miércoles, 13 de marzo de 2013

Fermín Aguayo (1926 - 1977)



Centro de Arte Reina Sofía
 



La importancia del pintor Fermín Aguayo (Sotillo de la Ribera, Burgos, 1926-París, 1977) en la Historia del Arte constituye una realidad incontestable, atestiguada tanto por su producción artística como por su fortuna crítica.

Autodidacta y de talante discreto, su producción artística constituyó el eje vital de su existencia; una existencia marcada, sin duda, por la azarosa vida que la Guerra Civil española impuso a aquel adolescente que, con apenas trece años y tras el fusilamiento de su padre, hubo de abandonar su pueblo natal en compañía de su madre y trasladarse a Zaragoza, ciudad que muy pronto hizo suya y en la que se inició en la creación artística.




Pronto encontró acomodo en los ambientes culturales más avanzados y junto a la desbordante personalidad del arquitecto y pintor Santiago Lagunas, con quien compartió trabajo y amistad, comenzó a recrear un universo plástico alejado de la estética conservadora al uso.
Y los resultados no se hicieron esperar pues en 1947 participó en la primera muestra del grupo Pórtico, el primer colectivo español que en 1948 asumió la abstracción como forma de expresión en una época en la que el academicismo y ciertos "expresionismos" constituían la tónica dominante en el panorama artístico español.
Sus investigaciones en el seno del grupo, con el que participó en diferentes exposiciones a lo largo de la geografía española (Zaragoza, Madrid, Bilbao y Santander), le llevaron a ensayar diversas formulaciones abstractas que le reportaron no pocos éxitos y fuertes críticas también.




En 1952, cansado del sofocante ambiente artístico que se respiraba en España, decidió instalarse en París, donde permaneció hasta su muerte. El grupo Pórtico se había disuelto y Aguayo comenzó una nueva aventura mucho más difícil si cabe, en la que reemprendió sus investigaciones pictóricas en solitario y con el solo apoyo de la galería Jeanne-Bucher, su esposa y algunos amigos; con el tiempo entabló relaciones con otros artistas y críticos afincados en la capital del Sena.

Su trabajo, mostrado regularmente en París, en otras ciudades europeas y ocasionalmente en Nueva York (1958 y 1973), se mantuvo siempre al margen de cualquier moda evidenciando, además, su querencia por el país que le vio nacer y por los grandes maestros de la pintura universal.
 


Guiado por estas premisas se adentró por derroteros distintos. Primero y en sintonia con su producción zaragozana fue ahondando en la abstracción hasta desembocar en el informalismo que, a finales de los años cincuenta, abandonó para recrear una cierta poética figurativa muy personal: una suerte de figuración tremendamente sutil y expresionista al tiempo, en la que la conjunción de la luz y el color fueron sus principales aliados.











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