viernes, 29 de marzo de 2013

Itinerarios de Antonio Saura.






Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía.




El conjunto de pinturas de Antonio Saura que constituye esta exposición, procedente de la dación realizada por las herederas del pintor al Estado Español, supone una exploración completa de la trayectoria seguida por esta figura capital del arte español durante la segunda mitad del siglo XX.

Antonio Saura descubre el arte moderno, mientras se recuperaba de la tuberculosis ósea que le obligó a permanecer en cama durante su adolescencia, a través de la lectura del Ismos de Ramón Gómez de la Serna, que fue una de las revelaciones "más excitante y luminosa de (su) vida".

Hacia 1948, Saura pinta las primeras Constelaciones, de las que habla como del "vacío absoluto donde flotan los detritus de la noche oscura", precisando que: "Se trata de fijar las capturas en este mundo de tres tiempos: aparición del vacío como escenario, provocación del azar como violación y estímulo, concretización plástica de lo informe".

Tiene ya conciencia de una cosa para el pensamiento artístico: no imita nada que sea ya visible, pero su trabajo arranca una forma a lo informe. Aunque no son más que obras puramente experimentales, de pequeñas dimensiones, constituyen sus primeras "obras verdaderas" y anuncian la movilidad y el patetismo que serán los rasgos dominantes de su lenguaje.




Su primera exposición tuvo lugar en 1950 en la librería Libros Zaragoza. Al año siguiente realiza su primera exposición individual en Madrid, en la galería Buchholz, con el título Pinturas surrealistas de Antonio Saura. En el catálogo, se incluye a sí mismo entre los "pintores del misterio" y propone "atender con preferencia  a las primeras llamadas automáticas, que son siempre las más valiosas".

La variedad experimental de trabajos anteriores desapareció para concretarse en la minuciosa conformación de un azaroso punto de partida. Manchas depositadas con presteza sobre fondos nocturnos eran conformadas lentamente, ordenándose en espacios ilimitados, mostrando una solución personal dentro de la órbita surrealista.





Hastiado por la atmósfera triste y vacía de la España de posguerra, Saura se marcha a París con el objetivo fundamental de poder conocer a André Breton y trabajar con el grupo surrealista.

Del surrealismo le interesa el misterio y la afirmación de la libertad. Esta primera estancia larga en París corresponde a una auténtica mutación en su obra. Experimenta los efectos del grattage, texturas y fluidos, que generan la serie Fenómenos y las primeras obras sobre el cuerpo femenino.




Tras su ruptura con el surrealismo, Saura entablará nuevas amistades con otros pintores, como el chileno Matta, otro disidente del surrealismo, o Asger Jorn, del grupo CoBrA. Conocerá al crítico francés Michel Tapié, que le introducirá en la galería Stadler de París, a la que Saura permanecerá fiel desde su primera exposición, en 1957. Ese mismo año regresa a España e impulsará la creación del grupo "El Paso", el más revelador de la renovación plástica de nuestro país en los finales años cincuenta.





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