jueves, 28 de marzo de 2013

La señora del perrito y otros cuentos. Antón Chéjov (1860 - 1904)



Hagamos la revolución desde arriba para, que no nos la hagan desde abajo.   Antonio Maura     


Maestro indiscutible del difícil género del cuento, Anton Chéjov (1860-1904) extrajo la materia narrativa de la mayoría de sus relatos de la vida cotidiana de sus contemporáneos, en especial de las esperanzas y desventuras de las gentes de la clase media del gran imperio zarista, como funcionarios, médicos, pequeños propietarios o profesores.



Al acabar al carrera de medicina en la Universidad de Moscú en 1884, Antón Chéjov descubrió dos cosas: (1 que no tenía mucho deseo de ejercer su flamante profesión, y 2 que estaba tuberculoso). Este doble descubrimiento había de influir hondamente en los dos decenios que le quedaban de vida. Durante su etapa de estudiante pobre había tratado de subvenir a sus necesidades escribiendo, bajo el seudónimo de Antosha Chejonte, cuentos festivos, esbozos satíricos, anécdotas y diálogos cómicos para varias revistas de poca monta.

Y ahora al abandonar las aulas, hallaba que lo que había sido hasta entonces un simple medio de vida, a saber, la literatura, era la única ocupación vital que en realidad le interesaba. En esos veinte años escribió más de mil cuentos, cinco obras teatrales y algunas piezas dramáticas menores.



El descubrimiento de su dolencia y la intuición de que no viviría largo tiempo explican, sin duda, esa febril fecundidad. La tuberculosis, al reducir sensiblemente su actividad física, le indujo a interiorizarse, a ensanchar como compensación el ámbito de su actividad espiritual. Diríase que de ese modo se aguzaron su perspicacia psicológica y su visión moral, que pronto habían de fundirse con su innato sentido trágico de la humana condición.



No obstante la turbulencia ideológica de la Rusia del siglo XIX, que invitaba a un mayor o menor compromiso por parte de la intelligentsia, Chéjov se mantuvo al margen de las prédicas políticas de su tiempo. Ha menudo se ha citado, en pro o en contra de su postura, el párrafo de su carta a A.N. Plescheyev: "No soy liberal, ni conservador, ni gradualista, ni anacoreta, ni indiferentista".¿Quiere esto decir que se abstrajo por completo de las inquietudes de sus contemporáneos? No parece haber sido así, aunque sin duda sus narraciones no tuvieron nunca la intención sociopolítica que dieron a las suyas Turgenev (Tierra virgen) o Dostoyevski (Los demonios) unos años antes , o Gorki (Forma Gordeyev, La madre) unos años después.
 



Mas que a ideologías, en las que creía ver una mengua de la personalidad, Chéjov atendió a la inagotable promesa del ser humano, en todos los entresijos de su espíritu y en todos los estratos de la existencia social.

Tanto en sus relatos como en sus piezas teatrales destaca su actitud inquisitiva ante la vida, una como incertidumbre radical ante las grandes cuestiones humanas (amor, odio, ambición, desengaño, verdad, muerte), cabalmente ante aquellas cuestiones de las que los dogmatismos militantes se desentienden de ordinario, o , peor aún, para las que tienen prontas las recetas formularias.







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