sábado, 18 de mayo de 2013

La sonrisa etrusca. José Luis Sampedro (1917-2013)




El viejo Salvatore Roncone va ha Milán a pasar una revisión médica. No las tiene todas consigo. El hombre se teme lo peor; que el facultativo diagnostique que su enfermedad es incurable. Al viejo Roncone, sin embargo, lo que más le fastidiaría es morirse antes que el maldito Cantanotte, su rival de hace muchos años, y no darse el gustazo de asistir al entierro del detestado adversario. Todo lo demás le importa mucho menos.



 
 En la gran urbe, no obstante, va a producirse un extraño milagro: el anciano campesino conoce allí a su nieto, Bruno, y el niño provocará en el viejo y curtido calabrés un manantial de ternura, de esperanzas y sentimientos hasta entonces ignorados, que renovará el concepto del mundo y de la vida que tuvo siempre Zio Roncone. 
Surge entonces una hermosa historia de amor entre el abuelo y el nieto, completada con el afecto que la viuda Hortensia vuelca sobre Salvatore, creando una perspectiva cuajada de intensidad visual.
 



 Modelo de sencillez, de estilo claro y profundamente humanista, Sampedro supo reflejar con lucidez el misterio que se esconde tras la sonrisa etrusca, "esa sonrisa en la que resplandece la vital sabiduría de la carne".





 El diván-cama se resiste a ser desplegado. El hijo forcejea y el viejo no sabe ayudarle, ni quiere tampoco relacionarse con semejante máquina, tan contraría a su vieja cama. La de toda la vida desde su boda: alta maciza, dominando la alcoba como una montaña cuya cumbre fuese el copete de la cabecera en castaño pulido, cuyos prados los mullidos colchones, dos de lana sobre uno de crin, como en todo hogar que se respete...¡Rotunda, definitiva, para gozar, parir, descansar, morir!... Evoca también otras yacijas de su agitada vida: la dura tierra de las majadas pastoriles, el jergón cuartelero, el heno seco de los pajares,(...)
 




El viejo de pelliza campesina y anticuado sombrero, que durante unos días dirigió la poda en el jardín y luego se eclipsó, reaparece hoy empujando una sillita con un niño. Las mamás con sus críos le reciben como a un abuelo apacible haciendo de niñero, aunque basta una sola ojeada del hombre, deteniéndose sobre sus cuerpos, para que le miren de otra manera y compongan instintivamente su postura sentada o se lleven la mano a verificar el peinado. (...)
 




 Mientras ellos se abrazan y consuelan, el viejo acuna en sus brazos a Brunettino muy lejos del dormitorio conyugal, en la posición fortificada de los dos partisanos, montaña arriba. Allí le habla bajito (esta noche no solamente lo piensa) para que sus palabras calen mejor en el niño. No le impulsa la niebla de las cavilaciones, sino el resplandor de la acción. (...)
 



 
 Zambrini se encuentra unos días en Milán para asuntos del partido y, gracias a Dallanotte, ha podido concertar con el viejo un almuerzo en una trattoria de las que gustan al senador, siempre enemigo de los grandes hoteles donde ahora inevitablemente le alojan. Les acompaña Ambrosio, que llegó con su verde ramita en la boca, y los tres antiguos partisanos recuerdan los buenos tiempos paladeando el café de la sobremesa. (...)




Autor: José Luis Sampedro
Título: La sonrisa etrusca
 Prólogo: José Luis Sampedro
Editorial: Círculo de Lectores
Nº Páginas: 302





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