lunes, 28 de julio de 2014

El Greco y la Pintura Moderna.


Taquillas del Museo del Prado
Puerta de Goya


Exposición: Edificio Jerónimos
Salas A y B, Planta Baja

 
El Greco
La visión de san Juan, h. 1608-22
New York, The Metropolitan Museum of Art
Rogers Fund.1956



Poco apreciado  hasta el siglo XIX, el Greco comenzó entonces a convertirse en una referencia para los artistas modernos. La Galería Española de Luis Felipe de Orleans, que incluía nueve obras del Greco, en el Museo del Lovre de París, difundió internacionalmente entre 1838 y 1849 su pintura. Pero fue el Museo del Prado, que conserva el conjunto de mayor calidad de pinturas del Greco, la referencia mayor, junto con los templos toledanos, para los artistas interesados por el pintor. Allí se organizó, en 1902, su primera exposición monográfica. A partir de esa fecha, los coleccionistas y museos norteamericanos se hicieron con un número importante de sus obras y sancionaron la universalidad de su difusión.


El Greco (1541 - 1614)
Laocoonte, h. 1610-14
Washington, D.C. National Gallery of Art.
Samuel H. Kress Collection



El Greco fue muy estimado por destacados artistas españoles, como Mariano Fortuny, Santiago Rusiñol, Joaquín Sorolla y, sobretodo Ignacio Zuloaga, que adquirió varias obras suyas. La influencia ejercida por el Greco resultó decisiva en la línea central de la renovación de la pintura, a partir de Édouard Manet, que viajó en 1865 a Madrid y Toledo, Paul Cézanne y Pablo Picasso, para quién fue el maestro antiguo más influyente desde sus inicios hasta su obra final. En el origen mismo del cubismo, al pintar Las señoritas de Aviñón, tuvo muy presente La visión de San Juan, cuadro que había adquirido en 1905 Zuloaga en cuyo estudio lo vio. En la órbita de Picasso, el Greco influyó a André Derain, Amedeo Modigliani, Robert Delaunay, los cubistas checos y Diego Rivera.


El Greco (1541 - 1614)
La visión de San Juan, h. 1608-22
New York. Metropolitan Museum of Art.
Rogers Fund, 1956


Pablo Picasso (1881 - 1973)
Evocación. El entierro de Casagemas, 1901
París. Musée de la Ville de París
Fotografía: Sonia Aguilera


 Diego Rivera (1886 - 1957)
Adoración de la Virgen y el niño, 1913
Pintura encaústica sobre lienzo 150 X 120 cm
Colección Mª Rodríguez de Reyero


Al propio tiempo el Greco fue la gran referencia para los expresionismos centroeuropeos, a través de la presencia en Munich del Laocoonte y de la versión del Expolio que adquirió la Pinacoteca de aquella ciudad. La difusión del Viaje por España del crítico Julius Meier-Graefe,, apasionado por el Greco, fue también importante. Así, artistas como los austriacos Oskar Kokoschka y Egon Schiele, los alemanes Max Beckmann, August Macke, Karl Hofer y Jakob Steinhardt, y el holandés Adriaen Korteweg, hallaron en el Greco una inspiración para expresar su profunda inquietud espiritual en los años anteriores a la Gran Guerra.


El Greco
La dama del armiño, ¿1577-79?
Pollok House. Glasgow


Otros artistas de origen judío, como Marc Chagall Soutine y David Bomberg, atraídos por el Greco, recibieron su influencia en sus pinturas, fundamentalmente expresivas. Algunos surrealistas como André Masson y Oscar Domínguez persiguieron sus huellas y vieron en sus obras un estímulo para desencadenar la energía transformadora de su propio arte. También los artistas americanos apreciaron la sugestión de su pintura al buscar el fundamento de su propia modernidad. Fue el caso de los muralistas mexicanos, como José Clemente Orozco, el chileno Roberto Matta en el umbral de la abstracción y los norteamericanos Thomas Hart Benton y Jackson Pollock, entre muchos otros. A Pollock, especialmente, fue el maestro antiguo que más le obsesionó, como muestran sus numerosas copias y la intensidad de sus pinturas inmediatamente anteriores a la abstracción.


