sábado, 28 de junio de 2014

La colina de los chopos. Juan Ramón Jiménez



La colina de los chopos

(Madrid posible e imposible)

 

Puestas de sol en Rosales

(Compasión)


Los rostros fijos miran inmóviles contra la sierra -abierta enfrente, corrida por un lado, como un ondeaje de turquesa, entre los árboles primeros-; mates, deslumbrados del diverso esplendor - grana, morado, limón, rosa áureo, incoloro- del gran poniente, diario. A veces dos miradas brillantes se encuentran ladeadas y se clavetean largamente con sus ojos, en un nostáljico reconocimiento sentimental.
Y va bajando la hora. Una estrella grandota, solitaria y pura, que se nos atraganta, en la emoción, como la bola de cristal a la botella de gaseosa del puesto vecino, se enciende, verde, en la descolgada inmensidad sorda. El cenit, de un cárdeno azul desentonado y poderoso, cae, apretando, laminando, alejando más cada segundo el ocaso, que no se acaba nunca, tras el ondulado horizonte de redondos pinos verdinegros.
Y entre la frescura, que ya viene siendo frío, de las profusas verduras cercanas, todos -parejas, hombres solos, viudas,- los que vinieron a consolarse, a aumentar, a compensar su corazón en dolor o en amor, van desfilando inadvertidos, lentos, cuesta abajo, cuesta arriba, a la derecha, a la izquierda, más apasionados, más solos, más solas, acrecentando gustosamente el amor y el dolor -revivido lo muerto, el corazón reencendido- por la puesta del sol cotidiano. J.R.Jiménez
                                                                                
 

El Parterre, de hierro

(Febrero)

(A. Manuel B. Cossío)   


Por dentro, el hierro de la sangre en saludable bienestar, que arde y pica al sol de la primavera que va a venir, nos hace con las entrañas como un parterre invisible, igual a éste que vemos gustosamente con los ojos encendidos.
Y dentro y fuera en fraternal cadena, todo hierro. Hierro el boj, con el brote en carne viva; los podados olmos, con sus muñones como de hierro forjado, contra los cedros y los cipreses de hierro; de hierro las hojas nuevas, moradas y negras, del evónimo circundante; las alcachofas de las fuentes, fruto de una pensativa mano de hierro; el olor mordiente, fresco y calentón, de todo el verdor perenne; de hierro la misma mariposa que anda, negra y roja, de hierro en hierro; de hierro la ilusión de una hermosura perdurable.
...La una, de dulce hierro, en las torres vecinas. Amartillada, radiante soledad absoluta. Se oyen claros, metálicos los cantos de los pájaros lejanos, y el agua abundante y retorcida, voluble brazo desnudo, que, como la sangre -sangría de fragua-, huele a hierro. Y el Parterre, trabajado en el yunque del sol herrero, vibra, chispea, exaltada su forma, con poca sombra, cortado rotundo, perdurable, como Madrid debió ser siempre, de hierro. Juan Ramón Jiménez

                                                                                                                          


El reló de la Plaza de la Villa

(A Ramón Gómez de la Serna)

¿Cómo sitúa a Madrid, en el crepúsculo nocturno, este reló amarillo, sordirrojo, contra el profundo cielo de poniente en cuyo día perdurable gotea, pura y libre, la estrella! ¡Aquí si que pesa por abajo la ciudad; que tiene más cimiento que cuerpo; que se ha arraigado en los subterráneos siglos!
De donde quiera que se viene a la Plaza de la Villa, se entra bien, como en un baño, en ella. -Y a estas horas de las siluetas, hora única de las ciudades mal mezcladas como Madrid, ya, gracias a Apolo, los bellos criados negros de la noche han arrollado, pateándolas, las ridículas alfombras del jardinero mayor, ese... Mago ¡Manuel Machado, por Dios vivo!
Sólo quedan, a la escasa luz artificial de estos tiempos pobres de guerra, la Plaza -no estas casas, la plaza en sí misma-, el ocaso, la estrella y el reló; el eterno reló, superviviente sobre aquel Madrid ancho, de los pisos, tendido, abierto al cielo grande, que pudo ser en una hora que pasó, que no sé -¡reló amarillo!- si sigue todavía semisiendo en tu hora presente, ni si, un día y del todo, será.

 


Entre 1914 y 1920 escribió Juan Ramón Jiménez este libro singularísimo, uno de los más líricos y fragantes libros de prosa salidos de su pluma. Posiblemente empezó a escribirlo cuando aún vivía en la Residencia de Estudiantes de la calle de Fortuny, antes de instalarse en la nueva Residencia del alto del Hipódromo.



Autor: Juan Ramón Jiménez
Título: La colina de los chopos

Selección, ordenación y prólogo: Francisco Garfia
Taurus Ediciones S.A.

Nº Páginas: 178







 

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