domingo, 15 de junio de 2014

Relato de un náufrago. G. García Márquez (1927-2014)



La historia de esta historia

El 28 de febrero de 1955 se conoció la noticia de que ocho miembros de la tripulación del destructor Caldas, de la marina de guerra de Colombia, habían caído al agua y desaparecido a causa de una tormenta en el mar Caribe. La nave viajaba desde Mobile, Estados Unidos, donde había sido sometida a reparaciones, hacia el puerto colombiano de Cartagena, a donde llegó sin retraso dos horas después de la tragedia. La búsqueda de los náufragos se inició de inmediato, con la colaboración de las fuerzas norteamericanas del Canal de Panamá, que hacen oficios de control militar y otras obras de caridad en el sur del Caribe. Al cabo de cuatro días se desistió de la búsqueda, y los marineros perdidos fueron declarados oficialmente muertos. Una semana más tarde, sin embargo, uno de ellos apareció moribundo en una playa desierta del norte de Colombia, después de permanecer diez días sin comer ni beber en una balsa a la deriva. Se llamaba Luis Alejandro Velasco. Este libro es la reconstrucción periodística de lo que él me contó, tal como fue publicada un mes después del desastre por el diario El Espectador de Bogotá.
 
Lo que no sabíamos ni el náufrago ni yo cuando tratábamos de reconstruir minuto a minuto su aventura, era que aquel rastreo agotador había de conducirnos a una nueva aventura que causó un cierto revuelo en el país, que a él le costó su gloria y su carrera y que a mí pudo costarme el pellejo.Colombia estaba entonces bajo la dictadura militar y folclórica del general Gustavo Rojas Pinilla, cuyas dos hazañas más memorables fueron una matanza de estudiantes en el centro de la capital cuando el ejército desbarató a balazos una manifestación pacífica, y el asesinato por la policía secreta de un número nunca establecido de taurinos dominicales, que abucheaban a la hija del dictador en la plaza de toros. La prensa estaba censurada...

               Gabriel García Márquez


 
 Barcas en Collioure, Francia


Capítulo IX

Comienza a cambiar el color del agua

Con el remo roto, desesperado por la furia, seguí golpeando el agua. Tenía necesidad de vengarme de los tiburones que me habían arrebatado de las manos el único alimento de que disponía. Iban a ser las cinco de la tarde de mi séptimo día en el mar. Dentro de un momento vendrían los tiburones en masa. Yo me sentía...



Collioure, estudio de Matisse, 1905


Capulo XIV

Mi heroísmo consistió en no dejarme morir


...Yo no hice ningún esfuerzo por ser un héroe. Todos mis esfuerzos fueron por salvarme. Pero como la salvación vino envuelta en una aureola, premiada con el título de héroe como un bombón con sorpresa, no me quedaba otro recurso que soportar la salvación, como había venido, con heroísmo y todo...


   Collioure, Matisse (1869 - 1954)
 




Autor: Gabriel García Márquez
Título: Relato de un náufrago 

Tusquest Editores S.A.
Nº Páginas: 88




Matisse.




Notas de un pintor
 
Para mí la expresividad no reside en la pasión que está a punto de estallar en un rostro o que se afirmará por un movimiento violento. Se encuentra, por el contrario, en toda la distribución del cuadro; el lugar que ocupan los cuerpos, los vacíos a su alrededor, las proporciones, todo tiene un papel propio a representar. La composición no es más que el arte de disponer de manera decorativa los diversos elementos con los que un pintor cuenta para expresar sus sentimientos. 
En un cuadro cada elemento ha de estar a la vista y representar el papel que le corresponda, ya sea principal o secundario. Aquello que no tenga una utilidad concreta dentro del cuadro es, por esta misma razón molesto. Toda obra comporta una armonía de conjunto y cualquier detalle superfluo podría tomar en el espíritu del espectador el lugar de otro detalle esencial. Matisse
 

Matisse


Matisse


El color, finalmente, es suntuosidad y reclamo. El privilegio del artista reside precisamente en la capacidad de ennoblecer y embellecer el objeto más humilde. Matisse



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