...) Laertes se reía, pero retrocedía un paso, y en el fondo de su corazón temía que su enorme sombra pisase la breve y fina de Euriclea, semejante a la sombra de una rama de almendro que menease la brisa vespertina. Euriclea, por toda caricia, cuando Laertes se levantaba para irse, a la hora de entre lusco y fusco, sin dejar de hilar, con el dorso de la mano que sostenía el huso le tocaba la barbada mejilla. 
-Puedes pedirme en matrimonio- le dijo una tarde cualquiera...(Pág. 10)

 
Plaza de Jacinto Benavente
Cruceiro



Onde hai un cruceiro houbo sempre un pecado,
e cada cruceiro é unha oración de pedra
que fixo baixar un perdón do ceo, polo arrepen-
timento de quen o pagóu e polo gran sentimirnto 
de quen o fixo.
                              Castelao



Autor: Álvaro Cunqueiro
Título: Las mocedades de Ulises

Ediciones Destino
Nº de Páginas: 308








Para aprender y disfrutar, dedicate tu tiempo. Sin prisa, sin pausa.




El cabalgador
Emilia Pardo Bazán

En las cercanías de Toledo, donde prados verdes y grupos de arbustos floridos recuerdan pasajes de novelas pastoriles, hay un huerto con su pozo y noria de traza árabe, y en el huerto un rincón poblado de clavellinas rojas, plantadas en desorden. Dueño de este huerto ha venido a ser mi amigo el pintor Herrera, que cree descender de los antiguos propietarios, unos Herrera hidalgos como el que más, si bien pobres. Después de la reconquista, los Herrera vegetaban en el ocio, y al cabo pasaron a Indias, donde se perdió su huella. Ignoro porqué mi amigo sostiene que es de esos Herrera, y la casa, de la cual hace siglos ni queda rastro, su solar.
 De todos modos, Herrera el paisajista construyó al margen del huerto un sencillo edificio cuadrado -tiene el buen gusto de ser enemigo de chalet y cottages-, al cual adosó una torrecilla mudéjar, hecha con restos de otra auténtica. Ello tiene un aire muy toledano y un tanto artístico, y Herrera vive allí dos o tres meses primaverales, con un hortelano y una vieja criada.
 Entusiasta de los recuerdos de aquel pedazo de tierra, me ha referido mil veces que el huerto se llamó del "Cabalgador", lamentando no saber por qué...Y no me extrañó recibir un díaun telegrama suyo: "Averiguada leyenda huerto, deseo contártela".
 Tomé el tren y acudí, ¡porque un capricho..., es lo más sagrado! Despachamos una ligera merienda y salimos al huerto. el artista me llevó hacia el rincón donde florecían las clavellinas, y nos sentamos en un banco de piedra dorada y gastada; la hora de las revelaciones había llegado...Era una de esas tardes de luz rubia y como esmaltada de tonos rosados y ardientes, que sólo existen en Toledo y, más irisados, en Venecia. Las clavellinas, al rayo solar que moría, eran gotas vivas de fresca sangre.
 Herrera después de mirar alrededor un momento, me dijo lentamente, saboreando el cuento de otros días:
 -No sabes lo que yo he revuelto, para averiguar por qué se llama este huerto del "Cabalgador"...Ante todo, ¿qué era un cabalgador? Por lo visto daban en Castilla ese nombre a ciertos guerrilleros, ocasionales y libres, no afiliados a mesnada ni a pendón, que cunado les venía en gana montaban a caballo y se metían por tierra de moros...Emilia Pardo Bazán Cuentos. Editorial Lumen.







   


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