viernes, 30 de noviembre de 2012

Victor Hugo (1802-1885) La rosa de la infanta



Unas veces lírico, otras épico, Victor Hugo está presente en todos los frentes y en todos los géneros: emocionó profundamente a sus contemporáneos, exasperó a los poderosos e inspiró a los más grandes poetas. Así lo recuerda la escritora francesa Simone de Beauvoir.




La rosa de la infanta


La infanta es muy pequeñita; una dueña la vigila.
Tiene una rosa en la mano, y parece estar mirando.
¿Qué es lo que estará mirando? No sabe. Quizás el agua;
Un estanque ensombrecido por los pinos y abedules;
Lo que está delante de ella, un cisne de blancas alas,
Las aguas balanceadas  por la canción de las ramas,
Quizás el jardín profundo, tan radiante y tan florido.
Este hermoso ángel parece como amasado en la nieve.
Se apercibe un gran palacio como al fondo de una gloria,
Un parque, claros viveros en los que las ciervas beben,
Pavos reales de estrellas en el bosque exuberante.
Brilla en ella la inocencia como segunda blancura;
Y todas sus gracias forman como un haz que palpitara.
Alrededor de esta niña parece que hasta la hierba
Está llena de rubíes y de diamantes muy finos;
De las bocas de delfines brotan chorros de zafiros.
Ella está al borde del agua; ocupada en su flor;
Su basquiña es de punto de Génova; y en su jubón
Un arabesco, errando por los plieges del satén,
Sigue las vueltas y revueltas de un hilo de oro florentino.
Esta suave y bella rosa, abierta completamente,
Saliendo del botón fresco como de una urna muy verde,
Pesa sobre la exquisita pequeñez de su manita;
Cuando la niña, alargando sus labios de carmín,
Frunce, cuando la respira, sus palpitantes narices,
Esta magnífica flor, flor de realeza y púrpura,
Esconde casi del todo este rostro encantador;
Hasta el punto de que el ojo vacila y no sabe cómo
Distinguir de aquella flor la bella niña que juega,
O si sólo ve una rosa, o sólo ve una mejilla.
Sus azules ojos brillan bajo sus cejas marrones.
Todo en ella es alegría, encanto, suave perfume;
¡Qué dulce es su mirada, azul! ¡Qué dulce es su nombre, María!
Todo son rayos; sus ojos alumbran, su nombre reza.
Sin embargo, ante la vida y bajo el gran firmamento,
¡Pobre ser!, ella se siente vagamente poderosa;
Asiste a la primavera, a las luces y a las sombras.
Al gran sol que se oculta sombrío en el horizonte.
Asiste al gran esplendor deslumbrante de la tarde,
Al murmullo del arroyo que escucha sin poder ver,
A los campos, y a la eterna naturaleza serena,
Con la misma gravedad de una diminuta reina;
Jamás ha visto a un solo hombre si no es inclinado ante ella;


 



Un día llegará a ser gran duquesa de Brabante;
Habrá de gobernar Flandes o incluso la isla Cerdeña.
Ella es la infanta, tiene cinco años, y ya desdeña.
Porque los hijos de reyes son así; sus frentes blancas
Llevan sombría aureola, y sus pasos vacilantes
Son comienzos de un reinado. La infanta aspira su flor
Esperando que recojan para ella un gran imperio;
Y su mirada, ya real, exclama: Todo esto es mio.
Desde ella fluye un amor mezclado con vago espanto.
Si acaso alguien, viéndola tan temblorosa y tan debíl,
Incluso para salvarla, osara sólo tocarla,
Antes de que diera un paso, o dijera una palabra,
Tendría sobre la frente la sombra del patíbulo.





La dulce niña sonríe, sin hacer ninguna cosa
Sino vivir y tener en sus manos una rosa,
Y estar ahí ante el cielo, en medio de aquellas flores.
La luz se apaga; los ruidos cuchichean pendencieros;
Las púrpuras del poniente se reflejan en las ramas;
Y se enrojecen las frentes de las diosas de mármol
Que parecen palpitar al sentir caer la noche;
Todo lo que se cernía vuelve a bajar; cesa el ruido,
Cesa la llama; la tarde misteriosa recoge
bajo las ondas al sol, bajo las hojas al pájaro.

 



Mientras la niña sonríe, con esta flor en la mano,
En el suntuoso palacio católico y romano
Donde por la luz del sol cada ojiva es una mitra,
Alguien grande y formidable está detrás del cristal;
desde abajo se ve una sombra, entre nubes de vapor,
Que va de una ventana a otra, y todo esto da espanto;
Esta sombra en el mismo sitio, como en un gran cementerio,
A veces se queda inmóvil durante todo el día;
Es un ser harto espantoso que parece no ver nada;
Ronda de una cámara a otra sin cesar, pálido y negro;
Pega a los cristales blancos su frente lúgubre, y sueña;
¡Pálido espectro! Su sombra al ponerse el sol se alarga;
Su paso fúnebre es lento como el doblar de campanas;
A no ser que sea el Rey, se diría que es la Muerte.

 




 Es el Rey; es el mismo hombre en quien vive y tiembla el reino.
Si alguno pudiera ver lo que mira este fantasma
De pie en este mismo instante con la espalda contra el muro,
Lo que se apercibiría en aquel tétrico abismo,
No es la niña, ni el jardín, ni el agua tornasolada
Reflejando el cielo de oro de un grandioso atardecer,
Ni los bosques, ni los pájaros que entre sí se picotean,
No: en el fondo de ese ojo, vidrioso como las ondas,
Bajo esas fatales cejas que incapacitan la sonda
De aquella pupila igual que en el océano profundo,
Lo que se distinguiría, cual espejismo movible,
En un vuelo de bajeles dispersados por el viento,
Y en la espuma, bajo estrellas, con el pliegue de las olas,
El inmenso retemblor de una armada a toda vela,
Y allá, envuelta entre las brumas, una isla, un peñasco blanco,
Escuchando por las olas la marcha de aquellas nabes.


Tal es la horrenda visión que, en el momento en que estamos,
Ocupa el frío cerebro de este dueño de hombres,
Y que hace que apenas pueda ver nada a su alrededor.
Su armada espectacular, flotante punto de apoyo
De la palanca que sirve para levantar el mundo,
Atraviesa en ese instante la oscuridad de los mares;
Con sus dos ojos el Rey la acompaña, vencedor,
Y su trágico aburrimiento no cuenta con otra luz.


El gran Felipe II era una cosa terrible.
Iblis en el Corán y en la Biblia Caín,
Apenas son más oscuros que en el Escorial oscuro
Este espectro real, hijo de espectro imperial.
Felipe II fue el Mal blandiendo la espada.
Como en un sueño ocupaba las alturas de este mundo...

                                                                     Víctor Hugo








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