sábado, 2 de marzo de 2013

El Arte de Cartier.




En el 13 de la parisina rue de la Paix fue donde la joyería Cartier convirtió su oficio en arte. El Museo Thyssen-Bornemisza reúne en Madrid 420 de sus más históricas piezas.
 
Desde 1983, Cartier ha ido reuniendo joyas, relojes y otros valiosos objetos de la Colección Cartier. Procedentes de coleccionistas privados, minoristas o subastas, los más de 1.450 objetos de esta creciente colección han sido seleccionados en función de criterios de estilo, pero también de los materiales de que están hechos o de las técnicas empleadas.

Las piezas -entre las cuales las más antiguas datan de los años sesenta del siglo XIX- constituyen un testimonio tangible de los 165 años de historia de Cartier y, mas generalmente, de las artes decorativas y de la sociedad europea a partir de finales del siglo XIX.

Tras una importante presentación en 1989, en el Petite Palais de París, la colección ha sido mostrada en museos de fama internacional.



En 1847 Louis-François Cartier (1819-1904) era empleado en el taller de joyería de Adolpne Picard, en el número 29 de la Rue Montorgueil de París. Cuando el maestro Picard se trasladó a otro local, dejó al joven a cargo del negocio.

Seis años después, Louis-François Cartier se estableció por su cuenta cerca del Palais Royal.El refinamiento de las joyas de Cartier, de inspiración antigua y clásica no tardó en llamar la atención de una clientela elegante. La princesa Matilde, prima del emperador Napoleón III, llegó a ser clienta habitual de Cartier: los libros de cuentas de la compañía registran la adquisición por su parte de más de doscientas piezas.

En 1859 la emperatriz Eugenia de Montijo encargó un servicio de platapara el té. Ese mismo año, Cartier se trasladó al número 9 del Boulevard des Italiens, el nuevo barrio de moda.



Alfred (1841-1925), hijo de Louis-François, se hizo cargo del negocio en 1874. Paralelamente, el descubrimiento a finales de los años 1860 de yacimientos de diamantes rn Sudáfrica tuvo un impacto enorme en el mundo de la joyería al proporcionar una repentina abundancia de piedras de gran calidad.

para resolver el problema de la oxidación de la plata, Cartier empezó a usar el platino, cuya maleabilidad , blancura y resistencia le permitieron realizar monturas etéreas que parecían encajes y guirnaldas de diamantes. 




"We" are the champions... en 1987, en Ginebra, un año después de la muerte de Wallis Simpson, se vendieron sus joyas en subasta. Se recaudaron 50 millones de dólares (algo más de 38,6 millones de euros), un récord para una colección individual. Difícilmente será superado, pues Wallis y Eduardo les dieron a sus caprichos un toque muy personal. Se involucraron en su diseño y ordenaron grabar personalísimos mensajes. "Sujétate fuerte", se puede leer en unos gemelos que ella regaló a Eduardo cuando su affaire era aún secreto.

Les encantaba utilizar sus iniciales juntas, WE, que también forman la palabra "nosotros" en inglés. "WE are too", "Nosotros también", reza una cruz que le regaló Eduardo a Wallis cuando el hermano menor de él, Jorge de Kent, estaba a punto de contraer matrimonio en 1934 y ellos tenían que evitar aparecer en público.

Mas que objetos de moda y lujo, aquellas piezas son historia. De hecho, la Fundación Cartier está adquiriendo muchas de ellas cuando vuelven a aflorar en el mercado, como el collar draperie de amatistas y turquesas, pedido especial de 1947.

El amor más flamenco, una de las historias de amor más excesivas del siglo XX. Eduardo VIII de Inglaterra renunció al trono para casarse con Wallis Simpson, estadounidense de Pensilvania dos veces divorciada. Adoptaron el título de duques de Windsor y apuraron la buena vida en las Bahamas y en los grandes hoteles de París. Les vistieron los mejores modistos y jalonaron cada momento de su vida con exclusivos regalos comprados en Cartier. Un día de 1940, el duque se presentó en la joyería con un puñado de piedras preciosas: quería un pájaro con un plumaje de fantasía. Así nació el objeto insignia de su despilfarro, el gigantesco broche flamenco, de casi 10 cm de altura. hace dos años se vendió en una subasta por dos millones de euros.
  
