lunes, 19 de mayo de 2014

Poemas de amor. Miguel Hernández (1910 - 1942)



En tu angosto silbido...

En tu angosto silbido está tu quid,
y, cohete, te elevas y te abates;
de la arena, del sol con más quilates,
lógica consecuencia de la vid.
Por mi dicha, a mi madre, con tu ardid,
en humanos hiciste entrar combates.
Dame,, aunque se horroricen los gitanos,
veneno activo el más, de los manzanos.




 Mi corazón no puede con la carga

 Mi corazón no puede con la carga
de su amorosa y lóbrega tormenta
y hasta mi lengua eleva la sangrienta
especie clamorosa que lo embarga.

Ya es corazón mi lengua lenta y larga,
mi corazón ya es lengua larga y lenta...
¿Quieres contar sus penas? Anda y cuenta
los dulces granos de la arena amarga.

Mi corazón no puede más de triste:
con el flotante espectro de un ahogado
vuela en la sangre y se hunde sin apoyo.

Y ayer, dentro del tuyo, me escribiste
que de nostalgia tienes inclinado
medio cuerpo hacía mi, medio hacia el hoyo.


 




Me tiraste un limón, y tan amargo

me tiraste un limón, y tan amargo,
con una mano cálida y tan pura,
que no menoscabó su arquitectura
y probé su amargura, sin embargo.

Con el golpe amarillo, de un letargo
dulce pasó a una ansiosa calentura
mi sangre,  que sintió la mordedura
 de una punta de seno duro y largo.

Pero al mirarte y verte la sonrisa
que te produjo el limonado hecho,
a mi voraz malicia tan ajena,

se me durmió la sangre en la camisa,
y se volvió el poroso y áureo pecho
 una picuda y deslumbrante pena.
   





Una interior cadena de suspiros

Una interior cadena de suspiros
al cuello llevo crudamente echada,
y en cada ojo, en cada mano, en cada
labio dos riendas fuertes como tiros.

Cuando a la soledad de estos retiros
vengo a olvidar tu ausencia inolvidada,
por menos de un poquito, que es por nada,
vuelven mis pensamientos a sus giros.

Alrededor de ti, muerto de pena,
como pájaros negros los extiendo
y en tu memoria pacen poco a poco.

Y angustiado desato la cadena,
y la voz de las riendas desoyendo,
por el campo del llanto me desboco.


 



Tengo estos huesos hechos a las penas

Tengo estos huesos hechos a las penas
y a las cavilaciones estas sienes:
pena que vas, cavilación que vienes
como el mar de la playa a las arenas.

Como el mar de la playa a las arenas,
voy en este naufragio de vaivenes,
por una noche oscura de sartenes
redondas, pobres, tristes y morenas.

Nadie me salvará de este naufragio
si no es tu amor, la tabla que procuro,
si no es tu voz, el norte que pretendo.

Eludiendo por eso el mal presagio
de que ni en ti siquiera habré seguro,
voy entre pena y pena sonriendo.
   

 



Por desplumar arcángeles glaciales

Por desplumar arcángeles glaciales,
la nevada lilial de esbeltos dientes
es condenada al llanto de las fuentes
y al desconsuelo de los manantiales.

Por difundir su alma en los metales,
por dar el fuego al hierro sus orientes,
al dolor de los yunques inclementes
lo arrastran los herreros torrenciales.

Al doloroso trato de la espina,
al fatal desaliento de la rosa
y a la acción corrosiva de la muerte

arrojado me veo, y tanta ruina
no es por otra desgracia ni otra cosa
que por quererte y sólo por quererte.






¿Qué quiere el viento?

¿Qué quiere el viento de enero
que baja por el barranco
y violenta las ventanas
mientras te visto de abrazos?

Derribarnos. Arrastrarnos

Derribadas, arrastradas
las dos sangres se alejaron.
¿Qué sigue queriendo el viento
cada vez más enconado?

Separarnos.                        
 




Tristes guerras

Tristes guerras
si no es amor la empresa.
Tristes, tristes.

Tristes armas
si no son las palabras.
Tristes, tristes.

Tristes hombres
si no mueren de amores.
Tristes, tristes.


 



Llegó tan hondo el beso

Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

El beso trajo un brío
que arrebató la boca de los vivos.

El hondo beso grande
sintió breves los labios al ahondarse.

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos.


Con tres heridas viene:
la de la vida,
la del amor,
la de la muerte.

M.H 


Autor: Miguel Hernández

Título: Poemas de amor. Antología

Estudio y selección de notas: Leopoldo de Luis

Alianza Editorial. Ediciones Alfaguara

Nº Páginas: 152




La poesía de Miguel Hernández es una poesía radicalmente amorosa, una poesía que comulga con la naturaleza y conmovida por las hondas vetas de la pasión humana. Ni un solo poema hernandiano queda al margen del sentido amoroso: amor a la mujer, al hijo, al pueblo, a la amistad a la vida.
A los veinte años (1930) publica Miguel sus primeros versos en periódicos de Orihuela, su ciudad natal.
La condición campesina de Miguel Hernández le proporciona desde niño una relación directa con los sencillos milagros de la vida. Es una conciencia natural, sin malicia ni sobrecarga lúbrica. La semilla fecunda revienta en las ventallas. Los insectos colocan el pespunte, de sus amarillos óvulos. Se aparean las reses en el prado. Se crece el gallo sobre la pluma mansa del corral...L. de Luis

                                                                                                                                  


¡Adiós hermanos, camaradas, amigos:
despedidme del sol y de los trigos!


   

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