jueves, 16 de mayo de 2013

Bruegel el Viejo (1525 - 1569).



Museo del Prado


Jardín de boj del museo

El vino de la fiesta de San martín ha sido adquirido por el Ministerio de Cultura y el Museo del Prado en el año 2010. Es una de las obras más ambiciosas y complejas de Bruegel, el pintor flamenco más destacado del siglo XVI.

El hallazgo de este original, que se daba por perdido (aunque su composición -invertida- se conocía por una estampa mandada hacer por su biznieto Abraham Brueghel a partir de 1670), es uno de los descubrimientos más importantes en el ámbito de la pintura flamenca en décadas; de ahí que su incorporación al Prado enriquezca en grado sumo esa colección. La obra perteneció a los duques de Medinaceli al menos desde comienzos del XVIII hasta el siglo XX.

Su primer propietario conocido fue el IX duque, Luis Francisco de la Cerda, que debió hacerse con ella en Italia.
 




Bruegel muestra la celebración de la víspera de la fiesta del santo el 11 de noviembre a las afueras de la ciudad con la distribución gratuita al pueblo del primer vino de la nueva estación, casi como una bacanal. Los que participan en ella, amontonados alrededor de un grueso tonel rojo, arrastrados por la gula, utilizan toda suerte de recipientes -incluso zapatos- para conseguir el vino que fluye de él. De espaldas a los excesos de su festividad, San Martín ejerce la caridad con los dos tullidos.

El grueso barniz de poliéster que cubría la superficie pictórica y el reentelado que producía pliegues y abultamientos en la tela del soporte obligaron a restaurar la sarga para eliminarlos. Concluida la intervención, los resultados han superado las expectativas iniciales.

La pintura ha recuperado el color y la textura mates propios de las sargas, que no llevan barniz. El Museo del Prado presenta esta obra maestra de Bruegel restaurada, junto con su imagen radiográfica, que revela su estado de conservación y la singular grafía del pintor y un vídeo con las distintas fases de la restauración.



Brueghel y las brujas
 
En la imaginería popular, la bruja suele aparecer representada como una mujer feísima, volando sobre una escoba, junto a un caldero humeante o bailando con el diablo. Una visión esteriotipada que tendría su origen en las obras de algunos artistas holandeses del siglo XVI, y más concretamente en el pintor flamenco Peter Brueghel el Viejo.
Fue en aquella época en la que las brujas y su persecución ocuparon un lugar especial en las preocupaciones de la sociedad y de las autoridades, tanto civiles como religiosas. Dos importantes obras de Brueghel creadas en 1564, coincidiendo en Europa con un período de intensas persecuciones contra aquellos que practicaban la brujería. Se trata de los grabados Santiago en la cueva del brujo y Santiago y la caída del brujo, propiedad del Rijksmuseum de Ámterdam y que fueron elaborados en el taller del grabador y marchante de estampas Hieronymus Cock en la ciudad de Amberes, donde Peter Brueghel realizó la mayor parte de su aprendizaje. En estas obras podemos observar los detalles de la composición, con sus numerosos personajes, sus monstruos y sus extrañas criaturas que recuerdan la iconografía original del Bosco, el maestro indiscutible de Brueghel.
 

Peter Brueghel. Santiago en la cueva del brujo

Los dos grabados de Brueghel ofrecían por primera vez una iconografía definida de la imagen de la bruja, tal y como quedaría para siempre en la memoria colectiva, Brueghel consiguió crear un "codigo visual", un modelo de representación que se difundió rápidamente por todos los Paises Bajos, gracias a la venta de los grabados publicados por Hieronymus Cock.
El mérito de Peter Brueghel es haber conseguido inventar una imagen eficaz que podía entenderse sin necesitar ninguna explicación. Tanto es así que a lo largo de los siglos XVI y XVII numerosos pintores y grabadores neerlandeses se inspiraron en las obras de Brueghel, como David Teniers II y Frans Franken II.
  
Hans Baldung Grien. Hechicera maligna

Morir en la hoguera, la brutal represión ejercida por jueces y religiosos contra todos los señalados como sospechosos de "tener tratos con el diablo". Una acusación que les condenaría sin remisión a morir en la hoguera. Solo en la ciudad de Brujas, entre 1468 y 1687, unas 130 personas fueron acusadas de brujería, entre ellas 16 mujeres a las que se les aplicó una sentencia brutal: ser quemadas vivas en aceite hirviendo.
 
David Rijckaert III. Mujer fiera, h. 1650

David Teniers. Escena de brujería, h.1635

La creencia en el poder maléfico de las brujas se "justificaba" a menudo por la aparición de fenómenos "inexplicables" de los que se les responsabilizaba, tales como terremotos, inundaciones, epidemias y determinadas manifestaciones de la naturaleza. Por tanto, para atajar estas plagas o vengarse de ellas, era necesario que las brujas y hechiceras fueran condenadas a morir en la hoguera, consumidas por el fuego. Cabe recordar un episodio de intensas persecuciones que coincidió con un enfriamiento anormal del clima, que afectó al norte de Europa entre 1560 y 1630. Los inviernos fueron mucho más largos y gélidos, y los veranos más lluviosos y húmedos, con grandes tormentas e inundaciones que dañaron las cosechas de cereales, provocando hambrunas y la muerte de animales y personas.
Los ríos helados impedían la navegación y el abastecimiento de las ciudades, lo que llevó a los comerciantes a la ruina. Este episodio de cambio climático conocido como "la corta edad del hielo" inspiró a numerosos pintores que evocaban en sus cuadros escenas costumbristas con patinadores en paisajes nevados.
 
Peter Brueghel. Los cazadores en la nieve, 1565
Peter Brueghel. Patinaje invernal con trampa para pájaros, h. 1620



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