jueves, 16 de octubre de 2014

Carlos V, el César y el Hombre. Manuel Fernández Álvarez (1921- 2010)


Puerta del Sol. Madrid


El 21 de septiembre de 1558 moría en un apartado lugar de España, en una casita en medio de un boscaje y adosada a un convento, a 10 kilómetros de la aldea más cercana -que era la de Cuacos, en la Vera de Plasencia- un hombre, , más que un viejo envejecido; no demasiado viejo, en verdad, pues había nacido con el siglo. Su nombre, Carlos, y su linaje el más alto, pues era nieto de un emperador reinante y él mismo lo había sido durante 36 años.
En el mundo, en la agitada vida política del Quinientos, se le conocía como Carlos V.Y el lugar donde había ido a morir, aquel rincón perdido en un recodo de la Vera de Plasencia, se llamaba Yuste.

¿Qué había ocurrido para que quien había sido el emperador de la Cristiandad, el señor de los Países Bajos, archiduque de Austria, rey de Nápoles, Sicilia y Cerdeña y, sobre, Hispanarium Rex, así como de las Indias Occidentales, desde las altiplanicies mejicanas -aquella nueva España conquistada por Hernán Cortés-, hasta las cumbres andinas de los antiguos incas, dejara el poder? Tanto poder acumulado año tras año, tantas victorias -Pavía, Túnez, Mühlberg, en el viejo continente-, tantos avances y tantas conquistas más allá de los mares, desplegados por sus nautas y conquistadores -Magallanes y Elcano, Hernán Cortés y Pizarro, Jiménez de Quesada, el hombre de Bogotá, y Pedro de Valdivia, el hombre de Chile-, tantos triunfos sobre sus enemigos y rivales -Solimán el Magnífico o Barbarroja, Francisco I de Francia o el mismo Clemente VII de Roma-, ¿Iban a quedar en nada?

¿Qué había pasado?¿Quién era, en definitiva, aquel hombre?¿Dónde habían quedado tantas ilusiones del que un día afirmó en el seno familiar que él y no otro, él que era el mayor y no su hermano Fernando, tenía que ser él candidato a la corona imperial?

¿Cómo se había gastado su vida? ¿Qué tiempos eran aquellos?
Era una época fascinante, como pocas se han vivido en la historia de la humanidad. La época en que por primera vez se da la vuelta al mundo, dando un paso de gigante en el conocimiento de la Tierra. La primera vez que se surcaba, de Oriente a Occidente, el inmenso Océano Pacífico, en aquellas minúsculas naves de 400 ó 500 toneladas.
 

Calle de la Montera. Madrid


Un tiempo, una época, unos años de grandes estudiosos, de hombres llenos de sabiduría, entregados con afán, día y noche, al estudio de los libros y a especular con la pluma y con la palabra para hacer a los hombres más prudentes, más cultos y, en definitiva, más humanos; como si dejéramos, mejores cristianos. Eran los tiempos del holandés Erasmo de Rotterdam, del inglés Thomas More, de los españoles Luis Vives y Alfonso de Valdés.

Y estaban los hombres de ciencia, cuando Paracelso indagaba sobre si la naturaleza humana no era más que un complejo de reacciones químicas, cuando Vesalio -su libro De humani corporis fabrica es de 1543- probaba de una vez por todas cuál era la anatomía del hombre, y cuando un polaco, de nombre Copérnico, lanzaba su mirada a los cielos y se preguntaba,, ante el asombro -o el escándalo- de casi todos, si la Tierra, en verdad, era el centro del Universo.

Y cosa notable: cuando tal hace, cuando escribe sobre esa increíble teoría u publica su libro De revolutionibus orbium coelestium, es precisamente en 1543.

Estaban también, los grandes creadores de las letras y de las artes. Thomas More publica su Utopía en 1516; Maquiavelo, El Príncipe, en 1517; Rabelais, con su desbordante amor a la vida, su Gargantúa y Pantagruel entre 1532 y 1552, y Garcilaso -el divino Garcilaso- despliega su lírica prodigiosa entre 1520 y 1536.


Casa de Diego. 
Tienda de abanicos y paraguas. 
Puerta del Sol, 12


Pero sobre todo es la época de los grandes artistas. La época en la que crean su obra algunos de los más grandes arquitectos, escultores y pintores, la época en la que el renacimiento en Italia -pero también en el resto de la Europa occidental, que ahí están Holbein, Durero y Pedro Berruguete- maravillan con sus obras maestras. Miguel Ángel pinta la Capilla Sixtina ¡a lo largo de 33 años!, entre 1508 y 1541, hace su impresionante Pietá en 1499 (instalada en la basílica de San Pedro hacia 1517, su David, de Florencia, en 1503; su Moisés, en 1545. trabaja en la cúpula de San Pedro y remodela en 1536 -precisamente en honor de Carlos V cuya visita a Roma se anuncia para ese año-, la Plaza del Campidoglio.

Miguel Ángel es la cumbre, es el titán que destaca en todo: en arquitectura como en urbanística, es escultura como en pintura; incluso en poesía. Más no es el único. Ahí están, en la misma Italia, un poco antes o un poco después. pero haciendo también o mejor de su obra en el quinientos, Leonardo da Vinci -el protegido en su vejez de Francisco I, el rival de Carlos V- y Rafael, Correggio y el Veronés.

Y alguien más. Alguien al cual unimos desde entonces el nombre de Carlos V. Porque lo que sabemos del César, lo que magnificamos del César, lo que recordamos del César se debe,en gran medida, a la imagen que de él nos dio otro gran artista italiano, uno de los mejores de todos los tiempos, que esa fortuna tuvo Carlos V: el haber encontrado al artista capaz de inmortalizar su figura: Tiziano...(Pág. 16)



Autor: Manuel Fernández Álvarez
Título: Carlos V, el César y el Hombre

Diseño de cubierta: Tasmanias
Editorial Espasa Calpe, S.A.

Fundación Academia Europea de Yuste
Nº de Páginas: 887





Paseo de Estatuas del Buen Retiro

Carlos V (1500 - 1558)






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