miércoles, 27 de febrero de 2013

El jardín de Venus. Félix María de Samaniego (1745 - 1801)




Con el asentamiento de los Borbones a comienzos del siglo XVIII, la sociedad española inició un proceso de renovación que afectó a todas us estructuras. La economía, la hacienda pública, la política, la organización social, el arte, la cultura buscaban nuevos caminos que pretendían dar un impulso a una nación caduca, guiados por los principios de la Ilustración, cuyo ideario irá creciendo paulatinamente.

 Los cambios afectaron también a las costumbres sociales, que pretendían liberarse del oscurantismo del pasado, a la sombra de los modelos franceses y aun italianos que imperaban en la corte.

Se produjeron graves rupturas en la moralidad tradicional al amparo de las nuevas tendencias inspiradas por el vitalismo y el naturalismo. La mujer española libera su cuerpo de la penitencia del castizo corpiño y de los paños oscuros que le daban antaño sus señas de identidad. Gusta de vestidos que descubren sus senos en generosos escotes, ama la lencería fina y los afeites, evita la reclusión en el domicilio familiar.

En la relación entre los sexos se instauraron también algunas costumbres novedosas, que Carmen Martín Gaite describió minuciosamente en su libro "Usos amorosos del dieciocho en España". El chichisveo, el cortejo, con la presencia de un novio galante establecido en el hogar con la autorización del esposo, confirman estos nuevos hábitos. Petimetres y petimetras no sólo visten a la moda, sino que tienen un sentido gozoso de la vida: se divierten en los saraos y los bailes, se lucen en los paseos y las tertulias de los cafés, asisten a los espectáculos teatrales,, según observamos en la descripción crítica de Manuel Antonio Ramírez y Góngora, "Óptica del cortejo" (Madrid, 1774). Con todo, estas costumbres son practicadas de manera desigual por las distintas clases sociales, afectando más a la aristocracia y la burguesía, variando su intensidad con el paso del tiempo. En general se produjo una transformación sustantiva de la sociedad, que recorrió caminos rara vez frecuentados en la tradición española.




Estas nuevas costumbres arruinaban la institución matrimonial. Las mujeres despreciaban el rol tradicional: ni encerradas en casa, ni madres de hijos que impidieran la libertad de movimientos. muchas parejas entraron en crisis, crecieron las separaciones hasta el punto de que el conde de Cabarrús pensó en establecer una ley de divorcio.

En este ambiente creció inexorable la demanda de sexo. Se rompieron los viejos tabúes y nacieron unas relaciones sexuales más libres, tanto prematrimoniales como extramaritales: todos los atrevimientos eran posibles en una sociedad en la que se pretendía vivir bien y gozosamente, algo que fue propiciado por una mayor libertad que nacía de la política ilustrada. Así, las morigeradas costumbres sexuales de antaño dan paso ahora a un amor más libre, al aumento de la prostitución, y a un incremento de las enfermedades venéreas que trajo en jaque a los inexpertos galenos y que produjo una literatura científico-médica muy considerable sobre este tema.




Los alegres libertinos literarios florecieron por toda la geografía española. En los círculos culturales madrileños, especialmente en la famosa Fonda de San Sebastián, durante las décadas de los setenta y ochenta, quedó más patente esta afición. Entre los autores más castizos debemos recordar los nombres de Cadalso y Nicolás Fernández de Moratín, amigos en los versos y en las correrías amorosas.




Título: El jardín de Venus
Autor: Félix María Samaniego
Prólogo: Emilio Palacios Fernández
Diseño: Winfried Bährl
Editorial: Círculo de Lectores
Nº Páginas: 282





La historia de la literatura española nos había transmitido la imagen de un Samaniego fabulista, que dictaba su prédica moral o ilustrada a los niños. Y como prueba de su doble moral, bien vale recordar su imagen: igual que su modelo La Fontaine, el moralista convive gozosamente con el libertino, por más que su libro El jardín de Venus fuera literatura clandestina.

Nació Félix María de Samaniego en 1745 en la villa riojano-alavesa de Laguardia. Cursó estudios en un colegio jesuita de Bayona (Francia), donde se acercó a la cultura francesa y se educó en las habilidades propias del joven moderno (música, danza, idiomas, relaciones sociales...). Colaboró en algunas de las empresas que la Ilustración puso en práctica en el País Vasco. En 1765 fue socio fundador, junto a su tío Javier María de Munibe, conde de Peñaflorida, de la Real Sociedad Vascongada de los Amigos del País y fue partícipe diligente en las actividades sociales y culturales de la misma.

Joven culto y de fácil ingenio, animó las reuniones con sus aficiones dramáticas (se le supone autor de varias obras teatrales perdidas), con sus recitales de música y canto, con su discurso chispeante y ameno que le granjearon la admiración de amigos y extraños.

Aunque estaba unido en matrimonio a la bilbaína Manuela Salcedo (1767), no tuvo hijos, lo cual facilitó su mayor dedicación al servicio público, con auténtico espíritu ilustrado. En este contexto cobran sentido sus ensayos sobre agricultura, sus estudios sobre temas literarios y, en particular, su gestión en el nacimiento y funcionamiento del Real Seminario, que la sociedad fundó en Vergara. Samaniego fue en dos ocasiones director del centro, y bajo su mandato el colegio adquirió una reconocida fama que sobrepaso nuestras fronteras, hasta alcanzar la protección real. Fue en este ambiente escolar donde la habilidad literaria de Samaniego encontró camino con la escritura de fábulas destinadas a los alumnos del centro...



No oso tocarla siempre, no sea que el beso
me abrase los labios. Si, Señor, una breve dicha,
breve y amarga, halla uno en un gran pecado;
no obstante, Tú sabes qué cosa más dulce es.
                                                          A. Charles Swinburne, Laus Veneris


 




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