viernes, 17 de mayo de 2013

Colmillo Blanco. Jack London (1876 - 1916)





Primera parte

I

El rastro de la carne

Un oscuro bosque de abetos se extendía a ambos lados de la helada corriente de agua. El viento había desnudado los árboles de su blanca capa de escarcha y parecían apoyarse los unos en los otros, negros y amenazadores, bajo la luz incierta del atardecer.
Un profundo silencio reinaba sobre la tierra. La tierra misma estaba desolada, yerma, sin movimiento, tan solitaria y fría que su espíritu no era ni tan siquiera el de la tristeza. Había en ella una situación de carcajada, pero de una carcajada más terrible que la de cualquier tristeza; (...)
 




Segunda Parte

I

La batalla de los colmillos


Fue la loba la que primero percibió el sonido de las voces humanas y los gimoteos de los perros; y fue la loba la que primero se apartó del hombre arrinconado en su círculo de moribundas llamas. La manada no había querido abandonar una presa a la que había dado caza y permaneció durante varios minutos asegurándose de lo que oía. Poco después también se apartó del  camino como había hecho la loba.
Corriendo en cabeza de la manada iba un gran lobo gris -uno de sus varios líderes-. Fue él el que dirigió a los demás tras los pasos de la loba. Fue él el que gruñó para advertir a los más jóvenes de la manada y el que los atacó con sus colmillos cuando, (...)
 




Cachorro Gris

Era diferente a sus hermanos y hermanas. El pelo de todos evidenciaba el tono rojo heredado de su madre, la loba; mientras que sólo él, en aquel aspecto, seguía a su padre. Era el pequeño cachorro gris de la camada. Había heredado la verdadera raza de los lobos; de hecho, era prácticamente exacto al viejo Tuerto, pero con una única excepción, y era que tenía dos ojos en lugar de uno como su padre.
 Los ojos del cachorro gris no se abrieron durante mucho tiempo, aunque ya podía ver con claridad. Y mientras sus ojos seguían cerrados, había sentido, probado y olido. Conocía muy bien a sus dos hermanos y a sus dos hermanas. (...) 





Tercera Parte

I

Los artífices del fuego

El lobezno se tropezó de pronto con aquello. Fue por su culpa. No había sido cauto. Había abandonado la cueva y corrido hacia el arroyo para beber. Lo que le debió ocurrir fue que todavía estaba medio dormido. (Había estado fuera, cazando toda la noche, y se acababa de despertar.) Y su descuido podía deberse a la familiaridad con que recorría ya aquel camino hacia el agua. Lo había hecho muchas veces y nunca había sucedido nada. (...)
 










Autor: Jack London
Título: White Fang
Traducción y Notas: María del Mar Hernández
Ilustraciones: Grabados de época, Mary Evans Picture Library
Editorial: Anaya, S.A.
Nº Páginas: 236 
 



La biografía de Jack London bien podría confundirse con una novela de aventuras: es uno de los escasos escritores cuya vida, tan breve e intensa como la de un héroe de ficción, atraviesa el mundo de punta a punta, corre peligros dignos de tal nombre, asciende de las profundidades de la miseria y la marginalidad a la fama mundana y a la polémica pública...y se desvanece apenas alcanza la plenitud.

Nacido en la pobreza en el San Francisco de 1876, hijo de una profesora de música y, probablemente, de un astrólogo itinerante, recibió su apellido de un veterano de la Guerra de Secesión que se casó con su madre.

Desde pequeño tuvo que ganarse la vida, y su educación, más que en la escuela, la recibió entre los ladronzuelos del puerto de Oakland. Con sólo diecisiete años y siendo y sintiendo ya una atracción por el mar que le acompañaría de por vida, se embarcó en un buque que cazaba focas. Tras la travesía, de vuelta a casa, se suceden los empleos como obrero, duros y mal pagados -paleador de carbón, trabajador en una fábrica de yute-. Acabó uniéndose a una marcha de parados que, desde California, pretendía llegar a Washington. Fue detenido y encarcelado por vagabundo.

Su amarga experiencia, su naciente conciencia social -se había hecho militante del partido socialista-, le decidió a estudiar para escapar de la degradación de la pobreza. Volvió a la escuela secundaria e incluso llegó a pasar un semestre en la universidad, donde entró en contacto con el marxismo y el darwinismo social, una combinación ideológica contradictoria que se plasmaría en su obra.

En 1897, atraído por la "fiebre del oro", fue a Klondike, en Alaska. Pero enfermó y tuvo que regresar a la cálida California en un épico viaje de más de tres mil kilómetros por el río Yukon. Lector voraz desde su infancia, a partir de ese momento empezó a escribir de una manera sistemática, casi compulsiva, en medio de grandes penurias.

Sus primeros relatos sobre Klondike consiguieron una repercusión limitada, hasta que, inesperadamente, La llamada de la selva (1903) se convirtió en un éxito impresionante. A continuación se sucederán, en pocos años, sus mejores obras, todas con un fuerte componente autobiográfico: El lobo del mar (1904), Colmillo blanco (1906), Martín Eden (1908), numerosas recopilaciones de relatos, e incluso ensayos políticos.




London alcanzó la fama casi de la noche a la mañana; hacía poco que se había casado -según el mismo "por razones biológicas"- con Elizabeth Maddern y tenía dos hijas. Pero su vida siguió gobernada por un impulso imprevisible: en 1904 fue corresponsal en la guerra ruso-japonesa; en 1906 decidió contruir su propio barco, el snark, y dar la vuelta al mundo en compañía de Charmian Kittredge, una mujer emancipada de fuerte personalidad por la que había abandonadoa su esposa, pero su precaria salud le obligó a interrumpir el viaje; seguidamente embarcó en la ciclópea empresa de construir su propio rancho al que llamó La Casa del Lobo, en California, y de nuevo le visitó la desgracia -se incendió-.

Su salud cada vez más debilitada por el alcohol, empeoró tras un ataque de disentería mientras seguía como periodista la revolución mejicana. Sus frecuentes estancias en Hawai no lograron aliviar sus dolores y se vio sometido a tratamientos con drogas hasta que, el 22 de noviembre de 1916, en circunstancias no del todo claras, una sobre dosis le mató. 




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