lunes, 13 de mayo de 2013

Memorias de una vaca. Bernardo Atxaga





 La primera vaca de la historia era tonta. Pero Mo no es una vaca de ayer y sabe que vivir no es creérselo todo y echarse a dormir. No tiene muchas inquietudes y posee una voz interior muy sensata que le habla sobre las cosas del mundo.Y sin embargo, por una causa o por otra, siempre acaba tropezándose con gente que no es completamente lógica...

 Mo es una vaca de un pelaje muy especial y no se parece en nada a aquellas primeras vacas de la historia que se conformaban con los dictados del repartidor del tiempo. 


 No es una vaca tonta; y, como piensa, siempre acaba metiéndose en líos aunque no los busque. Pero, por fortuna, también tiene esa voz interior a la que recurrir cuando se encuentra en situaciones fastidiosas. Y es que la condición vacuna tiene sus ventajas a pesar de que muchas veces no quiera admitirlo. 

 Un buen día, Mo se da cuenta de que en  el establo de Balanzategui ocurren cosas muy raras, y como ella está firmemente decidida a convertirse en una vaca de verdad, toma la determinación de hacer sus propias averiguaciones.



 En su empeño por llegar a la verdad, descubrirá mucho más de lo que nunca hubiera imaginado: que cada uno tiene sus desiertos, que cuando una amistad se rompe es mejor ponerla en una maceta para que prenda otra vez, y que, a las malas, no hay dolor de corazón que no se cure paseando... 



 Con audacia y sin pensarlo dos veces, me encaré a los lobos y me puse a comer la nieve, tranquila y tan a gusto, como si no fuera nieve lo que tenía ante la boca, sino gavillas de alholva. Los bultos, al ver esto, se desconcertaron y se pararon, primero uno y luego todos los demás. Comprobé que, ademas de orejas, tenían ojos: orejas puntiagudas, ojos enrojecidos. Entonces y sin perder la compostura...


(...), porque nosotras las vacas tenemos mala suerte en todo, y también el día que repartieron el tiempo se nos metió por medio esa misma mala suerte.
O eso he oído yo al menos. He oído que en los comienzos del mundo alguien estaba repartiendo el tiempo, y que ese alguien dijo a la serpiente:
- Tú vivirás doce años.
Y la serpiente:
- De acuerdo.
- Tú, quince años -al perro.
Y el perro:
- De acuerdo.
- Tú, veintiocho -al burro.
Y el burro:
- De acuerdo.
- Tú, treinta y tres -al hombre.
Y el hombre:
- Ni hablar. No estoy de acuerdo. Quiero vivir más.
- Sea, vivirás ochenta y ocho años -debió decir
entonces el que repartía el tiempo-. Pero de esos
ochenta y ocho, pasarás treinta y tres como un hombre;
veintiocho, trabajando como un burro; quince, llevando
una vida de perro, y los últimos doce los pasarás
arrastrándote como una serpiente.



 (...) Y llegó un momento en que todo se dio por terminado, y el Repartidor de Tiempo se dispuso a retirarse.
- ¿Y nosotras? Nosotras ¿cuánto tiempo? -se oyó entonces. Naturalmente, era la vaca. Al parecer, nadie se había acordado de ella.
- ¿Cuántos? -dicen que dijo el Repartidor de Tiempo con un gesto cansino-. Pues, no sé. Un puñado.
- Muchas gracias-agradeció la vaca. Y con las mismas, todos se despidieron y cada cual se fue por su camino.




Y digo yo: tiene que ser tonta la vaca, tiene que ser pardilla la vaca, tiene que ser patosa la vaca para decir el Repartidor del Tiempo "un puñado" y contestar ella "muchas gracias". ¿Cómo que "muchas gracias"?
Desde luego, aquella vaca no se parecía en nada a mí.
- ¿Y qué es para usted un puñado? -habría dicho yo al Repartidor del Tiempo-. Porque, claro, un puñado puede ser cualquier cosa.



(...) Un buen día, como a perro flaco todo son pulgas, comenzó a llover, y las tardes se volvieron tristonas. El grandullón acusó el golpe. Volvió a cambiar de canción, y le dedicó a la sombra estas palabras:

Xarmegarria, zure berririk,
nehondik ez dut aditzen;
Ni zonbat gisaz malerusa naizen,
ez duzia, ba, kontsideratzen?
Zutaz aiphatzesk, aditzeak berak
Bihotza deraut nigarrez urtzen.



(...) - Absolutamente no! Después de pasar diez años corrigiendo, puliendo y retocando, comenzó la segunda parte de sus Confesiones. Y ahora disculpa, Mo, pero tengo que seguir trabajando.
 Dicho y hecho, la pequeña monja comenzó a meter zanahorias en su cesto. Por mi parte, me quedé más tranquila, respirando mejor que otras veces. Luego fui a tumbarme en el césped del jardín del couvent y tomé la decisión: corregiría, puliría y retocaría la primera parte de mi vida. Algún día, en caso de que surgiera la necesidad, seguiría con el resto. Y así hasta hoy. Como dice el refrán:
     "Mientras vive a sus anchas, la vaca va dando largas".



 Escritor vasco y en vasco, Bernardo Atxaga (seudónimo de José Irazu Garmendia) nació en 1951 en Asteasu, Guipuzcoa.
Es autor de obras de teatro, poesía, letras de canciones, cuentos infantiles, además de una amplia obra narrativa.
El reconocimiento público fuera de su ámbito lingüistico le llegó con Obabakoak, que recibió el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica, el Euskadi y el Prix Millepages.
 

Bernardo Atxaga


Autor: Bernardo Atxaga
Título: Behi Euskaldun Baten Melmoriak
Traducción del euskera: Aránzazu Sabán
Ilustración: Carme Peris
Editorial: Ediciones S.M.
Nº Páginas: 174




Shola y los leones, Bernardo Atxaga





Shola y los jabalíes









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