jueves, 12 de septiembre de 2013

El Corsario Negro. Emilio Salgari (1862 - 1911)



Primera Parte

Los filibusteros de la tortuga
 
La pequeña embarcación que, tripulada sólo por dos hombres, avanzaba fatigosamente sobre las olas de color tinta y huía de la escarpada orilla que se perfilaba confusamente en la línea del horizonte, como si de ella esperara un grave peligro, se había detenido bruscamente. Lo dos marineros, que habían apartado los remos con violencia, se levantaron de un salto, mirando al frente con inquietud y deteniendo la mirada en una gran sombra que parecía haber emergido repentinamente de las olas.
Tenían unos cuarenta años y sus facciones eran enérgicas y angulosas; sus barbas pobladas e hirsutas, que nunca habían conocido el peine ni el cepillo, daban a ambos marineros un feroz aspecto.
Dos amplios sombreros de fieltro llenos de agujeros y con las alas desgarradas cubrían sus cabezas; camisas de franela hechas jirones, descoloridas y sin mangas, tapaban a duras penas el robusto pecho. Estaban ceñidas al talle por fajas rojas en lamentable estado, que sujetaban dos de aquellas pistolas grandes y pesadas que se empleaban a finales del siglo XVI. También los cortos calzones estaban destrozados y las piernas y los pies, descalzos, cubiertos de lodo negruzco...



Doce bocas de fuego, doce cañones, asomaban desde las troneras sus negras gargantas amenazando a babor y a estribor, mientras sobre el alto alcázar descollaban otros dos morteros destinados a barrer los puentes a golpes de proyectil.
El barco pirata se había puesto al pairo para esperar al bote, pero a proa se veían, a la luz de un fanal, diez o doce hombres armados con fusiles que parecían preparados para abrir fuego a la más mínima sospecha...



El aspecto que aquel hombre tenía, como su indumentaria, algo fúnebre, con aquel rostro pálido, casi marmóreo, de barba negra, a la nazarena y rizada, que contrastaba con los encajes negros del cuello y las anchas alas del sombrero. Sin embargo, sus facciones eran bellisimas: la nariz recta, los labios rojos como el coral, una frente amplia surcada por un pliegue sutil, que daba a aquel rostro una pincelada de melancolía; los ojos negros como el carbón, de líneas perfectas y largas pestañas, tan expresivos y relampagueantes que en ciertos momentos debían asustar a los más intrépidos filibusteros...



Autor: Emilio Salgari

Título: Il Corsaro Nero

Traducción del italiano: José Luis Aja

Ilustraciones: Giuseppe Gamba

Editorial: Grupo Anaya S.A.

Nº Páginas: 370





Nunca navegó por los embravecidos mares de Malasia ni puso un pie en las cenagosas junglas del Caribe, apenas si hizo un viaje largo...por el Adriático, como turista. Tampoco conoció a hermosas princesas ni a piratas altivos, ni luchó con déspotas sanguinarios; aunque, en una ocasión se enfrentó a duelo con un periodista que había puesto en duda su titulo de capitán. El periodista estaba en lo cierto: Salgari no era capitán, había suspendido los exámenes.
El empeño del escritor por labrarse un pasado tan heróico como fantasioso, junto con la publicación de unas memorias póstumas apócrifas y la necesidad de sus hijos y editores de dar verosimilitud a la leyenda -para seguir viviendo a su costa-, casi consiguieron convertir su vida en un reflejo de la de sus propios personajes. Pero nada más lejos de la realidad.

Salgari nació en 1862 en Verona, en una familia de la pequeña burguesía (su padre tenia una tienda de tejidos). Mientras Italia completaba su unidad como Estado independiente y, entre conflictos sociales, iniciaba una vacilante expansión colonial, el pequeño Salgarello estudiaba sin demasiada aplicación.

Su afición a la lectura (sobre todo novelas de aventuras) no le sirvió de mucho para aprobar los exámenes del Regio Instituto Tecnico y Nautico Paolo Sarpi donde se preparaba para ser capitán. Sin embargo, con apenas 21 años, empezó a publicar relatos por entregas en los periódicos de Verona; relatos, de aventuras, que con el tiempo se acabarían convirtiendo en sus primeras novelas. 

En 1887 muere su madre;en 1889 su padre enfermo se suicida; Salgari escribe ya de una manera sistemática. En 1892 se casa con Ida Peruzzi; y, poco después, entra en la espiral asfixiante que sería su vida adulta: escribía a todas horas, a un ritmo frenético, como un auténtico esclavo; pero la familia aumentaba (tuvo cuatro hijos) y los gastos también, escribiendo con contratos anuales -una fuente de ingresos segura pero escasa-: tres novelas, 4.000 liras al año. Su éxito de público es impresionante pero nunca, pero nunca llega a salir de la pobreza.

El demencial ritmo de trabajo y la miseria cotidiana enloquecen a su esposa; Salgari la tiene que ingresar en un manicomio porque no dispone de dinero para pagar un sanatorio. Agotado, siempre sin una lira mientras sus editores se enriquecían, se rinde; intenta suicidarse en 1909 y lo consigue en 1911.






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