sábado, 8 de diciembre de 2012

El Defensor. Pedro Salinas (1891 - 1951)

                                                          


La filosofía política aristotélica del buen gobierno esa, según ella, gobierno perfecto se lograba cuando la justicia, la sabiduría, la concordia y la unidad guiaban a los príncipes en la consecución del bien común. No obstante en 1513 apareció el tratado"El Príncipe", de Nicolás Maquiavelo, hombre de confianza del mercenario César Borgia , al que puso como ejemplo del político perfecto.
En oposición al ideal aristotélico , el texto maquiavelico defiende la amoralidad del gobierno a la hora de acceder al poder y de conservarlo. Acuño así el concepto de que "el fin justifica los medios". Pedro Salinas
 
                                                                                                                                   


Pocos textos españoles son equiparables a El defensor en sustancia biográfica y en proyección universal por los muchos valores de este libro combativo y esplendido.
Renovador de la poesía romántica, sobre la que aplicó estimulantes pinceladas eróticas, Salinas defiende aquí, con prosa contundente, la cultura humanista. Escrito en Puerto Rico, esa tierra tranquila que ha adoptado el español como idioma oficial, El defensor reivindica, sucesivamente, la correspondencia epistolar, la lectura fértil y reposada, la capacidad creadora de las minorías literarias, a los viejos analfabetos frente a los neoanalfabetos que han renunciado a su capacidad lectora y, finalmente, el lenguaje, ese instrumento prodigioso.
Obra objetiva, Salinas elogía lo que considera digno de alabanza y critica lo que cree merecedor de condena.
Pero aunque en ciertos casos utiliza el venablo de la palabra para poner las cosas en su sitio y ahuyentar los peligros que acechan hoy al idioma, hablado y escrito,(¿Qué otro modo de defender a las princesas apuradas que no sea el de atacar a los monstruos que les amenazan?") El defensor es un libro de ánimo positivo, estimulante y fecundo. Pedro Salinas                                         
                                                                                                                                 


La "Ética del ebanista hispalense"

Frente a esa moral de la chapuza, hija mestiza de la prisa y el dinero, me atrevo yo a erigir una ética muy modesta, tanto por su origen como por su formulación. Es la "ética del ebanista hispalense". La aprendí cuando y donde menos la esperaba, en la sin igual Sevilla, y de boca de un artista en muebles. En buena hora le confié el encargo de alhajar un cuarto de mi entonces incipiente hogar sevillano con algunos primores mobiliarios salidos de su taller.
Quedó cerrado el trato, convenida la fecha, y mi esperanza latente, día por día. Llega el plazo: los muebles no llegan. Cebo mi paciencia con toda clase de argumentos, sotto voce; aguardo, quince días, un mes. Al cabo me persono en su taller y presento mi queja. El artista se enreda en excusas y se enmaraña en mentiras veniales.Que si el mal tiempo ("¿Cómo se van a secar las pinturas con estas aguas?"), que si la muerte inexorable ("Misté, ar primé oficiá se le murió su pobresita madre").
Pero yo con crueldad  fría de intelectual, le acoso a raciocinios, le acorralo entre fechas. Y ya, por fin, como alumbrado desde la altura, él pronuncia su inmortal apotegma: "Misté, Don Pedro, a los muebles hay que darles lo suyo". Se me vino al suelo todo mi pobre arsenal raciocinante, tocado por el rayo de otra suprema razón. Me callé la boca y, vencido, me volvía a mi casa desamueblada de trastos, si, pero desde entonces enriquecida con esa joya de la humana sabiduría: "A los muebles hay que darles lo suyo". (...) Pedro Salinas
                                                                        


 Vermeer Der Delft, poeta de la carta

No con la pluma, sino con los pinceles, los tan delicadísimos de Vermeer, se ha expresado nunca mejor esta relación sutil de la mujer y la carta.Empiécese por recordar que aquel pintor sin igual de obras máximas en lienzos mínimos, aquel especialista en esmeros de la sensibilidad y primores del pincel, descubierto para el público por otro genio de las finuras psicológicas, Marcel Proust, dedica lo mejor de sus colores y sus amores a figuras femeninas.

Como si quisiera, él, pagar los pecados de Rubens, hacer penitencia por su genial compatriota, por sus orgías espléndidas de movimiento, de deslumbres, de carnes desnudas, de hembras en tropel, que ofrece al mundo en centenares de lienzos, como otras tantas banderas desplegadas de la sensualidad, Vermeer devuelve a las mujeres al gineceo.



Rubens amotina los cuerpos femeninos, los convulsiona, condenándolos a esguince y quiebro perpetuos, los arroja a la pasión; Vermeer los para, se los ofrece a la serenidad. Rubens las saca al aire libre, entrega sus cabelleras a los vientos, sus desnudeces a los castigos de los soles; las mujeres de Vermeer viven en aposentos suavemente iluminados por una luz entre dos luces, que es pura caricia en todo lo que se posa.



La pintura de Rubens escoge como su campo de liza y sede de sus fiestas la epidermis femenina, y en ella triunfa, canta y se eterniza; Vermeer arranca deliciosas melodías cromáticas asordinadas, suavísimas, de las aguas del raso y del saetín, de los visos de las pieles, que visten sus damas, casi siempre cubiertas hasta el cuello, y no desaprovecha arruga ni pliegecillo de la tela para remansar en ellos gráciles mastiles de luz.




Rubens propaga con sus enormes cartelones los ejercicios carnales; Vermeer invita, desde sus breves lienzos, a los ejercicios espirituales. Y por eso, mientras las bravías de Rubens se desalan por los bosques, tras las fieras ilusorias, o pugnan, convulsivamente, por desprenderse de las garras del sátiro, las plácidas damiselas de Vermeer leen cartas, escriben cartas, en un camarín abrigado.




Intimidad y ausencia

Nos encontramos, así, que el pintor ha entendido a maravilla ese aspecto de la psique femenina, su recogimiento, su clausura en su propio recinto interior. Es pintor de interiores, y no en el sentido elemental en que lo son otros, como Peter de Hooch, cuyo tema es el cuarto, la casa; el de Vermeer es una mujer en un cuarto. Y una mujer que entrega ese minuto de su vida a una ocupación exquisita, servidora de un placer espiritual; (...)

 
  





    

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