viernes, 1 de noviembre de 2013

El Voto de las Mujeres en España







La lucha de las mujeres por el voto

Los ilustrados del siglo XVIII abrieron el debate sobre la inferioridad física, intelectual y moral de la mujer. No tuvieron gran eco de inmediato, pero sus ideas alumbraran el movimiento feminista que nace en Inglaterra y Estados Unidos a mediados del siglo XIX. 

Las mujeres reclamaban su derecho a un trabajo y a una educación; la igualdad jurídica y el reconocimiento del voto. Será la demanda de sufragio la que centre la lucha del primer feminismo. Por ello se le denomina, también, sufragismo. 

Hasta 1914 las asociaciones sufragistas se expanden. La mayoría social, sin embargo, seguía considerando a sus militantes mujeres frustadas, resentidas y revanchistas.

Las fuertes resistencias a reconocer los derechos políticos femeninos conducen a radicalizar la lucha. Con la nueva centuria, a las moderadas "suffrageists" se unen las militantes "suffragettes", decididas a defender sus reivindicaciones con todos los medios a su alcance.

Por estas mismas fechas, el movimiento sufragista empieza a relacionar la liberación de la mujer con un cambio social profundo. Era la línea mantenida por socialismo y anarquismo, aunque sus lideres consideraban el feminismo un movimiento pequeño burgués y reformista.

La Primera Guerra Mundial supuso una inflexión importante. La labor de las mujeres en la retaguardia fue decisiva para que se les reconociera el voto. Tras la Paz de Versalles, el sufragio femenino se considerará barómetro del grado de democracia de un estado.




La mujer española entre la tradición y el cambio (1877 - 1936)

España experimenta entre 1877 y 1936 importantes transformaciones económicas y sociales. El capitalismo se asienta; las clases medias buscan mayor protagonismo y el proletariado consolida una ideología, unos partidos y unos sindicatos de clase. También en la situación de la mujer se producen cambios, similares a los ocurridos en otros países industrializados.

La vida de las españolas se moverá entre la tradición y el cambio. Así lo demuestran los rasgos que definen su presencia en el trabajo y la educación, su puesto en la familia y la sociedad.

Laboralmente, aumentan las obreras industriales y las empleadas cualificadas de los servicios. Sin embargo, el servicio doméstico es la ocupación más numerosa y las discriminaciones que soportan las trabajadoras a penas son paliadas por las leyes del gobierno y la lucha sindical.

En el ámbito educativo, el objetivo es conseguir una enseñanza igual en grados y contenidos para ambos sexos. Las jóvenes acceden al bachillerato, la universidad e incluso, un número creciente amplia estudios en el extranjero becadas por la Junta de Ampliación de Estudios.

desde el punto de vista social, el acceso al trabajo y la educación, junto con el incipiente descenso de la natalidad, avivan el debate sobre los objetivos vitales de la mujer y perfilan un renovado ideal femenino. Todo parece conducir a una mujer más culta, capaz de cubrir sus necesidades materiales y dispuesta a defender las parcelas de libertad que va conquistando poco a poco. Esa mujer es la que integrará las filas de nuestro primer feminismo.



Feminismo y Voto

El feminismo era rechazado con fuerza en España a finales del siglo XIX. Se publicaba sobre él. Algunas mujeres y hombres lo defendían. Pero la mayoría social lo consideraba una inspiración satánica que degradaba a las mujeres y terminaba con la sociedad. Sus defensoras, verdaderos marimachos, feas y desgreñadas.

los cambios sociales e ideológicos de comienzos del novecientos y la creciente influencia exterior harán que se constituya nuestro primer movimiento feminista. En su seno, encontraremos todas las tendencias. La católica, que acuña el concepto de "feminismo aceptable". Las asociaciones estrictamente feministas, con un matiz moderado y sin afiliación política concreta. Por la izquierda, aparecerán pronto agrupaciones femeninas socialistas, mientras se retrasan hasta 1936 las anarquistas y comunistas. Tampoco faltarán grupos creados en el seno de ciertos partidos políticos, sobre todo durante la II República.

El feminismo español pone especial énfasis en acabar con las discriminaciones que sufría la mujer en Códigos. El derecho al sufragio se reivindica en los programas, pero no genera un apoyo similar al de los países anglosajones. Será la constitución de 1931 la que reconozca el voto femenino en situación de igualdad con el hombre y abra la puerta a la participación política de las españolas. Dos ocasiones tendrán de hacerlo antes de volverlo a perder . La primera en noviembre de 1933. La segunda, en febrero de 1936.



Pioneras en la política de la II República

La II República abre, por primera vez, el Parlamento y los altos cargos del Estado a la mujer.

La presencia femenina en la Cámara legislativa se inicia con el período constituyente. Habiéndose reconocido el derecho de ser elegidas a las españolas, en junio de 1931 las tres primeras diputadas llegaron a las Cortes: Clara Campoamor (radical), Victoria Kent (radical-socialista) y Margarita Nelken (socialista). Su labor fue notoria, sobre todo la de Campoamor.

Tras los comicios de 1933, el número de escaños femeninos aumentó. Aunque Clara y Victoria no renovaron su acta, Margarita se vio acompañada por María Lejárraga, Matilde de la Torre y Veneranda García-Blanco, socialistas, y por Francisca Bohigas (agraria dentro de la CEDA), la única diputada de la derecha en todo el período.

La tercera legislatura, iniciada en febrero de 1936, sólo cuenta con representantes de la izquierda. Las socialistas Nelken, Lejárraga y de la Torre, más Victoria Kent (Izquierda Republicana) y Dolores Ibárruri, comunista. la persona que más batalló por el derecho electoral de las mujeres, Clara Campoamor, no logró regresar a las tareas parlamentarias.

Respecto a la ocupación de altos cargos en la administración del Estado, Victoria Kent fue Directora General de Prisiones (1931 - 1934) y Clara Campoamor, Directora General de Beneficiencia (1933 - 1934). Iniciada la Guerra Civil, Federica Montseny será nombrada ministra de Sanidad, marcando un hito por mujer y anarquista.



De la Constitución de 1978 a la paridad

La Constitución española de 1978 establece la igualdad entre los sexos y prohíbe la discriminación en el matrimonio y el empleo. Garantiza la igualdad legal como requisito imprescindible de la convivencia democrática. Abre el camino hacia un futuro donde la igualdad real entre hombres y mujeres sea posible.

El Congreso constituyente de 1977 contó con un exiguo seis por ciento de mujeres: cifra duplicada en 1989 y casi quintuplicada en las elecciones de 2000. Tal logro refleja el esfuerzo de las mujeres por ejercer su plena ciudadanía al servicio de una sociedad mejor.

En este esfuerzo ha tenido especial protagonismo el movimiento feminista. Apareció públicamente en las I Jornadas de diciembre de 1975.













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