sábado, 6 de julio de 2013

Poesía del siglo de oro. Gabriel Bocángel y Unzueta (1603 - 1658)


Monet. The Gare Saint-Lazare,arribal of a train.

Poesía española del Siglo de Oro
La calidad estética de una época, su carácter, su retrato artístico. Poemas de momentos capitales de la creación artística, vida y arte se suman,  reflejo de un época en cuerpo y alma.

En el Siglo de oro de nuestra lírica hay dos periodos inconfundibles. El primero está máximamente representado por las figuras de Garcilaso, fray Luis de León y san Juan de la Cruz; el segundo está sobre todo representado por las figuras de Villamediana, Lope de Vega, Góngora y Quevedo. Ambos periodos constituyen el momento más alto de nuestra poesía y uno de los más ricos, variados y originales  de la lírica universal. Justo es decir que ambos periodos tienen características muy diversas. El primero constituye mas propiamente el clasicismo de la poesía española y su tendencia de carácter idealista y universal; el segundo constituye más propiamente la edad barroca. 
 

Museo del Prado. Tesoro del Delfin

Hablando el autor con sus escritos 

Ociosos son de un afán que yo escribía
en ruda edad con destemplada avena;
arbitrio del amor, que a tal condena
a aquel que la templanza aborrecía.

Canté el dolor, llorando de alegría,
y tan dulce tal vez canté mi pena
que todos la juzgaban por ajena,
pero bien sabe el alma que era mía.

Si de todos no fuereis celebradas,
voces de amor, mirad mi pensamiento:
 veréis que no mejor fortuna alcanza.

Ningún discreto os llame malogradas,
que si os llevare solamente el viento,
allá os encontraréis con mi esperanza.
                                                                       Gabriel Bocángel                   

Museo del prado. Tesoro del Delfin

A un soldado de quien se refiere que, matándole
en un hecho de armas, se quedó un rato en pie
después de muerto

Tu obstinado cadáver nos advierte
que hay vida muerta, pero no vencida,
pues sólo en tu valor, sólo en tu vida
algo miró después de sí la muerte
Fuerte es la Parca, pero tú más fuerte;
nos se debió a su golpe tu caída,
tú contra ti la ayudas ya rendida,
 que ¿quién pudiera sino tú, vencerte?
Tú dividiste el trance indivisible
de morir y postrarte tan altivo,
que en el daño común no hallas ejemplo.
¿Cuánto más que inmortal y que invencible
contemplaré que fuiste cuando vivo,
si el cadáver intrépido contempló?
                                                     Gabriel Bocángel

Anglada Camarasa. La novia de Benimamet, 1906
 
Oyendo en el mar, al anochecer, un clarín
que tocaba un forzado

Ya falta el sol; que quieto el mar, y el cielo
niegan unidos la distante arena:
un ave de metal el aire estrena,
que vuela en voz cuanto se niega en vuelo.
Hijo infeliz del africano suelo
es, que hurtado el rigor de la cadena,
hoy música traición hace a su pena,
si pena puede haber donde hay consuelo.
Suene tu voz, menos que yo forzado,
pues tu clarín es sucesor del remo,
y alternas el gemido con el canto;
mientras yo al mar de Venus condenado,
de un extremo de amor paso a otro extremo,
y porque alivia, aun se me niega el llanto.

Huye del sol, el sol y se deshace
la vida a manos de la propia vida
del tiempo, que a sus partos homicida,
en mies de siglos las edades pace.
Nace la vida y con la vida nace
del cadáver la fábrica temida;
¿qué teme, pues, el hombre en la partida
si vivo estriba en lo que muerto yace?
Lo que pasó ya falta; lo futuro
aún no se vive; lo que está presente
no está porque es su esencia el movimiento:
lo que se ignora es sólo lo seguro;
este mundo, república de viento
que tiene por monarca un accidente.
                                                             Gabriel Bocángel

Gustavo Doré. Los saltimbanquis, 1874
 




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