martes, 3 de diciembre de 2013

Wilde en España. Sergio Constán.



La presencia de Óscar Wilde
en la literatura española (1882-1936)


 (...)Oscar Wilde (1854-1900) había hecho por mí -mucho- en los remotos días de mi adolescencia. De modo tal que su influencia es indudable en mi persona pero no en mis escritos.
¿Quiere decir eso que yo, como él dijo probablemente sin convicción excesiva, también creo que puso su talento en su vida y sólo su inteligencia en su obra? No, su obra es magnífica y emblematiza como un icono todo el "fin de siécle". Es verdad lo que dice Borges, quien por una vez queda corto: "Dio a su tiempo lo que su tiempo pedía:comédies larmoyantes para los más y arabescos verbales para los menos". Sí, pero mucho más, y además -que no es poco- con belleza, con ingenio y con tragedia. Por cierto, asimismo, es verdad que terminó siendo "el primer mártir gay" bien documentado, pero tampoco sólo ello le cumple. Oscar Wilde fue -y es- rotundamente el gran personaje del simbolismo "entresiglos". (...)
 



Recordaré, acabando, lo que Jacinto Benavente, con admirable pluma, comentaba en sus inacabadas y póstumas memorias Recuerdos y olvidos. Decía el comediógrafo Premio Nobel que en sus primeras comedias los críticos nunca olvidaban citar supuestos parentescos con Wilde, a lo que replica chispeante don Jacinto: "¡Ah, pillines!". Bueno quedaba dicho.
 
                                                        Luis Antonio de Villena 
  




Por el furor del escándalo o por la excelencia de una verdadera creación artística; por la propaganda efectiva del dandi o por la impostura del genio; por frivolidad o por fatum: no sabremos nunca la causa exacta, pero Oscar Wilde zarandeó dos siglos con la fuerza de un vendaval nunca antes conocido Y los efectos de su paso pudieron apreciarse también en España.

Tal es la razón de este libro, su insaciable apetencia indagadora: saber cómo fue recibida la obra y la figura del controvertido esteta en nuestras fronteras: qué huellas dejó, qué alientos provocó; cuáles y cómo fueron, entre tanto humo de inmoralidad acompañando siempre al hombre, los desvelos patrios de unos y los alineamientos "modernistas" (¡oh, aquella palabra que tan terrible hostilidad sufrió!) de otros; por encima del tamiz sociológico, tan revelador y definidor de culturas siempre, lo puramente literario: qué aprendieron del teatro de Wilde nuestros dramaturgos; qué ejercicios líricos inspiró aquel autor o aquella obra en nuestros poetas; qué nuevos doriangrays pergeñaron acaso nuestros novelistas.













No hay comentarios:

Publicar un comentario