 

Guirnaldas para el pelo, la tiara Rinceaux (1910) es una de las creaciones que lanzaron a la fama a Cartier. La adquirió Isabel de Baviera, sobrina de Sisi y reina de Bélgica tras su matrimonio con Alberto I. la joya es de platino adornado con diamantes. se inspira en la estética de la corte de Luis XVI, también llamada estilo guirnalda. Guirnalda que alcanzó su punto culminante en 1890 y seguirá de moda hasta la Primera Guerra Mundial.



Considerada insignia del poder real, la tiara evolucionó a través de los siglos con versiones cada vez más lujosas que simbolizan el alto rango de quien las lleva. Volvió a estar en boga en el siglo XIX y siguió ejerciendo su fascinación hasta el final de la Primera Guerra Mundial.

En el año 1909 se produjo un importante acontecimiento artístico: los Ballet Rusos de Sergéi Diágilev triunfaron en París. La explosión de colores yuxtapuestos fascinó a Louise Cartier. Una de sus combinaciones favoritas era la del azul y verde, que se tradujo en una magnífica mezcla de turquesas, lapislázuli y jade o de piedras preciosas como los zafiros y las esmeraldas.

El ónix se usaba desde la primera década del siglo XX y se convertiría en una de las piedras favoritas de Cartier. Ponía de relieve los diamantes y reforzaba las líneas de las piezas de joyería. En 1914, uno de los motivos clásicos de Cartier hizo su primera aparición: el diseño "piel de pantera" en diamantes y ónix.

Entre esa primera década y la de los años treinta, el cristal de roca pulido se convirtió en otro de los materiales preferidos de Cartier.

Fue bastante antes de la Primera Guerra Mundial cuando Cartier creó un nuevo estilo que más tarde se reconocería como Art Decó en referencia a la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales Modernas de 1925. 


El poder del estilo. Clientes emblemáticos.

Durante las tres primeras décadas del siglo XX, surgió en París un nuevo ambiente social en el que nació la Café Society. Su edad de oro duró aproximadamente dos décadas  a partir de los años treinta, y fue en esa cuando los matrimonios entre las más importantes familias aristocráticas europeas y los herederos de las grandes fortunas americanas dieron lugar a una nueva élite rica, culta, abierta, atrevida y dotada de un gran olfato para los negocios. 

Los miembros de esa sociedad "deliberadamente frívola" se entusiasmaban con la imaginación creativa e invertían fortunas en convertir sus existencias en verdaderas obras de arte. La duquesa de Windsor fue una de las soberanas reinantes de la Café Society, rivalizando en elegancia y sofistcación con sus contemporáneas Daisy Fellowes o Mona von Bismarck. 
 





Elizabeth Taylor fue igualmente una fiel clienta de Cartier. Su pasión legendaria por las joyas fue legendaria, y se vio satisfecha por los hombres de su vida. dejó escrito un libro de su amor por las joyas. Sus siete maridos sabían que eran el camino directo a su corazón, y la cubrieron de ellas.

Sobre todo el quinto, Richard Burton, que le regaló por su cuarenta cumpleaños en 1972 el diamante Cartier, el más caro vendido hasta entonces: 1,1 millones de dólares. Esta gema, en posesión de un joyero suizo, no ha viajado a la exposición de Madrid, pero si lo ha hecho el collar de diamantes y rubíes que Liz recibió de su tercer esposo, el productor Mike Todd. Se conserva un vídeo casero, que se proyecta en la muestra, del momento en que la actriz recibió el regalo. 
 


En 1956, Grace Kelly se casó con el principe Rainiero de Mónaco y para la ocasión el príncipe encargó a Cartier la sortija de compromiso. El ajuar de la novia incluía asimismo un collar con el brazalete de diamantes y tres broches de clip de diamantes y rubíes. Grace se despedía, la película era Alta sociedad (1956), y en ella su personaje saca lustre a un magnífico anillo de compromiso. No era de atrezo, sino la verdadera joya de Cartier que le había regalado Rainiero. 

Es una de las piezas que adornan aquel cuento de hadas y que pueden verse en la exposición. Se exhiben también las joyas que Grace llevaba para el retrato oficial de 1959. La tiara se formaba al juntar los tres broches de clips. 









Todo un festín para los gorriones.
 

 





 

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