El Greco
San Martín y el mendigo (1597 - 1599)
Washington. National Gallery of Art
Colección Widener



Aun después de la Segunda Guerra Mundial, la expresión angustiada de las pinturas de Alberto Giacometti, Francis Bacon y Antonio Saura se inspiró en las imágenes pictóricas del Greco. Y el gran demiurgo del siglo XX, Pablo Picasso, cercano ya a su muerte a finales de los años sesenta volvió, a su serie de Mosqueteros , a evocar al Caballero de la mano en el pecho para subvertir la imagen por excelencia de gravedad española.

 
 Ignacio Zuloaga
Mis amigos, 1920 - 1932
Lienzo, 237 X 292 cm.
Zumaya. Z, Espacio Cultural Ignacio Zuloaga


La exposición manifiesta, en su mismo montaje, el valor de referencia de las grandes obras del Greco, que presiden cada uno de sus ámbitos principales. Así ofrece, en su transcurso un conjunto muy relevante de las obras del artista. En torno a ellas se reúnen las obras de los más destacados pintores modernos que se inspiraron en él, en una muestra que revela la extensión y profundidad de su influencia.



En realidad, en el secreto del Greco hay dos secretos. Uno es el de su fama. Otro, el de su enigmática pintura. Los dos forman el secreto de su vida.
 
El Greco gozó, mientras viviera, de una reputación un tanto extraña. Parece seguro que no logró el gran triunfo oficial, el del Estado. Pero sería un error suponer, como se deduce de las versiones de muchos críticos, un tanto engreídos, que la popularidad actual de su obra, la que hace que sus lienzos se coticen a peso de oro, la que hace fluir a la multitud a las exposiciones de sus cuadros, sea un fenómeno reciente. Lo es en el mercado de la crítica artística y de las gentes cuitas. Pero la obra del Greco fue en España profundamente popular desde sus comienzos. Y al lado del fervor de la multitud, es evidente, también, que tuvo la admiración de los espíritus más finos de su tiempo; por lo menos, de algunos, de los solitarios, de los que vivían al margen al margen de la influencia oficial, que son, casi siempre los mejores.
 
En los años que El Greco vivió en Toledo, era aún la imperial ciudad un centro importante de la vida intelectual española. Había comenzado la decadencia material de la que fue antigua Corte, desde el traslado de los reyes a Madrid. Mas persistía un intenso fervor espiritual en esta urbe, que fue encrucijada insigne de las culturas orientales y europeas y, después, asiento de uno de los focos más puros del pensamiento y de la emoción españoles.
 
Ya por entonces, Garcilaso no hubiera podido llamar a Toledo "la más felice tierra de España". Estaban en declinación las ricas sederías que fueron orgullo de todos los mercados del mundo. De los cigarrales que rodean al Tajo, empezaban a desaparecer las moreras innúmeras que sirvieron de pasto al industrioso gusano; los famosos membrilleros, cuyo fruto llenó con su fama a toda Europa. Quedaban sólo los albaricoqueros, de lustre legendario, con sus frutos, de piel punteada, de carne dulce y amarga almendra, plantados allí por los árabes de Damasco, de donde el nombre de "damascos" con que pregonaron su origen oriental por todas las tierras españolas y por la de América. Y a su lado, los almendros árabes también, como el mazapán que con ellos se fabrica. En la ciudad misma se cerraban cada día, uno tras otro, talleres de tejedores, de curtidores, de grabadores de cuero, aquellos que hicieron competencia a los más famosos de Córdoba. Únicamente persistía lozana, sin eclipses en su reputación universal, la industria de los espaderos que templaban en el agua del Tajo el acero de aquellas hojas agudas, con las que soñaban los mejores capitanes de la tierra. Y con los espaderos, los orfebres, que embutían, como hoy, finas tiras de oro en el surco del hierro de sus joyas, allá en el fondo de los talleres oscuros, al son de las mazas alegres y de los escoplos sutiles....(Pág. 15) Tiempo viejo y tiempo nuevo, Gregorio Marañón.

El Greco en The Hispanic Society.

 
  

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