viernes, 18 de enero de 2013

Richard Estes.






People's Flowers,1971(detalle)
Colección Carmen Thyssen-Bornemisza


Richard Estes (Kewanee, Ilinois,1932) es conocido como uno de los fundadores del movimiento pictórico fotorrealista que nació en los Estados Unidos a finales de los años sesenta del pasado siglo.
 
El artista, sin embargo, no se siente identificado con esa etiqueta y prefiere ser considerado simplemente como un pintor en el sentido tradicional de esa palabra. Su pintura no se agota en la alusión a la fotografía.
 
 Estes nunca se limita a calcar una proyección fotográfica, sino que construye una verdadera composición pictórica utilizando diversas tomas fotográficas como materiales auxiliares, pero acudiendo al mismo tiempo al dibujo, la perspectiva o el estudio de la luz.




Aunque haya pintado también paisajes de la naturaleza, Richard Estes es ante todo un pintor de ciudades: Chicago, París, Venecia, San Francisco, Praga, Barcelona, Londres, Córdoba, Florencia... y especialmente Nueva York, la urbe a la que ha dedicado una atención más temprana y mas prolongada. Manhattan constituye la matriz de todas las ciudades que Estes ha pintado, como Central Park es el modelo de todos sus paisajes campestres, y la Bahía de Nueva York engendra todas sus vistas acuáticas, desde el Gran Canal hasta el mar de Mármara.
 
 En estas vistas de ciudades de Richard Estes hay infinidad de signos que nos hablan de un tiempo y un lugar: los modelos de automóviles, las vallas publicitarias, los escaparates, hasta la ropa que visten los peatones.
 
Pero más allá de ese componente efímero, la ciudad, cada ciudad, se despliega en la obra de Estes como un cristal, como una estructura cristalina que tiene infinitas facetas y que reaparece siempre idéntica y siempre cambiante.




El realismo de Estes no es una reproducción pasiva de lo que vemos, sino más bien un cuestionamiento de lo visible. Éste es el sentido del uso casi obsesivo de los reflejos.

Desde que en 1967 pintó el edificio Flatiron reflejado en la chapa de un automóvil, los reflejos aparecen por doquier en la obra de Estes: en la carrocería de los coches y los autobuses, en los cristales de los escaparates, en el agua.

 


Estas superficies reflectantes no son lisas y uniformes, están llenas de olas y remolinos que alteran y deforman lo que se refleja en ellas. Al desplegarse sobre estas superficies, los objetos reales se convierten en monstruos fantásticos e irreconocibles, como los desnudos femeninos en las fotografías de André Kertesz.

 A veces, nuestra única percepción del mundo real en la pintura de Estes se da a través del reflejo, y en él, el mundo aparece invertido, fragmentado y distorsionado.




Otras veces el mundo se desdobla. Una pared de cristal atraviesa el espacio en profundidad y lo divide en dos mitades: dentro y fuera del autobús, dentro y fuera del escaparate.
 Durante una gran parte de su carrera Estes se ha centrado en explorar esa ambigüedad del cristal que a veces transparenta y a veces refleja y otras veces aun refleja y transparenta a la vez, confundiéndolo todo. Los escaparates son lugares mágicos, donde conviven reflejos y transparencias, donde se interpretan exterior e interior.
Todo esto recuerda al juego de Monet en sus tardíos jardines acuáticos: reflejos y reflejos de reflejos donde perdemos el sentido de la sustancia y hasta del arriba y del abajo. Richard Estes, en fin, no es un realista sin cabeza, sino un pintor que nos complica la visión de la realidad.
 



Es un artista barroco que se complace perversamente en los trampantojos y los espejismos. Es un creador de laberintos donde lo natural y el artificio, la realidad y la apariencia, son invitados a un baile de máscaras.


Cabinas telefónicas, 1967
Museo Thyssen-Bornemisza















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