martes, 13 de mayo de 2014

Cosas. Los dos de siempre. Alfonso R. Castelao (1886 - 1950)




Cosas

Junto a la naturaleza

Estamos en el momento en que la tierra, para dormirse, comienza a dar la espalda a la luz, y el humo de las tejas, espeso y lechoso, se extiende por el fondo del valle. No es cosa del otro mundo describir lo que ven los ojos, que serán pasto de los de los gusanos; pero en el paisaje hay más cosas que ver, pues en aquel molino reidor dos enamorados se dan el primer beso y en aquel palacio del castaño seco aúllan los perros.
Desde el atrio de una iglesia vemos al valle fundido en la lluvia. El agua que cae lentamente desdibuja el humo azul contra las tejas brillantes de una casucha. Los caminos están cubiertos de barro y un vendedor de colchas pasa, caballero en su mula herrada. He aquí el cuadro de un pintor; pero aún hay más en el paisaje, pues tocan a muerto en el campanario de la iglesia, y el sonido tiene tanta amargura como si batiesen la campana con la misma cabeza del muerto, y no adivinamos en qué casa del lugar hay desgracia porque todas, todas, están tristes.
Noche de luna. Al lado de una encrucijada de leyenda un crucero tiene a su lado la mesa de piedra donde colocan a los muertos para echarles el responso; por entre los pinos se vislumbra la ría calma; la luna está colgada de la rama de un pino. El pintor tiene que evocar algo más que una visión, pues en la mesa de piedra del crucero esta misma tarde colocaron el cuerpo muerto de un mozo que vino del servicio; por aquel camino estrecho va un estudiante de cura pensando en la moza de saya roja que le robó la vocación. Y a lo lejos cantan un alalá...

 


Camino olvidado

Camino olvidado que no va a ninguna parte. Un camino cubierto de piedra, invadido por zarzas enmarañadas y de ortigas montaraces, que se pierde en la boca oscura de un recodo.
Yo siempre preguntaba a mi abuela:
-¿A dónde irá ese camino viejo?
Y mi abuela me respondía con cierto misterio:
-No va a ninguna parte, hijo mío.
Aquella vereda vieja me atraía, y cuando me hice hombre me arriesgué a pasarla.
Y más allá del temible recodo me encontré con una aldea sin gente.
Casas de buena piedra, bodegas que recordaban prosperidad, vigas podridas, montones de tejas; todo ello amortajado con yedras, zarzas y laureles, y , por encima de aquella vegetación feraz, las hojas amarillas y coloradas de una viña sin fruto.
debajo de un castaño seco me senté a desgranar sentimientos que aún hoy están allí esperando.
Cuando volví a casa escuché de labios de mi abuela la historia de aquella aldea olvidada.
-Fue que los del lugar robaron a mano armada el monasterio de Armenteira.
En espera del momento de repartir el botín, el capitán lo enterró en sitio sagrado, pero al siguiente día el capitán apareció muerto en su lecho y nunca más se supo del tesoro.
desde aquel día todo fueron desgracias...Morían las yuntas de bueyes, se malograban los frutos, los chiquillos morían  misteriosamente, se secaban las fuentes. Para que el mal hado huyera, pusieron muchos cruceros.
Pero no valió nada. Al final se supo todo, y aún hoy el lugar es evitado por las gentes de bien.




En la cueva de los contrabandistas

En la cueva de los contrabandistas vive -según cuentan- una mujer encantada que va a peinarse por la mañana temprano a unas piedras que están cerca del mar. Yo solía ir por allí a matar el tiempo en aquella fastidiosa soledad, esperando que cualquier día apareciese ante mis ojos la hermosura que tantos marineros habían llegado a ver. Y, a la espera de la mujer encantada, pase días y días sentado en la misma piedra.
Fui olvidándome del encantamiento y me acostumbré a la soledad tremenda y al ruido de las olas del mar. Aún llevo en los oídos el ruido de las olas que se estrellaban contra las piedras y el eco que provocaban en la cueva de los contrabandistas.
Mis ojos pocas veces se entretenían en la lejanía; se fijaban más en el fondo de las aguas, donde podía verse el mundo que creó mitos en la mente popular.
No sé porqué, pero siempre detenía mi mirada en una piedra redonda como un cráneo, cubierta por algas verdes. Y mis visitas ya no tenían otro objeto que contemplar la piedra redonda.
Un día de marea viva, tanto bajó el mar que la piedra emergió de las aguas...






Parecido a un fraile de madera

Parecido a un fraile de madera mal pintada, tenía una nariz colorada, de carnaval, y una calva desvaída, de muerto reseco, y no sabía uno por donde empezar para reírse de su fealdad. Sin pizca de formalidad, como las campanas que tocan a fiesta y después a muerto. Tan aficionado a beber que siendo pequeño se bebió todo el aguardiente de un feto, que además era tío suyo y lo dejó seco. Para ganar la vida llegó a ladrar como un perro en el tiempo de la vendimia.
Pero cierta vez se encontró con una mujer en un camino de romería. La mujer iba de promesa, con un farol en la mano. Le habló, la enamoró y se casaron enseguida.
Ella es una enanita que  gana dinero en los mercados vendiendo ropa vieja. El se ha hecho borracho de solemnidad. Los dos juntos son el blanco de las burlas de todo el pueblo, los domingos y días de guardar.
Conviene decir que tuvieron un hijo tan fuerte de cuerpo y alma, tan diferente de sus padres, que parecía un niño robado. El niño creció, se hizo hombre de provecho y se marchó para fuera.
El padre anda diciendo por ahí:
-No vuelve porque como la madre es así...
Y la madre dice:
-No vuelve porque como el padre es así...
Pero yo sé que no vuelve porque todavía no es lo suficientemente rico como para matar las risas de los que se burlan de sus padres, porque con dinero se puede llegar a excelentísimo señor, como ya ha pasado y seguirá pasando.




Autor: Alfonso R. Castelao

Título original: Cousas; Os dous de sempre

Traducción del gallego: Alberto Mínguez

 

Dibujos: Castelao

Ilustración de la cubierta: Castelao

Editorial: Alianza Editorial

Nº Páginas: 264


Donde hay un crucero

Castelao escritor, pintor, médico y dibujante.




 Alfonso Daniel Manuel Rodríguez Castelao
( 1886 - 1950)


Alfonso R. Castelao (1886 - 1950) nació en Rianxo, y marchó a la emigración de niño. En 1900 regresó a España y se doctoró en medicina; pero posteriormente dejó esta profesión para dedicarse a la caricatura y el periodismo. Uno de los padres del nacionalismo gallego, elegido diputado a las Cortes Constituyentes de 1931, abandonó España finalizada la guerra civil y se trasladó a Buenos Aires, donde residió hasta su muerte.
La combinación del dibujo y de la narración es uno de los elementos más originales de la obra de Castelao: la fórmula está ya claramente perfilada en Cosas, publicado entre los años 1926 y 1929. El libro va dirigido a un público heterogéneo, y el lenguaje y la expresión literaria son intencionadamente sencillos. Todos los escritos de Castelao tienen esta gran virtud, igualmente patente en Los dos de siempre, novela corta editada en 1934.



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