lunes, 26 de noviembre de 2012

Retratos Obras Maestras Centre Pompidou.



Exposición  realizada por Fundación Mapfre
en colaboración con el Centre Pompidou, París





Pablo Picasso. Mujer con sombrero, 1935

Uno de los hilos conductores más complejos que recorre el arte de los siglos XIX y XX es el del género del retrato.Heredero de una rica tradición, ha asumido los avances formales experimentados de manera consciente desde el arranque de la modernidad, alumbrando algunos de los iconos del arte contemporáneo. De la misma manera, el retrato ha sido punto de encuentro de la mirada del artista a los otros, de su reflexión sobre la condición humana, y ha actuado como espejo de su propia esencia.
 
Para ilustrar este planteamiento, contamos con la generosa colaboración del Musée national d'art moderne - Centre Pompidou de París en forma de una exquisita selección de ochenta obras maestras de algunos de los más brillantes artistas de los siglos XIX y XX, que abarcan la pintura, la escultura, el dibujo y la fotografía, para ilustrar las numerosas propuestas plásticas realizadas en ese arco temporal del arte occidental.


Avigdor Arikha. Marie-Catherine, 1982

Dicho paréntesis cronológico integra algunos de los hitos más intensos de la convulsa historia reciente, algo que se trasluce en la propia configuración de los retratos desde el contenido a las formas: el brutal impacto de las guerras de este período y del paso de los fascismos europeos; las aportaciones de nuevas teorías como el psicoanálisis; la democratización de la fotografía; la conciencia de la abstracción en el arte, la ruptura de las propuestas de vanguardia; la eclosión de los medios de masas y el comienzo de la globalización... en definitiva algunas de las variables que marcan indeleblemente el devenir de la historia del arte contemporáneo y, por tanto, del genero del retrato.

Si en el siglo XVI se experimentó una primera revolución de este género, vinculada al ascenso de la burguesía como nueva clase social con su idiosincrasia, el segundo gran cambió no llegó hasta tiempos modernos, cuando el artista tomó las riendas de su propia expresión plástica para dejar a un lado la simple mímesis de la persona retratada, tomando asi las riendas de su libertad artística de forma activa y consciente.En muchas ocasiones, todavía era necesario escenificar una posición social por medio de una serie de códigos por todos conocidos, aunque poco a poco se irían traspasando las fronteras de las normas establecidas para buscar más allá.


Francis Bacon. Autorretrato, 1971

De este modo, el retrato llegaría a todos los rincones de la sociedad, para capturar lo vulgar, lo sórdido, lo oscuro, la máscara, lo oculto, lo imperfecto, lo deforme.El género conseguía adaptarse, de manera versátil, a las exigencias y experimentaciones de las distintas propuestas plásticas para demostrar al fin y al cabo la eterna realidad del rostro y la complejidad de la esencia humana.

El conjunto del Centre Pompidou evidencia la riqueza de argumentos y perspectivas que intervienen en el análisis del género del retrato, especialmente, en el desarrollo del siglo XX. A los interrogantes que surgen al contemplar estas propuestas de manera individual, así como al establecer guiños y paralelismos resultantes del encuentro, a veces casual, de intereses de distintos artistas, a priori muy alejados, se suma finalmente el irremplazable placer de pasear la mirada por algunas de las obras maestras del siglo XX.


John Currin. La marroquí, 2001

En el arranque de la modernidad, el artista se sintió atraído por la complejidad de la psicología del yo, preocupación que caminaba de la mano de las últimas teorías científicas. De entre ellas destaca el psicoanálisis y sus fundamentales aportaciones sobre el subconsciente, algo que condicionaría diversas propuestas literarias y plásticas, desde el simbolismo al surrealismo.

Igualmente, la exploración vinculada a la fisiognomia estaría íntimamente ligada a la representación del rostro, por la clasificación que hacía de la personalidad en función de los rasgos  morfológicos del rostro del retrato. Finalmente, la representación de las pasiones, sentimientos y emociones sería un elemento de vital importancia para fauvistas y expresionistas, que ampliaron el abanico del tipo de personajes retratados y acentuaron la presencia de su mundo interior.


Tamara Lempicka. Kizette en el balcón


Pablo Picasso. Retrato de mujer, 1938


Henri Matisse. Odalisca con pantalón rojo, 1921

Algunos de los protagonistas del particular ambiente del parís de fin de siglo nos recuerdan, en esta suerte de galería de retratos de la modernidad, la decisión explícita del artista contemporáneo de alejarse de la representación mimética del modelo. De este modo, el rostro se convierte en laboratorio de pruebas, unas veces sutil y otras rotundo, de la experimentación formal. La distancia entre el retrato y su representación conducen a la consideración platónica de la obra como "idea", A pesar de estar lejos del ejercicio mimético del "trazo a trazo", el proceso de análisis y de síntesis de la fisiognomía del modelo por parte del artista permitió no solo una gran expresividad, sino también, en ocasiones, una traducción en lenguaje plástico de la personalidad del modelo.


Chaïme Soutine. El botones, 1925


Baltasar Klossowski de Rola (Balthus)

En este sentido, la reflexión en torno a la máscara sería básica para comprender la evolución del cubismo, el futurismo o el expresionismo.
 
Cuando león Battista Alberti publicó en 1435 su obra De la pintura, explicó el nacimiento del retrato en el mito de Narciso, enamorado de su propia imagen especular, se convierte en instrumento de sí mismo. El artista se reta al autorretratarse, al intentar el análisis de su propia personalidad, al plasmar sobre el lienzo la percepción de su físico y de su esencia. Se trata de una de las tareas más complejas para los artistas, que acaban ofreciendo en cada autorretrato todo un manifiesto metafísico y plástico.


Maurice de Vlaminck. Autorretrato, 1911


Robert Delaunay. retrato de la Sra. Heim, 1926-27


August Macke. La tañedora de laúd, 1910


París Musée Art Centre Pompidou






















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