lunes, 21 de octubre de 2013

Plenilunio. Antonio Muñoz Molina


El Gigante
Francisco de Goya, 1814 - 1818
Grabado a la aguatinta bruñida



 Plenilunio                  

Los astros entorno a la hermosa luna
por detrás esconden su radiante imagen
cada vez que, llena, vivamente alumbra 
     la tierra como plata                           
                                                                                              Safo      



El brutal asesinato de una niña ha sembrado de inquietud y temor la vida mortecina de una ciudad de provincias. El asesino se ha ensañado con la pequeña, y se ha desvanecido. El inspector jefe de policía, trasladado recientemente desde el norte, se obsesiona con el crimen. Sabe que el psicópata sigue allí, paseándose por plazas y parques, sin rostro, anónimo y esquivo.

El inspector y el asesino..., tal cual, sin nombres, pero inconfundibles por los estragos que el tiempo y la biografía dibujan en sus miradas: cansina y nerviosa la del primero, la del que ha visto mucho -demasiado quizá-; o la tortura del psicópata, un espejo que devuelve el horror que provoca. Pero no son las únicas miradas de la novela.

También están los ojos de Fátima, la niña, grandes y rasgados en las fotos infantiles -petrificados en su agonía-; la mirada fatigada del padre Orduña, anciano jesuita que se aferra a convicciones y recuerdos; los ojos acerados de Ferreras, el forense volcado en su trabajo; otros ojos que han venido siguiendo al funcionario -como la lluvia, como sus miedos- desde el norte; y está la mirada miope de Susana, la maestra, en la que, pese a los desengaños, brilla un destello de esperanza que se resiste a claudicar.



Cada con su secreto escondido en el alma, royéndole el corazón, inaccesible siempre, no sólo para los desconocidos, sino para quienes están más cerca, los matrimonios que paseaban del brazo por las calles nocturnas, los hombres solos que conducen coches al salir del trabajo y aguardan con impaciencia a que cambie al verde el semáforo...

Con los adultos es distinto, quiero decir, con los muertos adultos. Uno ve los efectos de la edad, de las enfermedades o de los vicios, los pulmones negros, chorreando alquitrán, el hígado hinchado, uno se da cuenta y acepta que el destino de nuestra materia es la decadencia y la muerte. "El mecanismo ingenioso, pero los materiales muy mediocres"...



A lo que más le costaba acostumbrarse al inspector era a la ausencia del miedo. Había vivido y respirado el miedo durante demasiado tiempo, se lo había administrado a sí mismo como una vacuna, una dosis de veneno necesaria para lograr una cierta inmunidad, y ahora, cuando ya no lo necesitaba, el miedo seguía con él, siempre, una costumbre demasiado antigua para librarse de ella en días o semanas, en los pocos meses que llevaba lejos de Bilbao.
Repetía precauciones ahora inútiles, mirar a la calle nada más levantarse, desde la ventana del dormitorio, buscando una presencia inusual, un coche o una persona no familiares en el vecindario, memorizar matrículas, cambiar sus itinerarios entre la comisaría y la casa, volverse cada pocos pasos para comprobar que no era seguido, mirar debajo del coche antes de subir  a él...

En el garaje, con la ayuda de una linterna, estuvo revisando la parte inferior del coche, y luego los cables del sistema de encendido, las cerraduras, el espacio bajo el asiento del conductor. En la esquina de la calle había un coche montado sobre la acera que no recordaba haber visto antes: tomó nota de la marca y de la matrícula...



Cada una de las pocas cartas que le llegaban la abría acordándose de quienes pierden las manos o los ojos al desgarrar un sobre, al levantar el envoltorio de un paquete sin nada sospechoso. Preferible la muerte instantánea, no el horror de la ceguera, de las manos amputadas, de las sillas de ruedas y los siniestros aparatos ortopédicos: pero no, tampoco quería esa clase de muerte, si iban por él y no le era posible escapar prefería que lo mataran rápido, pero no tanto como para que él no llegara a saberlo, sin que de algún modo comprendiera y aceptara que iba a morir...



Pero fue el grito lo que le despertó de su ensimismamiento, y es probable que si no hubiera empezado ya a volverse y a intuir el peligro no habría llegado a saber lo que estaba a punto de ocurrirle, y tal vez habría muerto sin enterarse siquiera de que iba a morir: fue una diferencia de menos de un segundo, pero en ese tiempo cabe todo, en una fracción de tiempo tan infinitesimal que no la hubiera podido medir un cronómetro caben enteras la vida y la muerte, la riada última de la memoria y la explosión del olvido, el impacto de la bala que atraviesa la piel y quema la carne destrozada un hueso y para el corazón, el gesto de una mano que se alza sosteniendo una pistola hacia la altura de la nuca...






Antonio Muñoz Molina  nació en Úbeda, Jaén, en 1956. Tras licenciarse en Historia del Arte, empezó a publicar artículos en diarios locales, que reunió en dos volúmenes  El Robinson urbano  Diario del Nautilus.
En 1986 publicó su primera novela, Beatus Ille, galardonada con el premio Ícaro, a la que siguió en 1987, Un invierno en Lisboa, que supuso su consagración al recibir el premio Nacional de Literatura y el de la Crítica.

Poseedor de una prosa depurada y de un talento narrativo excepcional, Muñoz Molina ha venido publicando en 1988 salió a la luz Las otras vidas; en 1989, Beltenebros; en 1991, Córdoba de los Omeyas y El jinete polaco (premios Planeta y Nacional de Literatura) etc...

Es miembro de número de la real Academia de la Lengua Española desde 1995, donde ocupa el Sillón U.

Entre otros muchos galardones ha recibido el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2013. 






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