sábado, 2 de noviembre de 2013

"Libro de Jaikus" Poesía. Jack Kerouac (1922 - 1969)



Brisa fría -tal vez
un mero titubeo
Que todo lo echará a perder
 
 

No hay telegramas hoy
-Sólo más
Hojas que caen
 
 

¡Mira como cantan los pájaros!
¡Todos esos pajarillos
Qué morirán! 
 


Escuchar cómo los pájaros usan
voces diferentes, perder
Mi perspectiva de la Historia  







Los primeros monasterios budistas japoneses se construyeron en grandes extensiones de terreno y cultivar la tierra que los rodeaba fue importante desde aquellos primeros momentos. Nacían así unos jardines que armonizaban con las enseñanzas budistas, en un intento por captar la belleza esencial del paisaje natural, poniendo todo el esfuerzo en no alterar su perfecta simplicidad.
Cuando la disciplina Zen se introdujo en Japón entre los siglos XII y XIII, la simplicidad se llevó a limites que hoy resultarían difíciles de entender. Rocas, musgo y unos dibujos rastrillados en la arena fueron los únicos elementos de estos espacios de armonía y recogimiento. La esencia era lo único importante: despertar en el observador el conocimiento de la verdad oculta que se encuentra más allá de la apariencia externa.
Es el caso de las hondas que se dibujaban cuidadosamente con la ayuda de un rastrillo alrededor de las rocas. Simbolizan el mar, pero también la capacidad que tiene el agua de sortear todos los obstáculos, por complicados que estos parezcan; pero yendo un poco más allá, representan la forma en la que la mente refleja la realidad, tal y como es, antes de distraerse y volar hacia otros pensamientos...Así, estos jardines se convierten en el lugar ideal para la meditación, más allá de ser un entorno agradable y lleno de armonía. Los monjes zen y todos aquellos que como ellos quieran calmar su mente encontrarán en estos remansos de paz el lugar ideal para meditar.




Un camino de aprendizaje interior. El jardín zen que rodea a los monasterios es una ayuda para el aprendizaje interior, un camino hacia las verdades inmutables. En cada curva se busca la armonía recreando de la forma más sencilla que existe, las infinitas caras que puede mostrar la naturaleza. Así, es necesario aprender a disfrutar al máximo de estos paisajes desde un punto de vista muy espiritual. Las rocas, su estructura, sus relieves naturales, guardan una belleza que en occidente suele pasar desapercibida. También los árboles, su reflejo en las aguas tranquilas de los estanques o los puentes...



Karesansui: la esencia

Arena poco profunda, graba, rocas, algo de musgo, hierba y otros elementos naturales conforman un jardín japonés perfecto para la meditación. nos tenemos que remontar al período Muromachi (1336 - 1573) para encontrar las bases de esta disciplina que se fundamenta sobre dos pilares básicos: la simplicidad elegante (yugen) y la belleza del vacío (yohaku nobi), que hereda directamente esta pasión por el vacío del Taoísmo y que queda reflejada en un ejemplo mil veces descrito: un vaso no es una pieza de cristal sino el vacío que este deja en su interior. Tras esta primera época surgieron algunas variaciones que permitían transformar la naturaleza tallando piedras y recortando árboles.
Para los expertos, el mejor ejemplo de esta disciplina se encuentra en el templo de Ryoan-ji, en Kyoto, cuyo jardín de roca fue creado en pleno siglo XV. Ningún visitante de este templo puede evitar sentirse en calma al pasear por uno de los jardines más bellos del planeta.



Las ondas de arena trazadas una y otra vez con la ayuda de un rastrillo de madera simbolizan la transformación, la falta de permanencia de todo cuanto nos rodea, pero además, plasman los movimientos de la mente de quienes las diseñan. Estos jardines rechazan el diseño y la excesiva elaboración, centrándose en la verdad ultima, representada, entre otros elementos, por arena o las piedras que hay bajo nuestros pies.



Adiós al estrés paz, tranquilidad, bienestar...Las promesas de estos jardines son muchas y quienes disfrutan de ellos aseguran que se cumplen todas. Respirar profundamente al tiempo que con el rastrillo se improvisan nuevos círculos que varían la estructura de nuestro jardín, pasear por él, o simplemente contemplarlo embelesados mientras dejamos volar nuestros pensamientos o los concentramos en un intento de meditación con sólo algunos de sus "usos". Pero es que también la creatividad de cada uno se verá recompensada, enriquecida, con la visión de un jardín zen, que además nos proporcionará momentos de evasión al final del día y cada vez que decidamos mimarlo o reinventarlo.




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